"Comentario sobre la última novela de Mario Vargas Llosa "Travesuras de la niña mala".Confesión pública o autobiografía?"
Por Jorge Luis Gómez R.
No parece suficiente decir que ésta es una historia amorosa.Deliberadamente los protagonistas son seres, como diría el existencialismo, lanzados al existir o agobiados por la libertad.En este sentido, la novela nos habla de nosotros, de la vida de tantos y tantas como nosotros.No hay ejemplo ni arquetipo ninguno, no hay protagonistas ejemplares, más bien una historia común y corriente ( hasta vulgar), un contexto latinoamericano pleno de sueños inconclusos, de huídas y desencuentros, lleno de ansiedades y dificultades para existir, pues la vida es una constante elección, no un ejemplo, un proyecto inconcluso, doloroso, elusión de lo auténtico, sueño de algo imposible de realizar.En cierta medida, un círculo fastidioso que no se cansa de volver sobre lo mismo, una y otra vez los mismos anhelos, las mismas insatisfacciones , pequeños triunfos y tremendas desaveniencias y frustraciones, los mismos intereses que parecen recuperar un pasado inacabado, un presente mítico que desaparece en lo no realizado y un futuro imposible, una proyección constante de viejos errores.
Parte de esta historia existencial común a los latinoamericanos, sin pretender adentrarse en el estereotipo, es uno de los rasgos más destacados de la nueva novela de Vargas LLosa.En este caso, el horizonte peruano, limeño y miraflorino del protagonista ( como sucede en gran parte de las novelas del mismo autor) hace las veces de estructura de la cual surge y en la que es posible comprender el destino en cierta medida trágico de una disposición existencial donde el arribismo social, la segregación racial y las proyecciones y sueños encuentran su verdadero soporte.
Ricardo Somocurcio, el niño bueno, o mejor el "niño bien" que sueña con Paris, repite con sus sueños los viejos anhelos de otras generaciones
latinoamericanas desde la República hasta hoy, el mismo sueño canónico del positivismo de finales del siglo XIX cuando Europa y los Estados Unidos de Norteamérica representaban el símbolo de la ciencia y la educación, la Arcadia de la cultura y las artes.La perspectiva que la novela en cuestión quiere abordar es, en cierta medida, la de un proyecto personal (la vida literaria del autor?) sin grandes metas, más cercana a la mitología personal y al anhelo nostálgico del individuo que busca realizar los sueños de juventud, que a una ambiciosa meta generacional cargada de ideologías, articulada al saber y a la cultura que progresa conjuntamente con el individuo.Al lado de sus amigos, Ricardo no dirige su vida a una lucha por la libertad y el progreso del Perú, sino quiere ser consecuente, a su modo, solo con los sueños de la juventud.Al parecer, como el mismo autor de la novela, Ricardo nos muestra lo limitado de un proyecto personal de solo ser consecuente con anhelos de una juventud que pretende ser ella misma, pero que olvida que obedece a propósitos generacionales propios de un segmento de la sociedad.Lo duro de esta novela para el lector es concebir entrelíneas que el proyecto de Ricardito es el proyecto personal de Mario Vargas Llosa como literato y que la novela en cuestión es una biografía personal del autor!
Pero no solo el protagonista, el narrador de la novela, deshilacha una a una las opciones y las omisiones de sus sueños dorados, la fuerza oculta de los proyectos existenciales que nos acompañan desde la juventud a la edad de los "mayorcitos", proyectos impuestos y heredados, proyectos que tantas veces creemos nuestros y que en definitiva son la opción de clase, de la familia, del horizonte cultural que nos acompañó como fe generacional, como carga existencial heredada de aquello que nunca fuimos o quisimos ser.Pero además de Ricardito, la niña mala ( que en cierta medida encarna a "la Literatura") aparece como un verdadero crisol de identidades, como la enmascarada que nos permite no solo compararla con su contraparte, sino precisamente en la comparación entre ellos surge la identidad existencial, el reflejo de dos proyectos casi idénticos, surgidos de un mismo entorno. Dos almas latinoamericanas exportadas al mundo en una aparente lucha por sobrevivir a sus sueños prestados, en una aparente búsqueda de identidad marcados por el estigma de la dinámica social de dos barrios de Lima, el uno pobre y el otro rico, el uno hábido de enmascaramientos y oportunismos, el otro buscando perpetuar el romanticismo burgués, el proyecto existencial de clase en el que la identidad nacional le queda grande (o chica).
Como vemos, los protagonistas de la novela no dejan de retornar al barrio que los vió nacer y en cierta medida, ambos miran de reojo al Perú que les dió todo aquello que ellos rechazan concientemente, negativa que acaso los marcará en esos destinos idénticos en la elusión de sí mismos, en esa mala fe oscilante en la que los sueños de la juventud, anverso y reverso de sí mismos, y la lucha por una vida minimamente digna, los atrapa y los atormenta, los alegra y emociona hasta el mismo extremo del juego ambivalente de la ilusión- desilusión.
Nada mejor para la novela, que el anverso y el reverso de la escala moral ( niño bueno y niña mala), ambos entrelazados en dos destinos que son uno.Desde Lima a Paris, desde Londres a Tokio, de Madrid a Marsella, se va entretejiendo esta historia que, como decimos, no es únicamente una historia de encuentros amorosos, de un amor trágico, ni menos pertenece únicamente a la novela romántica como dice la solapa del libro. Además del romance y del erotismo, del sexo apasionado, del encuentro oculto, el niño bueno y la niña mala aparecen entrelazados en sus errores y ambivalencias, en conquistas inútiles, pues ambos se duelen de su existencia, ambos observan que sus existencias son prestadas, que sus conquistas no son tales, ambos asqueados de sí mismos, hartos de sus propias ambiguedades, cansados de sus mascaradas sociales.
Como decíamos, no solo el amor hace parte de esta novela.También un aspecto oculto del amor, la mala fe del mismo,queda retratado aquí como amor mediocre o como diría Silvio Rodríguez, como amor cobarde.
El niño bueno, el miraflorino de la clase alta, pichuruchi de felpa, osito de peluche, "niño bien" narrador de huachaferías ( el autor de la novela?) entremezclado desde la juventud con la niña mala ( la literatura o la novela?), mascarada de todas las opciones que no delaten su extracción humilde, de todos los ocultamientos de su procedencia del suburbio, cambiando de identidad, de pasaporte, de marido, de idioma, huyendo cuando las cosas salen mal.Extraña manera de retratar a la literatura, entre la prostitución y el enmascaramiento, entre el placer frío en la cama y el egoísmo inalcansable.Una suerte de confesión profesional del narrador como violador de una fémina huidiza e imposible?. A mi modo de entender, la doble identidad de la niña mala ( como protagonista de la novela y como el concepto de la literatura) nos deja un sabor a fracaso, una imposibilidad, una suerte de confesión pública de un fracaso como novelista?
Ricardito, el Pichiruchi miraflorino, traductor-intérprete asentado en París, Londres o Tokio solo consigue vivir en Europa, a pesar que se siente siempre extranjero ( confesión del autor?) ajeno y como exportado de un país sin destino, huyendo y huyendo, pues ni su profesión, ni su nacionalidad prestada le llenan o le complacen.Solo le llena la niña mala( la literatura?) pues en ella parece reencontrarse consigo mismo, una mujer excéntrica, sensual como la mujer popular que le calienta a todo burguesito latinoamericano.Nada bella, ni guapa, la niña mala es una pura calentura de adolescente miraflorino, una suerte de prueba precoz de virilidad mal asumida, un "pajazo" insignificante y mezquino.Pero muy a pesar de estos antecedentes "non sanctos", el niño bueno no logra vencer jamás los sueños mojados de la adolescencia, ni menos olvidar su poco enaltecedora procedencia.Eternamente encadenado a sus sueños juveniles, no es capaz de liberarse de esta imagen que encarna "la niña mala", de esa calentura pasajera, de esa mujer símbolo con la que entrelaza roles sociales, sexualidad inconclusa, virilidad subdesarrollada, dependencia de clase y dignidad mal asumida.
Indudablemente que el carácter más fuerte es el de la niña mala. A pesar de los evidentes ocultamientos y pantalladas de los que vive a gusto, la niña mala sabe lo que quiere ( al menos así lo declara ) y no duda de aquellas conductas que las grandes mayorías querrían estigmatizar con la prostitución y la falta de dignidad.En cierta medida, la niña mala es más consecuente que Ricardito.En ella hay decisión y carácter.Precisamente lo que no tiene Ricardito!
Pero, al parecer, el autor de la novela quiere subrayar las debilidades manifiestas de Ricardito.Frente a la niña mala, el niño bueno es un enredo de insolvencias ( retrato del literato latinoamericano?), a pesar de su departamento en París y de su profesión, como siempre le gusta afirmar.Pero la niña mala no se alcanza en su maldad, pues también sabe de sus insolvencias, sabe de sus viejas identidades.Por eso busca a Ricardito, su "amigo íntimo".Uno y otro se necesitan, uno y otro se buscan como en una obsesión infinita, pero no para amarse, si fuera el caso, sino para compartir soledades, para identificarse en sus diferencias.Sorprendente resulta considerar la posibilidad de que esta relación inconclusa,que este "pajazo mutuo"(sic veniat verbo!) sea la idea que Vargas Llosa nos cuenta de su propia relación con la literatura!
Mientras más angustiado está Ricardo, más se refugia en lo poco que tiene, más prioriza su trabajo y su oficina solo para olvidar a la niña mala.Por el contrario, ella huye de sí misma, de sus múltiples encubrimientos cuando se encuentra con Ricardo.Ambos encuentran en sus fiestas privadas una suerte de oasis soñado, donde no solo dan rienda suelta a sus "peruanismos", donde inconcientemente depositan una identidad momentánea como para descansar y aflojar el peso de sus vidas. Pero ella se duele de su insolvencia, de aparentes violaciones y busca en él un equilibrio que aparentemente alcanza.
Si es cierto que la niña mala simboliza o representa a la literatura y que el niño bueno representa al literato, el resultado que nos queda es alucinante!Lo que deberíamos esperar de la literatura y de la novela en especial es una suerte de amor cobarde, una relación inconclusa de dos anacoretas que se suelen encontrar en un hotelito para fingir que se aman, dos mundos superficiales que pretenden encender una calentura que de ninguna manera es amor.Ahora que lo pienso,el único valor de esta novela es la confesión que nos hace su autor.La duda que nos queda es si él fue consciente del verdadero sentido de su confesión.