APRENDEMOS LO QUE NOS MOTIVA

Ana María Hidalgo
Alexandra Astudillo

Para nadie que haya vivido dentro de un sistema educativo convencional le es ajena la percepción de que las horas de clase son eternas y el tiempo del recreo, muy breve.  Para muchos estudiantes sentarse gran parte del día en un salón de clases es aburrido. Esta situación de malestar constituye un problema cotidiano para el manejo de las clases: por un lado, tenemos alumnos desmotivados; y por otro, profesores frustrados.  Muchos docentes culpan de ello a la televisión, los video-juegos o a una ‘actitud generacional’; pero acaso se han preguntado si lo que ‘enseñan’ realmente interesa a sus alumnos.  Según Blanca López en su libro Pensamientos crítico y creativo: “la gente adquiere el conocimiento sólo cuando lo busca y lo valora.  Cualquier otro aprendizaje es superficial y transitorio”.  El conocimiento tiene que ser relevante para el alumno y propiciarse en un ambiente acogedor.

Niños y jóvenes aprenden muy fácilmente a navegar en internet o enviar mensajes por celular porque les interesa lo que consiguen a través de esta tecnología: información interesante, vinculación a grupos, mantener contacto con sus amigos, etc.  Si lográramos despertar ese mismo interés por una clase, conseguiríamos una actitud diferente y alcanzaríamos un aprendizaje significativo.  Solamente cuando el profesor y los alumnos valoren el proceso de enseñanza-aprendizaje, encuentren el sentido que tiene para sus vidas,  éste se convertirá en una experiencia agradable.  Todo el conocimiento que adquirimos a través de nuestras propias búsquedas se convierte en información que podemos aplicarla, seguirla utilizando para continuar aprendiendo, en suma, es conocimiento perdurable y profundo. 

Un gran desafío que enfrentan los profesores es lograr establecer un vínculo entre lo que se enseña en su asignatura y la experiencia cotidiana de sus alumnos, para que de esta forma la experiencia sea fructífera. No existe una fórmula para hacerlo, pero cuando se preparan las clases es necesario hacerse la pregunta ¿por qué alguien querría conocer lo que nosotros queremos enseñar?

Uno de los aspectos importantes para establecer esta conexión entre el aula y la vida cotidiana es tomar en cuenta los intereses propios de la edad de los alumnos. Por ejemplo, si pensamos en los adolescentes, les resulta más atractivo en Geografía, ubicar en el mapa lugares que tengan relación con la localización de escenarios donde se practica su deporte favorito, que una revisión memorística y desconectada de su mundo significativo; los temas históricos pueden ser fáciles de relacionar con el nombre de un personaje que admiran que seguir una cronología obligatoria; en lenguaje es más agradable crear historias fantásticas y de aventuras que aprender de memoria reglas gramaticales; los problemas matemáticos y de física adquieren sentido cuando relacionamos conceptos con hechos reales.

En la búsqueda de la excelencia educativa además debemos considerar que no es suficiente la capacitación académica del profesor, el material didáctico con el que se cuente, y la motivación de los alumnos; sino que es fundamental generar un ambiente apropiado, el cual se logra con afecto y respeto.

La actitud del profesor es esencial para crear este ambiente.  Los niños perciben con gran facilidad el estado de ánimo de los adultos, por eso es indispensable tomar en cuenta que los conceptos que tenemos sobre ellos, los problemas familiares, nuestra salud física y emocional se manifiestan a través de nuestras actitudes.  Cuando el profesor no controla y canaliza adecuadamente su estado de ánimo, se crea un ambiente tenso, inseguro y temeroso que impide el normal desempeño de los estudiantes.  “El profesor debe agregar amabilidad a todas sus clases, y por medio de cierta ternura en su actitud, dejar percibir al niño que es amado y que el profesor no tiene otra intención que no sea el bien del mismo; ésta es la única manera de crear amor en el niño, lo cual hará que ponga atención a las clases y sienta placer por lo que el profesor le enseña” (J. Locke).

Es importante también generar un ambiente de respecto en el que el estudiante perciba que se aprecia sus ideas, que no se ridiculiza sus opiniones, que no se censura sus errores sino que se reflexiona sobre ellos, que se valora su inteligencia por medio de la propuesta de retos cada vez más complejos que elevan su autoestima.  El respeto implica confiar en la capacidad que tiene los niños y jóvenes para aprender por sí mismos, con la guía del profesor; se debe evitar actitudes de sobreprotección que minimizan sus capacidades. 

En suma, educar es un arte, una actividad compleja y enriquecedora para quienes, día a día, nos dedicamos a ella.  En este arte es necesario considerar la motivación como un elemento indispensable para lograr un aprendizaje significativo, dicha motivación sólo se logrará si tomamos en cuenta los intereses de los estudiantes.  Otro elemento esencial es el ambiente en el que nos desenvolvemos, si no hay respeto y valoración del aprendizaje, no lograremos resultados positivos.  En este contexto, el alumno debe apreciar lo que recibe del profesor y viceversa, como dice Einstein:  “La enseñanza debería ser impartida de modo que lo que se ofrece se perciba como un regalo valioso y no como un duro deber”.

 


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