Primera edición de The Farm on the River of Emeralds

Primera edición de The Saddest Pleasure: A Journey on Two Rivers


My Two Wars Libro Póstumo

Aullidos desde un lugar hambriento I parte

Viviendo en la pobreza (Living Poor) de Moritz Thomsen

Marc Covert

Portada de la edición alemana de Living Poor

Por estos días se observa algo así como una gresca en el mundo de los amantes de libros. Parecería que Jonathan Franzen, en tour para promocionar su último texto, The Corrections, ha expresado su disgusto al ser elegido uno de los selectos pocos invitados por Oprah Winfrey (presentadora televisiva estadounidense de una gigantesca popularidad) para aparecer en su programa mensual de lectura de libros. Oprah se enteró de su reticencia a tomar su oferta y se disgustó; el resultado fue que retiró su oferta y dejó puesto el escenario para una bronca a la antigua entre autores “elitistas” como Franzen y autores “populares” como aquellos promocionados por Winfrey.

Este tipo de irritación no es precisamente algo nuevo, aunque Laura Miller de Salon vio en esta última batalla una oportunidad para hacer algunas agudas observaciones sobre este enfrentamiento viejo. En su artículo del 26 de octubre, “pelea entre amantes de libros”, Miller acierta al señalar “la tendencia profundamente fea de la gente de libros de actuar como duendes avaros sentados sobre una pila de tesoro que no quieren compartir. Si lo harían, sería mucho más difícil usar sus hábitos de lectura como una forma de sentirse mejor que el resto”

Es un fuerte anunciado que lanzar al enfrentamiento, que pica más debido al hecho de que es cierto. Apertrechado firmemente sobre mi propia pila preciosa de autores atesorados se ubica un hombre llamado Moritz Thomsen. Y aunque puedo ofrecer en mi propia defensa un deseo sostenido desde hace mucho tiempo de escribir sobre él, posiblemente algo en la línea de una biografía completa, debo confesar una cierta satisfacción duendesca de que nadie a quien se lo menciono ha oído hablar de él. Es una frase trillada, lo admito, pero Moritz Tomshen puede bien ser el mejor escritor estadounidense del que Ud. Nunca ha escuchado.
  

Thomsen escribió cuatro libros durante su vida: Living Poor: A Peace Corps Chronicle (Viviendo en la pobreza: una crónica del Cuerpo de Paz), The Farm on the River of Emeralds (La finca en el río de Esmeraldas), The Saddest Pleasure (El placer más triste), y My Two Wars (Mis dos guerras) (Un quinto manuscrito, Bad News from a Black Coast (Malas noticias de una Costa Negra, todavía se pasa de mano a mano entre editoriales dubitativas). Su vida terminó dolorosamente el 28 de agosto de 1991, en su apartamento en Guayaquil, Ecuador. Tenía 75 años de edad, sufría de un enfisema avanzado causado por años de fumar en cadena, combinado con cólera, el fuete de algunos países del Tercer Mundo; su cuerpo roto también de toda una vida de trabajo como granjero y voluntario del Cuerpo de Paz. Se enroló en el Cuerpo de Paz a la edad de 48 años, pasó 4 años como voluntario en el Ecuador, y nunca se fue. Hasta ahí toda la información biográfica que se necesitaría para introducir extractos de su obra o hasta para poner en los forros de sus libros, ya que los cuatro libros de Thomsen son memorias; contienen todo lo que se le antojó decir sobre su extraordinaria (es mi palabra, no la suya) vida.

La elección de Thomsen de las memorias como su género literario puede explicar parcialmente su condición de “poco conocido”. Al escribir una memoria, es fácil resbalarse hacia la autobiografía, y de ahí directamente a la mitomanía o la autocompasión, y Thomsen ha sido acusado de ambas cosas por sus detractores. Tim Cahill, para citar un caso, hizo una reseña mayoritariamente favorable de The Saddest Pleasure para el New York Times Book Review y expresó “. . . un deseo de agarrar al Sr. Thomsen de insuflar algo de sentido a su interior” por lo que calificó como Thomsen autoconmiserando. Pero Thomsen evita estas caídas en tanto los lectores observan que él registra historias extraídas de sus impresiones junto con las historias de las vidas de otros y que ocupa el papel central solamente cuando llega la hora para una buena dosis de auto desaprobación. Si requiere señalar las debilidades y excentricidades de los seres humanos, tiene a su alcance su blanco favorito para el desprecio—él mismo.

Living Poor: A Peace Corps Chronicle, publicado por la imprenta de la Universidad de Washington en 1969, fue el primer libro de Thomsen y se considera uno de los mejores recuentos de la experiencia del Cuerpo de Paz hasta el día de hoy. No se hallan respuestas fáciles al problema de la pobreza en esta o en ninguna de las obras de Thomsen; lo que sí se encuentra es una habilidad sin paralelo para observar lo que le rodea, incluso cuando él mismo se convierte más y más una figura central en la loca, aunque bella y heroica compañía de personajes en el caserío costeño de Río Verde, ubicado en el Ecuador.

Thomsen escribe escuetamente sobre su motivación al enrolarse en el Cuerpo de Paz en 965. Eso vendrá después, cuando se nos introduce a Charlie Thomsen, el padre de Moritz, un hombre que aparece, finalmente como un monstruo y una fuente eterna de tormentos y aborrecimiento personal y que surge a la vida, horriblemente en My Two Wars. Se le menciona sólo una vez, de paso en Living Poor; lo conoceremos mejor a su debido tiempo. Por ahora, Thomsen aligera su narrativa a través de su entrenamiento inicial en el Cuerpo de Paz en Bozeman, en el Estado de Montana y luego pasa al Ecuador, donde el primer problema es dónde enviarlo.

Su primer viaje al país nos da un destello de una de las quejas sempiternas de Thompsen: en lugar de deslumbrarse del estupendo paisaje del Ecuador profundo, su mirada se remacha sobre la gente ubicado debajo del primer peldaño de la escalera social: “Superimpuesto como una capucha negra sobre esta área montañosa de esplendor natural yace la situación de los indios que, desde el tiempo de la Conquista, han sido despojados, asesinados y explotados; ahora, siglos más tarde, su situación básicamente no ha cambiado. . . Puesto que en el pasado todo cambio ha sido peor, hoy día resisten todo cambio”. Una ira incandescente hacia el estado de las dos terceras partes de la población mundial  permea la obra de Thomsen, una ira que nunca pudo guardar cuidadosamente lejos por ningún período de tiempo.

Su tiempo inicial de enrolamiento se vio cortado por una infección pulmonar que puso en riesgo su vida, Thomsen se reenlista en el Cuerpo de Paz y esta vez se encuentra en Río Verde, un pequeño poblado de pescadores en la Costa ecuatoriana, y el drama se desovilla ahora sí, en pleno. Aquí conoce a la gente que dará forma a su relato, no sólo en Living Poor, sino en sus otros libros por igual: Alexandro Martínez, su vecino y “guía” en sus primeras semanas en Río Verde; Bill Swanson, un gringo viejo expatriado que nunca se cansó de contar historias a Thomsen sobre como “un mes después de que te hayas ido, nadie ni siquiera sabrá que estuviste aquí”; Alvaro, el tendero local convertido en enemigo amargo cuando los esfuerzos de Thomsen de crear una cooperativa agrícola amenazan su monopolio y poder; Wai, el héroe del pueblo y el mejor chico, con su esposa perpetuamente preñada, horda escarbosa de hijos, y temible madre enviudada, varios personajes menores como Wilson, Jorge, Pancho, Ricardo, Ernesto, Cléber y otros.

 


Portada de la primera edición estadounidense de Living Poor

Aquí es que conocemos a Ramón Prado, un joven pescador pobre que figurará de manera prominente en la vida de Thomsen y por lo tanto en sus libros, de maneras que ninguno de los dos pudo saber entonces. Ramón aparece como el primer residente de Río Verde en enfrentar sus temores de cambio y pedir ayuda; Thomsen lo acomoda con media docena de gallinas y desde entonces, Ramón nunca más será el mismo. Inmediatamente Ramón y Alejandro se identifican como los predilectos de Thomsen, separados del resto de personas del poblado.

En Living Poor, Thomsen primero nos muestra su don de comprender qué se siente vivir en una pobreza absoluta y aplastante, pobreza de una forma que ningún estadounidense conocerá: lo más loco e interesante a la vez es el problema del incentivo. Mucha de la gente de Rio Verde, por ejemplo. . .No quería nada. “Hablarle a un hombre de triplicar sus ingresos era llenarlo de confusión; se ponía nervioso; empezaba a reír; quería emborracharse. El pobre hombre, desde el día de su nacimiento estaba tan inundado de problemas, tan indigente, que terminar queriendo cosas constituía un tipo de locura. Lo que quería era seguir vivo un día más para contar chistes y visitar a sus amigos en el aire dulce de la noche. . .quería diez sucres de vez en vez para poder tomar y bailar y sentirse lavado de vida”.

Otro párrafo al caso:

“Vivir en la pobreza es como estar sentenciado a existir en un mar tormentoso en una canoa frágil, requiere toda tu fuerza simplemente mantenerse a flote; nunca es asunto de alcanzar un destino. La verdadera pobreza es un estado de crisis perpetua, y una ola algo mayor o que llega de una dirección inesperada puede y usualmente logra destruir las cosas. Una ignorancia benevolente le niega al hombre pobre la habilidad de ver la secuencia escuálida de su vida, excepto en pocas ocasiones; la vista es más bien una hilera inconexa de tristezas desafortunadas. Al nunca haber remado en un mar calmo, no puede imaginar uno. Creo que si pudiera conectar el hambre crónica, la enfermedad, la muerte de sus hijos, la casi constante tensión física y emocional en el patrón que su vida inevitablemente adopta, se mataría.”

La historia de Living Poor se desenvuelve esencialmente como se describa arriba, con una situación complicada más allá de toda esperanza seguida de otra, y sería deprimente si no fuera por la habilidad de Thomsen de capturar lo sublime junto con lo ridículo, a veces de manera hilarante. Como la mayoría de voluntarios del Cuerpo de Paz entonces y después, él cayó en Río Verde con las más nobles intenciones y pronto se encontró a sí mismo como el blanco de miradas asombradas que no comprendían; sus ideas y planes y ofertas de ayuda eran vistas como locuras, y rechazadas una y otra vez con “ la gente no está acostumbrada a hacerlo así”. Sus empresas de criar pollos, chanchos, plantar palmeras de coco y finalmente organizar una cooperativa agrícola constituyen una montaña rusa de trabajo arduo, éxito precario y derrota horrible.

   Justo cuando el lector empieza a pensar que Thomsen ha logrado convertirse en parte de la sociedad de Río Verde, él señala el golfo que siempre ha existido entre ellos, aun después de años de vivir y trabajar en el pueblo. Constantemente lucha para poder alimentarse y paga precios exorbitantes por los pocos huevos, latas de atún, sacos de arroz y botellas de cerveza que puede reunir.  Aun así, tiene que viajar a Guayaquil cada mes aproximadamente para hartarse de hamburguesas, milkshakes, chuletas y vegetales. Se da cuenta de que no importa de qué quiera convencerse, nunca va a ser una verdadera parte de un pueblo donde todos subsisten de arroz, plátano verde y una ocasional comida de pescado, mientras que él puede levantarse, ir a un centro poblado y atorarse de proteína. ¿Cómo puede creer que los precios que paga son escandalosos cuando el dinero que paga es lo único que separa a familias enteras de la ruina física y financiera, y que los huevos en su plato son requeridos desesperadamente por parte de niños hambrientos de proteína?

Living Poor simplemente está demasiado maravillosamente bien escrito como para dejarlo una vez que el lector se involucra en la historia horrorífica, hilarante, descorazonadora y fascinante que se desovilla en torno a Thomsen y a Ramón, mientras que ambos se hallan cada vez más distantes de la gente común de Río verde. El libro de Thomsen no es exactamente una obra innovadora—los voluntarios del Cuerpo de Paz han registrado sus experiencia antes y mucho después del paso de Thomsen por sus filas—pero se mantiene solitario en virtud de la perspicacia del autor y su estilo de escritura. Algunos encuentran que su obra es opresiva y oscura, sobretodo los libros escritos hacia el final de su vida, aunque el cinismo de Thomsen se ve temperado por su amor evidente hacia la gente, una amor por el que pelea ferozmente de cara a las traiciones y desilusiones que enfrenta.

Aullidos desde un lugar hambriento II parte
  The Farm on the River of Emeralds (La finca en el río de esmeraldas)

Mark Covert

Portada de la edición francesa de The Farm on the River of Emeralds

Moritz Thomsen termina su primer libro, Living Poor, en una nota vaga; sin en realidad saber qué hacer una vez que su compromiso con el Cuerpo de Paz finaliza en 1968, simplemente deja Río Verde, después de unas últimas semanas inquietantes en el poblado que, tres años atrás, habría intentado transformar. “Mis últimas semanas en RíoVerde estuvieron marcadas por gritos”, anota en el último capítulo, junto con adioses a todos aquellos que ya hace tiempo se habían rendido de ver al gringo como una novelería y un largo, lento, proceso de deterioro de la cooperativa que había buscado formar en el pequeño poblado pesquero. De esta manera, también parece que sus lazos con Ramón Prado y su familia (esposa Ester y bebé Martita) se pierden: “Pero cuando me separé del pórtico para irme, Ester gritó y me volví a verla, su rostro contorsionado y las lágrimas surcando sus mejillas. Nos abrazamos y Ramón corrió de la casa y se detuvo en la ceja de la colina mirando atentamente hacia el poblado”

    
La salida de Thomsen de Río Verde probó ser duradera, pero pasó menos de un año de regreso en su Seattle natal antes de volver al Ecuador en busca de cumplir la promesa que le hizo a Ramón: volver y comprar una finca juntos, para trabajar como socios. Su segundo libro, The Farm on the River of Emeralds, publicado en 1978, hace la crónica de los primeros seis años de esa tumultuosa sociedad. Nuevamente hace mención de su padre Charlie sólo pasajeramente—“mi padre acababa de morir, tengo diez mil dólares en el bolsillo”—y con eso, Thomsen el mayor hace su salida del relato. El plan parece sencillo: Thomsen provee el dinero y el conocimiento extraído de sus años como criador de puercos en los EEUU luego de su servicio militar durante la segunda guerra mundial; Ramón, por su parte, un hombre mucho más joven que Thomsen (que acaba de cumplir 53 años), entrega el trabajo y guía al gringo viejo en su nuevo entorno; en un nivel más hondo, Ramón deberá hacer de hijo al papel de Thomsen de viejo irritable, juntos, deberán forjar una vida nueva bajo sus propios términos. Encuentran una finca sobre el río Esmeraldas y sonríen atravesando el terror cuando acuerdan comprarla e iniciar “aquella relación tan íntima y delicada—una sociedad de negocios”.    

Ahora, la poseíamos”, dice Thomsen de la extensa finca selvática., “o era ella la que nos poseía”. Y en poco tiempo, los sueños de Thomsen de vivir en paz e igualdad con todos quienes le rodean, resucitados debido a una relación perfecta—Thomsen como profesor y el Joven, vitalísimo Ramón como alumno, viviendo una existencia idílica en la tradición de “la fraternidad humana”—se desmorona. Un elenco de personajes se materializa desde la selva, listos para unirse a Thomsen, el gringo solitario y a Ramón, con su esposa embarazada y su joven hija. Nuevamente se encuentra como el objetote curiosidad entre los lugareños; vienen a él en busca de trabajo y lo tratan como patrón y “papacito”, incapaces de comprender la idea de que Ramón, un negro como ellos, aparentemente tan pobre como ellos, pueda ser el dueño de la mitad de la inmensa finca e igual al blanco extraño que ha llegado para vivir entre ellos. Las luchas subsiguientes de poder, respeto y supervivencia impulsan el libro de Thomsen hasta su explosiva conclusión seis años más tarde.

Cada capítulo de The Farm on the River of Emeralds se centra sobre estos personajes. “La gente de Male” trata de una especie de conglomerado de hombres locales (también de niños, aunque en sociedades pobres no se encuentran “adolescentes” sino niños e infantes enfermizos que un día parecen saltarse el desarrollo hasta llegar a una madurez herida plena). Al inicio parecería llegar junto con la propiedad: “Confundieron nuestra pena con debilidad, o tal vez pensaron que éramos tan estúpidos que los hallamos indispensables”. Al inicio, estos personajes vuelven a Thomsen y a Ramón locos con su pereza e ineptitud—Thomsen con frecuencia se acerca a ellos con cuidado sólo para encontrarlos haciendo la siesta en los campos, rodeados de pieles de naranjas  y bananos, o lo ven venir y todo el grupo súbitamente reacciona en una frenética actividad de machetes y hachas. No siempre puede convencerse de despedirlos, sin embargo; en su lugar, termina contratando muchos de sus hijos y hermanos y empieza a ver otras cosas que sólo vagancia en sus hábitos de trabajo: “Aunque, al ver, empecé a lamentarme en su nombre, puesto que aun operaban bajo la ilusión de su propio poder para dirigir sus vida, perdido en la magnificencia de un recientemente despertad reconocimiento de su propia hombría, perdidos en sus sueños de cómo conquistarían la vida. Qué modestas sus  expectativas y, en esta tierra brutal, qué imposibles de cumplir. Yo sabía que no tenían futuro; les faltaban oportunidades y la disciplina interna para hacer cualquier otra cosa que no fuera terminar igual que sus padres. ¿Alguna vez han visto un rebaño de ovejas mientras saltan y juegan en el corral del matadero?. . .al verlos, uno les perdonaba todo—estaban tan atrapados, tan condenados. Durante los fines de semana, el hecho de que fueran imposiblemente malos como trabajadores era relativamente poco importante”

Thomsen aprende, rápidamente, que la aplicación de “valores de la clase media norteamericana” a la cultura de la pobreza que ahora habita centralmente no tiene ningún sentido y que sólo servirá para alienarlo aún más de sus vecinos:

“OK, así que el trabajador no trabaja tan bien porque come tan mal. O.K, así que desde su desesperación el hombre roba. Ahora es cuando todo se complica y confunde. ¿Cómo puede este pobre obrero que sufre de malnutrición, bailar durante 2 horas seguidas o, en los domingos por la tarde, jugar fútbol con tanto fiero y sostenido entusiasmo? ¿Por qué el ladrón, quiérase o no, termina en la fonda local, borracho, de la venta de tu radio o de las gallinas de su vecino?. . . Y ahora viene la más terrible y más delicada de las preguntas, que hace a la cabeza tambalear, ¿es posible que el hombre que te robó la radio en realidad te considera su amigo?

Probablemente no es una coincidencia que The Farm on the River of Emeralds con frecuencia se lee como una narrativa de guerra—Thomsen sirvió como bombardero en un escuadrón de B-17s en el teatro Europeo durante la segunda guerra mundial—y fue una guerra con muchos frentes. Su sociedad de iguales con Ramón es la causa de muchos intercambios calurosos y dolorosos a la vez; a la vez, ambos deben presentar un frente unido ante los trabajadores, quienes traen sus propias batallas y demandas a la finca. Su experiencia en el Cuerpo de Paz lo deja con la creencia de que las técnicas modernas de agricultura pueden ser la salvación de los trabajadores agrícolas del Tercer Mundo (“Quería aturdir a la provincia con la tecnología del siglo XX. . .ese sistema moderno que utiliza 5 veces más energía por acre de lo que hace un granjero de un país subdesarrollado”), una creencia que se disuelve cara a las lluvias torrenciales, las cosechas fallidas, los mercados inexistentes y la mentalidad inmanejable de gentes sumidas en una pobreza desesperanzadora, los “heridos caminantes” de todo un capítulo.

En ese y otros capítulos Thomsen separa a algunos individuos de la tragedia/comedia que se desovilla en su entorno: “Dalmiro”, una “ruina de hombre, viejo, canoso, desdentado, descalzo, arrugado” con un libido furioso y con el hábito preocupante de emborracharse  muerte y orinar sobre los demás trabajadores mientras dormían; “los hermanos Cortez”, “un combo” de cuatro hermanos que exasperaban e hipnotizaban a la vez a sus sufrientes capataces; “Santo y las cosechadoras de maní” recuenta la excitación sexual perpetua de Santo y su quijotesca búsqueda de amor (“para Santo, el amor lo era todo, el hábito, nada. ¿No era tal vez, esta su mayor virtud, que rehusaba aceptar y vivir con sentimientos añejos y exhaustos? ¿Y no era esta posiblemente, su tragedia?)

La escritura de Thomsen está llena de anticipaciones, junto con visiones que rondan lo místico, aunque, posiblemente aquello que verdaderamente define su estilo es el uso de una quebrante epifanía. Su vida estaba pletórica de ellas—momentos de una claridad absoluta y terrorífica que destruyen las percepciones a las que se aferraba para sobrevivir y que fijan el rumbo para la siguiente etapa de su vida:



Segunda edición estadounidense de The Farm on the River of Emeralds

Hay ciertos días en la vida tan repletos de horror y de revelación que si los sobrevives todo tu pasado se dibuja, la esencia tan destilada y clara que resulta imposible seguir engañándose. En el tema de la revelación uno piensa en esas conversiones religiosas que lo apabullan a uno como relámpagos, y que convierten a los ladrones o a los borrachos en misioneros. Los días de revelación son los hitos en la vida en los que uno da giros de noventa grados o se atraviesa la cabeza con una bala o se asesina a la esposa o se regresa con violencia, en búsqueda nuevamente de un pasado inocente que se ha desvanecido gradualmente y que ha convertido a la existencia en algo caótico y sin sentido.

Fue una de estas experiencias lo que lo lleva a enrolarse en el Cuerpo de Paz en 1964—un tramo de 24 hora en el que finalmente percibe que su criadero de puercos en California está condenado, acabado; tiene que ejecutara sus adorados perros, vender sus puercos, clausurar la granja en la que ya se ha visto reducido a vivir en un galpón de herramientas y pararse por la primera vez en un cuarto lleno de sus puercos faenados: “Había caído bajo el ojo malevolente de dios, y El tenía más trucos bajo Su manga. No sabía si podía soportar más ese día, pero me acuerdo de pensar “ya se viene, puedas o no soportar más, y ya se viene hoy”. Se viene, de hecho, cuando frente a él se despacha a una vaca a manos de un empleado sonriente del matadero. En tanto le compete a Thomsen, él estaba igualmente acabado. Una propaganda del Cuerpo de Paz en la televisión esa noche puso una idea en su cerebro cortocircuitado; debe haberle parecido una Legión Extranjera moderna: “Expulsado de esa vida rural amortecida, gritando con furia y autocompasión, tan sangrienta y golpeada como un niño recién nacido, se me dio otra oportunidad a un nuevo tipo de vida”

  Las revelaciones no se detienen una vez que Thomsen abandona los EEUU; su primer libro, Living Poor, está lleno de ellas. Pero Thomsen fue un hombre de una increíble terquedad, una característica que aplicó a su creencia de que podría cambiar el mundo en el verdadero estilo del Cuerpo de Paz, y una tras otra, se encuentra haciendo frente a las terribles, quebrantantes verdades sobre sus propias convicciones. Una de las que casi da cuenta de él en The Farm on the River of Emeralds viene de parte de “Victor”, un capítulo hacia el final del libro dedicado a uno de los más queridos (y finalmente decepcionante) trabajadores. Finalmente enfrentado a la verdad desnuda de que Víctor ha estado robando ciegos tanto a Ramón como a Thomsen, Ramón lo despide, lo expulsa de la finca y rompe así la fachada de armonía que ambos habían valorado lo suficiente como para obviar la traición de Victor. Es la última gota, dice Ramón, no más hacer de buenito; la gente, millas a su alrededor observan que se les roba y que no se hace nada y, mandando al diablo las razones de su latrocinio y desesperación se propone hacer algo al respecto. Ramón rechaza las ideas nuevas de cómo administrar la finca y pregunta, “¿sabes cómo controlan el robo?” en una finca de cocos río arriba. Thomsen sabe: “Cada año ejecutan unos pocos ladrones, disparándoles directamente cuando están en las palmeras”. Thomsen observa a Ramón cuando este parte para su casa esa noche: “Cómo había cambiado desde que lo conocí por primera vez, qué dura y terca su cara. Pensé en los dos pecados mayores, los dos pecados imperdonables contra la vida: asesinar y ser pobre. Pobre Ramón. Pareciía que se desplazaba hacia ese horroroso momento cuando debería cometer el primero de ellos para salvarse de cometer el segundo.
       
Nunca llega a tanto en The Farm on the River of Emeralds, pero el cambio en Ramón y la desintegración de su sociedad con Thomsen surgen fuertemente en los últimos capítulos. Al igual que en los otros libros de Thomsen, este plantea más preguntas de las que podría considerar responder. Thomsen demuestra que es una de esas almas desafortunadas que constantemente debe buscar razones y motivaciones—qué es lo que lleva a un hombre a robar centavos de tus bolsillos mientras duermes o golpear a su esposa en una furia alcohólica o cortar a su vecino con un machete herrumbrado? Pero lo que mejor hace Thomsen es observar lo que lleva a que estos dramas lo cerquen, sin tomar el escándalo y el latrocinio constante y los comportamientos vergonzosos por lo que sugieren en la superficie, sin jamás tomar la ruta fácil al entendimiento.


Aullidos desde un lugar hambriento III parte

The Saddest Pleasure: A Journey on Two Rivers
(El placer más triste: un viaje por dos ríos)
Y
My Two Wars  (Mis dos guerras)

Mark Covert


Moritz Thomsen escribió sus últimos libros en los años posteriores a su salida de la finca de Esmeraldas. Cumplió su promesa, hecha al final de The Farm on the River of Emeralds, de comprar una amplia extensión de tierra del otro lado del río de la finca que compartía con su socio, Ramón Prado. Durante cuatro años, intentó sobrevivir sembrando maíz, frutas tropicales y cocos y otras empresas fallidas. Pese a las intenciones que tenía de liberar a Ramón de su papel de buen hijo al suyo de padre generoso, la ubicación de la nueva finca obligaba a Ramón a cruzar el río por canoa casi todos los días para traer víveres, cigarrillos, periódicos--  cualquiera de las necesidades diarias que no podían procurarse en una remota finca selvática.

The Saddest Pleasure: A Journey on Two Rivers es una memoria escrita por Thomsen en parte para narrar la historia de la desintegración de su relación con Ramón. En todo sentido práctico, él era parte de la familia de Ramón, un abuelo para los niños Prado--  la hija Martita y el hijo Ramoncito. Thomsen plantea su historia como parte memoria, parte bitácora de viaje y parte comentario devastador sobre las prácticas rapaces de un mundo capitalista obcecado en destruir inmensos trozos de la sociedad sudamericana. El título se toma de una línea del libro de Paul Theroux (a su vez un ex voluntario del Cuerpo de Paz) Picture Palace (“¿Cuál francés dijo, “El viaje es el más triste de los placeres?”); de hecho, el propio Paul Theroux escribe la introducción de The Saddest Pleasure.
Thomsen tiene 63 años al inicio de su travesía; el año es  1978 ó 1979 (el estilo de Thomsen da poca importancia a fechas concretas, obliga al lector a esforzarse en este sentido y gozosamente causa estragos en el ordenamiento cronológico cuando le conviene  al relato; por lo menos le advierte al lector con anticipación). No pierde tiempo en llegar a la razón de este viaje largo:
“Ramón, mi mejor amigo, mi socio, ese negro avezado sobre la selva que debía mantenerme a través de la crisis de mis sesentas y al final asegurarse de que estuviera enterrado con decencia, había perdido su determinación. Me había sacado de la finca. Los detalles eran tan escandalosos que inclusive ahora, casi un año después, casi no puedo soportar pensarlo. . .Expulsado de la fina, me fui a vivir en Quito. . .encontré un pequeño departamento con vista de un muro de cemento. . .compré una cama, una mesa y cuatro platos, tres más de los que necesitaba. Qué horrible era no ser de ninguna utilidad para nadie, despertarse por las mañanas y no poder pensar en una sola razón para arrastrarme fuera de la cama. Un día, de la desesperación se me ocurrió que finalmente podría realizar un viaje.

El viaje se convierte en mucho más que eso. Thomsen, en su estilo normal en que se burla constantemente de sí, subestima su imparable curiosidad y amor hacia Sudamérica y su gente, pintando su travesía al principio como poco menos que una forma de ocupar el tiempo. Aunque el tiempo rápidamente se convierte en un fardo pesado cuando se le ocurre que ya es un hombre viejo y su sensación de condena e inminente muerte empieza a rodearlo cuando nota la invisibilidad que le confiere su edad avanzada. En los aeropuertos y calles llenas de Sudamérica se le considera poco más que un gringo viejo canoso. Pero el tiempo que pasa esperando sus vuelos o sentado solo en hoteles y restaurantes produce tramos de la escritura más llamativa de Thomsen. En un momento, recuerda un juego que “lo peor que he hecho”, compartido con amigos en Quito en torno de una mesa amplia:


Edición francesa de The Saddest Pleasure: A Journey on Two Rivers

“Debía confesar primero y podía decir, sin necesidad de hacer memoria, de una noche de Halloween cuando tenía 10 años de edad. Una mujer pequeñita, de cabello blanco, había llegado a la puerta que yo había timbrado. . .me ubiqué fuera de su línea de visión y le lancé un huevo—lo escuché romperse contra su rostro—y me apuré salvajemente horrorizado y lleno de odio hacia mí mismo (cincuenta y tres años más tarde todavía puedo  oír ese horrible sonido; mi piel todavía se eriza). . .nunca se me ocurrió mencionar en su lugar  una tarde en 1943, cuando lideré grupos de bombarderos hacia un blanco alemán hoy día olvidado y donde se reportaron muertes entre tres y treinta mil personas. . .cuando me pare ante el viejo charlatán, Dios, y me pese en las escalas, y se juzgue que me falta, y se me lance a los fuegos del infierno, no será por esos miles de personas que maté, será por ese maldito huevo”.

El viaje de Thomsen lo lleva al Brasil y en Rio de Janeiro nuevamente se enfrenta con la aplastante pobreza que permea la vida en Sudamérica. Sentado en un pequeño restaurant se le sirve un inmenso plato hondo de ensalada de papa (“Pido lo que creo ser una ensalada italiana”—pese a los 15 años que ha vivido en el Ecuador, Thomsen todavía no domina el castellano y el portugués brasileño está fuera de su alcance). Aleja de sí el plato a medio comer e “inmediatamente un negro que ha estado parado contra una pared, invisibilizado por grandes plantas en macetas aparece junto a la mesa y con el poder feroz de su concentración me impala con su mirada. Mira dentro del plato de ensalada, sube una mano a su boca y me implora con la otra, palma arriba, abierta y vulnerable. . .y le ofrezco la ensalada; la toma y se sienta en la mesa adjunta, encorvado sobre la comida, comiendo con velocidad. No nos volvemos a ver porque hay algo indecible en esa hambre desesperada que yace entre los dos como una acusación.

Mientras camino por la calle considero confuso esa buena sensación que tuve al ofrecerle mi basura a un hombre hambriento.
      
Aunque no es en este viaje, Thomsen recuenta otro viaje hecho a Lima, Perú, hace años. Buscó una iglesia en esa ciudad inmensa, extensa de ocho millones de habitantes, que contiene los restos momificados de Francisco Pizarro, el infame conquistador español, fundador de Lima y el hombre que conquistó a los Incas. Parado ante los restos, Thomsen aprovecha la oportunidad de escupir en el piso, hacia la cabeza del féretro de vidrio. Ve en Pizarro “el más grande capitalista que ha conocido el mundo”:

“. . .y su figura, los ojos aún chispeando con avaricia, aun atraviesa el continente con pasos largos, atraviesa el mundo. . . los manipuladores de tecnología son los nuevos Pisarlos; los directores de las multinacionales son los nuevos amos del mundo—hombres buenos con modales gentiles algunos de ellos, conocedores de vinos, arte moderno, hermosas mujeres. . .son los hombres más honrados, que comparten la admiración del mundo junto con los políticos que han comprado y que los sirven. . .estos señores son dueños del mundo, pero no lo controlan: son  marionetas atrapadas y empujadas hacia delante por la ola creciente de una increíble ciencia que ya ha sobrepasado su poder de limitarla: son marionetas ciegas ante las consecuencias de sus propios actos, vivas sólo para la gran oportunidad. Son los bastardos, estos Pizarros enternados sobriamente, que nos van a matar a toos.”

The Saddest Pleasure es, como todas las obras impresas de Thomsen, imposible de clasificar en una sola categoría. Lo que lo hace un libro tan importante es la amplitud de la ira de Thomsen mientras rabia contra los poderes que han estado estrangulando Sudamérica por siglos. Es una dura marcha por momentos; oscura, cínica, completamente sincera en la desesperanza que vislumbra en el futuro de ese gigantesco y complicado continente. Se trata de una escritura que produce quebranto en su atemporalidad—un libro escrito durante el principio de los 80 y publicado en 1990, todavía da en el blanco en el 2002. Guerras de droga en curso; grupos itinerantes de rufianes homicidas; inmensas olas que exterminan pueblos enteros donde la mayoría de la gente no tiene dos sucres que juntar; levantamientos y huelgas debido al alza de los precios de combustible; hordas de refugiados provenientes de Colombia; una deuda aplastante y sin perdón de los países desarrollados o del Banco Mundial; corrupción policial y brutalidad—las cosas no han cambiado suficiente (para bien o mal) en Ecuador o en Sudamérica para que la escritura de Thomsen de hace 20 años deje de ser relevante:

“Pobre violada América del sur. Yacemos sobre ella en un tipo de tristeza post coital, pero empezando a sentir el hormigueo de una nueva voracidad. Después de Pizarro fue demasiado fácil. No saldremos de encima de ella todavía, todavía tiene el poder de inflamar nuestra lujuria, y sus débiles esfuerzos de rodar lejos nuestro nos parecen poco sinceros. Todavía no ha sido violada hasta la locura como su hermana africana”.
       
En The Saddest Pleasure  es donde  Thomsen finalmente trae a la vida a uno de los grandes, horribles personajes de la literatura testimonial; su padre, Charles Thomsen, él mismo a su vez el hijo de uno de los clásicos personajes robber baron de fines del siglo XIX y principios del siglo XX—el tocayo de Thomsen y su abuelo, quien hizo una fortuna en el negocio de las molineras en el Noroeste del Pacífico en los EEUU.
¿Es que Moritz, escribiendo The Saddest Pleasure, en realidad vio a su padre, muerto en 1969, parado ante una estatua en una plaza, o saliendo de un bar, o erguido ante él mientras intentaba conciliar el sueño en la noche brasilera caliente? No importa, ayuda al relato—la escritura de Tomes está llena de visiones místicas y revelaciones rupturales--  y al introducir a Papi planta el escenario para su último gran libro, publicado póstumamente, My Two Wars.


The Saddest Pleasure se publicó en 1990 ante reseñas mayoritariamente positivas, pero para entonces Thomsen era un hombre muy enfermo, tenía 75 años y sufría los efectos de una vida entera de rudo trabajo agrícola y una relación de amor-odio (amor en su mayoría) con los cigarrillos. Tampoco le ayudó el haber pasado los últimos 28 años de su vida en las selvas de un país tropical; los visitantes (y hubieron muchos- -pese a su reputación de cascarrabias, Thomsen era un hombre gregario, fácilmente arriado hacia la soledad o el aislamiento, aunque fuese auto impuesto o logrado por su propia habilidad de herir profundamente a aquellos que más lo querían) con frecuencia se escandalizaban de su estado, el pelo blanco que se le caía en pedazos debido a infecciones de hongos, los dientes caídos hace tiempo, escribiendo constantemente casi sin comer, aguantándose con las justa en Guayaquil, Ecuador. Murió ahí el 28 de agosto de 1991, después de contraer cólera y de rehusar un tratamiento relativamente simple que pudo haber prolongado su vida, aunque en poco.

Había visto que el final se acercaba durante años, y trabajaba fervientemente para completar dos libros (un tercero, From My Window (Desde mi ventana), se dice que por lo menos llegó a la fase de “tomar notas”). Bad News from a Black Coast ha languidecido en los escritores de editores por más de una docena de años, una vez se publicó un extracto en Salon.com pero más allá de eso, nada. Aunque también había terminado otro manuscrito que documentaba sus batallas con un padre tiránico, junto con sus experiencias como un bombardero de B-17s en Europa durante la Segunda Guerra Mundial. My Two Wars es el resultado de esos últimos años de escritura afiebrada. La primera línea, magnífica en su simplicidad (“Este es un libro sobre mi participación en dos grandes catástrofes—la Segunda Guerra Mundial y mi padre”), deja sentado el tono para lo que podría bien ser el mejor recuento de las experiencias de la tripulaciones de bombarderos estadounidenses durante la II GM. Las comparaciones inevitables con Catch 22 de Joseph Heller  no opacan el libro en absoluto.

Pero para llegar a la II GM primero hay que trepar por la historia oscura del padre de Charlie, el padre de Thomsen. Bajo cualquier óptica un hombre malo, cruel y repelente, empujado por un deseo hirviente de superar a su propio padre en la tarea de amasar riquezas, poder y prestigio—y tal vez, más que nada, la adulación incuestionada e incondicional de sus hijos—Charles Thomsen atormentó a Moritz hasta que est último murió. También tuvo una hija, Wilhelmina, la hermana menor de Moritz, y cuando ambos niños eran muy jóvenes su matrimonio con la madre de Thomsen colapsó. Su segundo matrimonio y la construcción de una inmensa mansión provincial francesa llamada Wildcliffe, puso las bases para una escena familiar abusiva y surreal que dejó cicatrices que duraron la vida entera en hermano y hermana por igual. (Wildcliffe todavía está ahí, cerca de Kenmore, Washington, hacia el fin del lago Washington, hoy en día es un  hostal.)

Los editores y reseñadores por igual tienden a alejarse de la Guerra de Thomsen con Charlie; al inicio parece que no hay manera de que los lectores se interesen por las batallas de padre vs hijo en My Two Wars tanto como Thomsen al escribir sobre ellas. Pero la historia de este hombre dominador, torturado y sin esperanza y la ruina que hace de su propia vida y de las de aquellos que lo rodean, es intrínseca a la historia de la vida del propio Moritz Thomsen. Nunca tuvo éxito en poner al descanso a su padre, y nunca puedo perdonarse por pegarse al viejo, como rémora, por ninguna otra razón que para evitar ser expulsado del todo de su testamento (cosa que casi ocurre de todos manos—el grueso de la fortuna de Charlie Thomsen fue legado a cualquiera que pudiera inventarse un contraceptivo para gatos).   

Thomsen ya había sido llamado al ejército por más de un año cuando ocurre el ataque japonés a Pearl Harbor que detuvo de golpe su vida relativamente fácil y bien organizada. Pese a todo el abuso que soportó de su padre, el viejo era rico y Moritz pasó sus días juveniles esquiando, acampando, escalando montañas, pescando con señuelo y disfrutando de lo que evidentemente era un apetito sexual saludable cuando se le presentaba la oportunidad. Incluso en el ejército Thomsen descubrió que podía
Ofrecerse voluntariamente para KP y a cambio de pelar papas y lavar ollas eternamente, podría evitar los rigores de la vida de barracas. Pero Pearl Harbor lo impulsó a querer ser un héroe,  e ingresó al Cuerpo aéreo del ejército, el precursor de  la Fuerza Aérea, con la esperanza de convertirse en un piloto de batalla. Años después, escribiendo desde su apartamento en Guayaquil, reflexiona sobre ese día:

“No fue sino años más tarde que comprendí la calidad amenazante de ese final de la tarde. Tenía al su alrededor un sentido horrible de portento somnoliento que vaciaba el aire de vida y continuidad. Era como un gigantesco tartamudeo, un horrible detenimiento del tiempo, un hiato que prometía cambios horroríficos. En un sentido muy real ese día de diciembre de 1941 fue el verdadero inicio del siglo XX. Ese día la depresión se decretó oficialmente terminada, el sentido propietario de los EEUU cambio de manos, los granjeros estadounidenses en bancarrota, últimos símbolos de un Estados Unidos construido sobre los principios de la democracia Jeffersoniana, podrían ahora desertar la tierra por jornales de cinco dólares al día en las fábricas de guerra. . . El siete de diciembre fue el último día en que el país representó un ideal por el cual uno podría con dignidad, ofrecerse a pelear y morir. Diez años después ya no valía la pena pelear por él. Veinte años después, cuando tres millones de granjeros al año quebraban y el Bank of America era dueño de la mayor parte del suelo agrícola de California y no se podía sembrar tomates sin una máquina de cosecha de $150, 000, no era ya ni siquiera un país para vivir. A menos, claro, que a uno le gustara trabajar en una fábrica”.

Por ultimo, Thomsen no calificó como piloto y fue relegado al puesto de bombardero, el hombre que se sienta dentro de la burbuja de fibra de vidrio en la nariz de un B-17 y divisa el blanco millas abajo y luego suelta la carga de bombas. Desde su asiento, apertrechado sobre una mira telescópica Norden (“Probablemente fue John Steinbeck quien popularizó la creencia de que al  bombardear con el Norden, uno podía soltar una bomba dentro de un barril de conservas desde dieciocho mil pies. Tal vez nuestra desilusión empezó cuando. . .nuestras bombas de entrenamiento cayendo en pequeños destellos de flama a mil pies del centro del blanco, nos demostró que no solo que nosotros no le pegaríamos a un barril de conservas sino toda la fábrica que las producía. Además, el parqueadero que rodea la fábrica de conservas y la vía férrea especial que transporta los barriles y el pueblo donde diez mil empleados se sacrificaban a favor de la guerra haciendo conservas. . .”) Thomsen tenía una visión amplia del destino de los bombarderos en su entorno y bajo él—los aviones grandes y lentos eran volados en pedazos por los cazas alemanes, o volados en fragmentos por las temidas explosiones de fuego anti-aéreo.

En My Two Wars , Thomsen apunta la misma amplia visión a todo lo que lo rodea durante la guerra—un Londres cansado y devastado, miembros de la tripulación del bombardeo ebrios y endurecidos; los condenados inocentes que recuerda años después de sus muertes en el aire sobre Berlin, Francia o el Canal Inglés; los miembros muertos de su propia tripulación. Escribe sobre el día D, cuando su grupo bombardeó las primeras líneas de humo, como se les había instruido, sólo para enterarse después, horriblemente, que las líneas de humo se habían movido—La Fuerza Aérea estadounidense había lanzado bombas, de manera inadvertida, directamente en la mitad de las tropas de sus compatriotas. Thomsen sugiere la terrible culpa que se podría esperar de un error de esa magnitud, pero, sin embargo, los soldados puestos en situaciones que causan cantidades masivas de muerte y destrucción deben hallar una forma de vivir sin esa culpa, o por lo menos bloquearla. Thomsen se refiere a su propia culpa de sobreviviente:

Para aquellos de nosotros que sobrevivimos el combate, que volamos una y otra vez y regresamos a nuestras rutinas normales, rutinas que al inicio nos impactaron por ser milagrosas—comiendo, durmiendo, cicleando por los caminos de verano, tomando whisky en ese grupo absolutamente exclusivo de hombres de combate aéreo (placeres que nos daban menos y menos placer)--  una pereza lentamente creciente con la vida empezó a aparecer en nuestros pensamientos conscientes. Estabámos tocados por la vergüenza de seguir vivos, de hacer las mismas cosas banales en el centro de de una pila de cuerpos invisibles que crecían y nos rodeaban. ¿Por qué no habíamos sido elegidos? Parecía que no había forma de ser dignos ante los muertos salvo unirse a ellos; estábamos compitiendo con los muertos que nos habían dejado, y que nos habían dejado llenos de culpa. Una pasión por vivir. Una pasión por morir. ¿Cómo podíamos reconciliar ambos sentimientos que emergían en nuestro fuero interno, salvo de la manera en que lo hicimos, al hundirnos en un tipo de catatonia, una hibernación emocional que era como la locura”.



Papel menbretado de la escuela de la fuerza aérea estadounidense en que Thomsen escribía su correspondencia

Cuando Thomsen finalmente alcanza su cuota de 27 misiones de combate completadas
Terminó los últimos días de la guerra en Texas; después de la dimisión japonesa se tomó un permiso de treinta días para visitar a Charlie en Wildcliffe y recoger alguna ropa, Teques y tereques, junto con su vieja camioneta. Lo que ocurre entonces, mientras pasa de una guerra a la otra, la que lo atormentará hasta el día de su muerte, es la declaración final de hostilidades puesto que encuentra a su padre apenas intentando cubrir el descontento que le causa el retorno de Moritz de la guerra, a decir verdad, este le hubiera resultado más útil muerto que en vida. La supervivencia de Moritz, él mismo se daría cuenta años más tarde fue percibida por su padre como poco más que una complicación diseñada para arruinar sus “años ponientes”.

Thomsen pasó los años que van desde 1945 hasta 1964 como un criador de puercos cerca del poblado de Chico, California, una aventura que finalmente fracasó y que lo llevó a su enrolamiento en el Cuerpo de Paz y, en último término a su estadía en el Ecuador de 28 años. Atravesando todas sus experiencias estaba la gran pasión que sentía por la escritura y produjo incontables artículos y ensayos para su publicación en periódicos y revistas, con algo de éxito. Pero sus cuatro libros impresos son una labor de sus propios años ponientes. Todos, salvo The Farm on the River of Emeralds siguen en circulación; Bad News from a Black Coast no ha atraído un editor por más de doce años, pero Thomsen lo terminó probablemente meses o menos antes de su muerte, así que persiste la posibilidad de un quinto volumen. Reconocidamente, el estilo de Thomsen puede ser excesivo para algunos lectores—algunos se alienan a raíz de un tono de auto conmiseración , o se muestras desinteresados por el odio que Thomsen le profesa a su padre, o por la relación intensa con Ramón—pero cualquier escritor que intenta expresar sus furias y fracasos y frustraciones en la vida se toma ese riesgo. El hecho permanece de que, para muchos otros escritores y para un grupo pequeño de lectores fieles, Moritz Thomsen es uno de los verdaderos grandes, aunque desconocidos, autores estadounidenses de nuestra época.



Moritz Thomsen en Guayaquil, circa 1990

• Este ensayo se puede encontrar en su totalidad en los siguientes sitios: http://www.smokebox.net/archives/word/thomsen11101.html.
http://peacecorpswriters.org/pages/2001/0111/111pchist.html
Se reimprime aquí por permiso del autor.


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