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Las aventuras
literarias de Martín Thomsen, ecuatoriano
Alvaro Alemán
Portada del tercer libro
de Moritz Thomsen, The Saddest Pleasure |
Quien quiera darse un baño de dolor, espiritual
y moral, total y definitivo, un dolor que no se olvidará nunca
en la vida; quien quiera que le duela hasta la misma
ecuatorianidad, hasta sentir vergüenza de su propia
condición de ser humano, que vaya a visitar el
manicomio de San Lázaro, en la carrera Ambato,
entre las calles Bahía y García Moreno.
. . (Más allá de la simple receta.
Franklin Tello Mercado, 1973) |
Moritz Thomsen es una figura literaria
relevante para entender la repartición mundial de reputaciones,
los límites de la historia del arte contemporáneo y las dificultades
de la identidad en la era de la globalización. El presente
texto se propone contribuir a un gesto de divulgación y ponderación
de la obra de uno de los escritores más interesantes y originales
de la segunda parte del siglo XX. El presente interés sobre
la obra de Thomsen coincide con una creciente conciencia
planetaria sobre la importancia del medioambiente (una de
las fortalezas en la literatura “ecologista” de este autor),
la crisis del nacionalismo y el regreso de un discurso ético
y social centrado sobre la pobreza. Moritz Thomsen llega
al Ecuador en 1964 y trabaja con poblaciones que funcionan
lejos del alcance del Estado, establece una bien ganada credibilidad
con la población local (tanto nativa como extranjera, dentro
de poco se convertirá en una de figuras míticas del Cuerpo
de Paz) y pasa el resto de su vida pensando y escribiendo
sobre los temas que lo apasionan: la pobreza, la diferencia
cultural y racial, la identidad personal y colectiva, el
arte y la naturaleza.
La obra de Thomsen (docenas de artículos de prensa, cuatro
libros impresos, otro más que permanece inédito) ha tenido
una poderosa influencia entre sus numerosos lectores. Thomsen
fue premiado en vida con varios galardones literarios y ha
recibido un reconocimiento póstumo que lo ha convertido en
figura de culto. Entretanto, su vida y obra son prácticamente
desconocidas en el Ecuador, salvo por un puñado de extranjeros
que fueron sus seguidores, colaboradores, amigos y lectores.
En lo que sigue intentaré ofrecer algunas pistas sobre aquello
que puede interesar a un público que se acerca por primera
vez a esta enigmática figura: el esqueleto del itinerario
de su vida, su acercamiento a lo afro ecuatoriano ,
su aporte al pensamiento contemporáneo de la globalidad y
de la nación, su inserción difícil al panorama de las letras
del Ecuador, la especificidad de su producción literaria,
la conveniencia de “naturalizar” a este autor para lograr
un pensamiento más dinámico sobre la literatura, la cultura
y la identidad y finalmente, la utilidad de asociar a Moritz
Thomsen a la inmensamente productiva noción de la vergüenza.
La figura del extranjero
El advenimiento eléctrico del nacionalismo durante el siglo
XIX reconfiguró el panorama del saber humano con una virulencia
desconcertante. La reverberación de ese impacto en la visión
del mundo de los incipientes sujetos occidentales escoltó
la etapa formativa de los estudios literarios modernos. La
literatura aparece así en la historia (como disciplina académica)
firmemente de la mano de la nación. Para estudiosos como
Terry Eagleton y Benedict Anderson, por ejemplo, el discurso
literario cumple un papel poderoso en la consolidación y
la defensa de la frágil construcción imaginaria que llamamos
nación. Desde esta visión, una visión ratificada constantemente
por la historia literaria como subproducto académico de esta
“nacionalización del pasado”, la función prioritaria de la
creación artística literaria obedece a una lógica interminable
de “fundación” de la república.
Así, el criterio evaluativo fundamental para determinar
el mérito de una obra se limita
1) a aprobar su contribución a las letras como resultado
del cumplimiento de una agenda nacionalista y
2) a leer la obra como una suerte de “alegoría” forzosa de
la nación
No debemos sorprendernos entonces a las múltiples formas
de oposición, que a veces toman la forma de indiferencia,
tanto de la historia como de la crítica literaria, cuando
estos discursos se enfrentan con una escritura, y un pensamiento,
esencialmente ajeno o distante de las metas afirmativas de
un pensamiento nacional. Históricamente, estas expresiones
han sido clasificadas como anomalías, excepciones o curiosidades paraliterarias,
recogidas en colecciones con nombres incómodos o excepcionales
como “recuentos de extranjeros” o “relatos de viajeros”.
Esta producción ha permanecido, en el caso del Ecuador, como
uno de los “otros” de la literatura ecuatoriana.
El caso de Moritz Martin Thomsen II (1915-1991) es ilustrativo.
Thomsen viajó al Ecuador como uno de los primeros voluntarios
del Cuerpo de Paz en 1964, se involucró inicialmente en la
vida de una pequeña comunidad costanera en la provincia de
Esmeraldas (Río Verde) y vivió el resto de su vida en el
Ecuador. Publicó tres títulos durante su vida, Living
Poor: A Peace Corps Chronicle (Viviendo en la pobreza:
una crónica del Cuerpo de Paz) 1969, The Farm on
the River of Emeralds (La finca en el río de esmeraldas)
1978 y The Saddest Pleasure: a Journey on Two Rivers (El
placer más triste: un viaje por dos ríos) 1990. Un cuarto
libro, My Two Wars (Mis dos guerras) apareció
póstumamente en 1996 mientras que un último texto Bad
News from a Black Coast (Malas noticias desde una
costa negra) permanece inédito.
Con la excepción de uno de sus libros (My Two Wars, aunque
inclusive en este tomo, su experiencia ecuatoriana reaparece
continuamente), toda su obra está firmemente situada en el
escenario físico, espiritual y cultural del Ecuador y particularmente
sintonizada con el problema de la pobreza.
La obra de Thomsen ha sido ponderada por escritores tan
diversos e influyentes como Wallace Stegner, Paul Theroux,
Martha Gellhorn, Tom Miller y Larry McMurtry entre otros
y varias opiniones se han mostrado favorables al criterio
de que Thomsen es uno de los más importantes y valiosos escritores
en lengua inglesa de la segunda parte del siglo XX. Su condición
como figura de “culto” ha sido ratificada en los últimos
años con la reedición de todos sus libros en ambos lados
del atlántico, con el interés mostrado en varios frentes
por llevar sus experiencias a la pantalla y por la traducción
de sus obras al francés y al alemán. Thomsen, en resumen,
es hoy por hoy, un escritor con una sólida reputación internacional,
un literato de renombre y sin temor de equivocarme, un desconocido
absoluto en el Ecuador.
En parte, este descuido responde a varios factores: el escribir
en inglés, la expresión casi inexistente en nuestro medio
del género híbrido en el que situó toda su obra (memoria/anecdotario/diario/historia
de vida), su legendaria marginalidad e inaccesibilidad, aunque,
a mi parecer el mayor obstáculo a ser considerado por nuestras
letras responde finalmente, a su condición de extranjero.
Quiero decir que la extranjería de Moritz Thomsen presenta
un problema irresoluble al sistema actual de las letras ecuatorianas,
posiblemente al sistema literario dominante en su conjunto,
y quiero establecer las bases para esa afirmación.
La extranjería, entre otras cosas, plantea siempre el problema
de la identidad como el problema de la presencia del Otro,
de la alteridad. La identidad como el polo opuesto de aquella
figura funesta, despreciable, negativa, de la cual nos diferenciamos
positivamente, halagadoramente. El otro, el extranjero, se
convierte en el adversario, el enemigo, el monstruo. En el
caso concreto de la identidad nacional ecuatoriana, el otro,
desde el inicio, ha sido construido como el extranjero, que
para consolidar nuestra forma identitaria debe ser excluido,
repudiado, desnaturalizado.
Pero el Otro no necesariamente se sitúa fuera de la circunscripción
territorial, también aparece en su interior, el Otro para
la identidad nacional ecuatoriana, como lo han establecido
ya varias formulaciones de cientistas sociales, ha sido en
distintos momentos y formas de representación el indio, el
negro, el pobre, el campesino, la mujer, el homosexual. En
el caso de la obra de Moritz Thomsen se reúnen dos fuerzas
antiterritoriales poderosas, el extranjero y el marginal.
Thomsen representa así una doble presencia exógena dentro
del sistema cultural ecuatoriano; en primer lugar, la irrupción
de una conciencia crítica (inmensamente elocuente) que se
enfrenta a las deficiencias consuetudinarias del nacionalismo
criollo y su defensa irracional de prácticas discriminatorias
e injustas;en segundo lugar, la visibilización de una marginalidad
lacerante dentro de nuestras fronteras que se expresa en
la forma de una meditación intensa sobre el fenómeno de la
pobreza vivida a nivel personal. El único otro texto que
puede compararse con la obra de Thomsen en el Ecuador posiblemente
sea el de Leonardo Chiriboga Sucedió en la Frontera,
una obra notable sobre la experiencia fronteriza de las tropas
ecuatorianas comisionadas a patrullar los límites territoriales.
Esta última circunstancia (la intensidad de la experiencia
vivida) separa a la obra de Thomsen de incursiones similares,
operadas por escritores ecuatorianos, famosamente en la década
de los treinta, en el ámbito de la representación de la marginalidad.
Decía José Carlos Mariátegui, sobre el indigenismo, comentando
sus límites, en una sentencia citada innumerables veces desde
su aparición, que si bien era una expresión legítima de reivindicación
de los derechos del indigenado era una forma en transición
hacia una literatura plenamente indígena. Esta idea, de obviar
la mediación para llegar a una representación “pura” de la
alteridad, de dar voz al subalterno, eventualmente desplaza
hacia el futuro la realización de una literatura latinoamericana
“auténtica”; por lo menos, en el caso del Ecuador, diremos,
que logra doblar la mirada hacia los centros urbanos y hacia
la experiencia “real” de la burguesía citadina. Este “renunciar”
de la experiencia verdadera de lo rural, que domina la literatura
ecuatoriana en los 60 y 70 del siglo pasado, es precisamente
lo contrario de la obra de Moritz Thomsen. |
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Río verde, Esmeraldas
ilustración original de Moritz Thomsen |
Nación
La noción de una sociedad multicultural es evidente para
MT desde el inicio de su primera estadía en el Ecuador,
su percepción aguda, junto con su propia incómoda conciencia
de recién llegado lo llevan a señalar que “El Ecuador,
cortado y fragmentado por una doble cadena de picos andinos,
fracturado por acantilados y ríos, separado pueblo a pueblo
por montañas y selva, es en realidad diez mil distintos
países. Cada poblado es un mundo entero, Río Verde, en
su aislamiento Pacífico fue uno de esos mundos—en ningún
sentido típico y en ningún sentido atípico” (Living
Poor IX)
En respuesta a un cuestionario que le dirige el comité
presentador del premio Paul Cowan por su libro The
Saddest Pleasure, Thomsen ofrece esta extraordinaria
respuesta a la pregunta de su fascinación por el Ecuador:
Aunque la pregunta
me recuerda un koan Zen (si es que esa es la palabra),
aquellas adivinanzas que enunciaban los maestros
y que dirigían a sus aprendices. Dice así: “Tienes
un ganso en una botella; ¿cómo lo sacas sin romper
el vidrio?”. La respuesta es lo suficientemente bella
para hacerte llorar, si es que la belleza te reduce
a lágrimas: te yergues frente al maestro, aplaudes
con el gesto ampuloso de un mago y dices “está adentro”.
Entonces repites el aplauso mágico y dices “está
afuera”.
Ayer noche, cuando empecé a escribir esta anécdota,
me pareció apropiada; esta mañana, al preguntarme por
qué, me veo impulsado a concluir la historia simplemente
porque no se puede terminar un cuento a medio camino,
inclusive cuando todos gritan, “sí, sí, ya escuchamos
ese”. Creo que el objetivo era, y no bien logrado,
que meter el ganso en la botella es más interesante
que sacarlo; especialmente este ganso en particular
que seguiría anidando en su pila de plumas viejas y
otros productos desagradables aún si la botella se
rompiera. Aún persiste, después de 25 años, una novedad,
una bella extrañeza, en la botella ecuatoriana. |
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Este tratamiento al enigma de la atracción, esta enmarcación de
la búsqueda de respuestas en términos cercanos a una iluminación
siempre inapropiada y distante encapsula la actitud idiosincrática
de Moritz Thomsen ante la realidad (del destierro, de la extratierra,
de la trastierra) que le correspondía vivir.
La literatura de MT es una literatura marginal al nacionalismo,
parte precisamente de un lugar distinto al habitual y confirma,
paradójicamente, que el mejor patriotismo es aquel que sale de
la nada, aquel que—imposible—prescinde de la nación. Tom Miller
llama la atención sobre la conexión imprescindible en la obra de
MT, entre su escritura y la ausencia de una postura nacional/patriótica:
Moritz
Thomsen (1915-1991) fue uno de los mayores escritores
expátridas estadounidenses del siglo veinte. Punto.
Un viejo de buen corazón, un hombre de una integridad
casi insufrible, un pésimo agricultor y un estupendo
escritor, sus libros hace tiempo han sido asfixiados
por la avalancha de las megaeditoriales (aunque, sorprendentemente,
tres de sus libros aún están impresos). Aunque toda
su obra podría considerarse memorias de viaje imbuidas
con un sentido de lugar, su tercer libro, El placer
más triste, encarna varios de los mejores elementos
del género: dudas constantes, una naturaleza de metiche
e indiferencia por el nacionalismo. . .Thomsen, que
permaneció en el Ecuador después de la finalización
de su contrato con el Cuerpo de Paz, prometió ser fiel
a nada más que a su condición de expatriado. Y como
expatriado tuvo la libertad para juzgarnos a todos,
una tarea que emprendió con observaciones agudas, auto
crítica y un marco referencial que se extendía desde
Tchaikovsky hasta los colchones ortopédicos Sealy.
(el subrayado es mío) |
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Río verde, Esmeraldas
ilustración original de Moritz Thomsen |
Pobreza
La obra narrativa de MT tiene el innegable mérito de trizar
la unidad imaginaria de lo nacional presentándonos viñetas
de diversa factura que invariablemente recuperan lo regional,
lo local, junto con sus texturas, mostrándonos así, tal vez
sin quererlo, la cercanía claustrofóbica de lo nuestro junto
con la alteridad sorprendente, la heterogeneidad imposible
del conjunto. Todo aquello hecho además desde un “método”
si así podemos llamarlo, empirista, que levanta inventarios
a partir de evidencias y que, menos comprometido con la obra
constructora, confisca a la nación, indirectamente a la literatura
que la procrea, y, que, casi siempre, la encuentra en ruinas.
La figura de la ruina es particularmente adecuada para la
obra narrativa de Moritz Thomsen, uno de los escritores,
a mi criterio, más interesantes y significativos del Ecuador
(quiero decir, que escribe el Ecuador, irrespectivo de su
lugar de nacimiento).. En su escritura, parte memoria, autobiografía,
reportaje, novela, crónica y ensayo, inclasificable a decir
verdad, Thomsen recrea con una prosa pulida y madura, el
punto de engarce y la creación de una poética interpersonal
entre el mundo moderno industrializado y la periferia desolada
del capitalismo. Todo su sistema examina descarnadamente
el imposible pero ineludible encuentro de esa volátil mezcla
de visiones. Leyendo a Thomsen se siente la traición continua
y la sospecha con que ambas partes (la modernidad y la pobreza
extrema) debaten internamente los límites y los alcances
de este nuevo tipo de socialidad, la angustia intolerable
de no poder saber al Otro de no poder resolver, sintetizar
ni diluir la diferencia radical, que sin embargo, no va a
abandonarnos nunca. El dilema de Thomsen, a medida que lo
narra, es hoy en día un dilema planetario, ecuatoriano en
todo sentido, más urgente e importante que cualquier otro,
el dilema de la pobreza. En un mundo en donde, como señalan
Negri y Hardt en su Imperio, el futuro histórico
de las masas proletarias desapareció dejando a su retirada
la denominación espesa de lo pobre, ¿cómo pensar
esta categoría? ¿Cómo construir imágenes de ella? ¿Cómo encontrar
su potencial sin buscar una destrucción conceptual que no
atina a despejar un lugar para el Otro? Estas preguntas,
que aparecen en Thomsen en forma prístina y desembozada,
el producto de su elaboración tras décadas de reflexión y
procesamiento, hoy resuenan con singular atractivo. Me permito
traducir y citar al escritor:
Mis sentimientos sobre
la vida eran agrios, cínicos, llenos de desesperanza.
No creía más en la bondad esencial del ser humano o
que este fuera capaz de crear un mundo decente. Lo
que el hombre podía crear con exquisita eficiencia
era el infierno; el hombre, con sus Hitlers, sus Stalins,
sus bombas atómicas. Durante veinte años, sintiendo
al principio que la pobreza era simplemente una manifestación
de nuestra incapacidad de forjar un sistema económico
humanitario, había intentado escribir sobre los pobres
como las víctimas de la avaricia de los demás. En cierto
grado, aun creo que esto es verdad, pero cada año comprendía
menos y menos sobre por qué un cuarto de la gente en
el mundo va a la cama con estómagos vacíos. Ahora se
me ocurría que era la maldad del hombre lo que me interesaba
más que su pobreza. Después de que uno vive con gente
pobre por tantos años la pobreza finalmente se convierte
en algo tan inútil, inescrutable, tan aburrido como
tener que escuchar los alaridos, mes tras mes, de un
vecino mientras muere lentamente de cáncer. La pobreza
era una cosa, una condición permanente; el mal era
como el chancro, el síntoma de una enfermedad social.
Viviendo en las alturas de Quito donde hallaba cada
vez mayor dificultad en respirar, moviéndome entre
expatriados en la complaciente y cómica colonia extranjera
me sentía medio muerto, como una vieja camioneta Ford
con 150 mil millas puestas que traquetea por idénticas
calles en una ruta boba e inútil. No sabemos cuándo
vamos a morir, pero al fin del camino me parecía que
divisaba una silla de ruedas, una enfermera y un frasco
etiquetado Sobredosis. Regresar a la Costa abriría
mi vida a la posibilidad, por lo menos, de un final
inesperado. La maldad del hombre, esa maldad que me
podía tocar, que podía, aunque probablemente no lo
haría, ahora se había vuelto fascinante. Quería volver
a donde se podía observar el mal en su estado primitivo
y estar cerca de la pobreza que lo pare. La pobreza
extrema que desnuda al hombre hasta de las ropas que
lo cubren también lo priva de sus pretensiones sociales,
sus hipocresías, sus disfraces, sus gracias. Reducido
a nada más que necesidades y deseos, hambres, impotente,
enfrentado a diario con la posibilidad de que no comerá
o de que sus hijos se enfermen con males que no podrá
sanar, siempre medio enfermo de malnutrición, parásitos
intestinales o malaria crónica, debe encontrar soluciones
al problema de la existencia en formas que no excluyen
el robo o la violencia. Y porque con toda probabilidad
ha perdido parte de su inteligencia durante esos primeros
años de malnutrición infantil, sus soluciones son a
veces tan puras, directas, crudas y dolorosas como
el tajo de un machetazo. |
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Impacta al leer este trozo
la intransigencia del enfrentamiento entre Thomsen y un estado
de cosas llamado pobreza; la negación de una negación que
no logra volverse afirmativa, al contrario, que nos arrastra
hacia la constatación de una realidad que nos busca pleito.
Thomsen abre así caminos, senderos para recorrer tanto la
literatura de la pobreza como la pobreza de la literatura.
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Río verde, Esmeraldas ilustración original
de Moritz Thomsen
Afro Ecuador/vergüenza
La obra de Moritz Thomsen, si se aloja en el tejido poroso
de la literatura nacional, desciende hacia el músculo de
la tradición afro ecuatoriana. En esto muestra nuevamente
sus credenciales para nacionales puesto que la literatura
afro del Ecuador (la obra de Nelson Estupiñan Bass, de Adalberto
Ortiz, de Antonio Preciado y de Argentina Chiriboga) ha sido
reivindicada desde sus inicios para su integración en la
tradición panafricanista y continental de la negritud. La
crítica estadounidense en particular, en la que se destacan
Richard Jackson y la publicación Afro Hispanic Review, ha
insistido desde hace décadas en la representatividad y la
importancia relativa de la producción afroecuatoriana en
la literatura afro descendiente del Continente en su totalidad.
Thomsen narra la experiencia concreta de la marginalidad
de la costa del Pacífico en Esmeraldas, hace una literatura
esmeraldeña con propiedad, sus personajes son esmeraldeños,
sus escenarios son esmeraldeños, sus preocupaciones y esperanzas
se asientan con firmeza en esa tierra. Thomsen es tal vez
el único escritor en el Ecuador que, sin ser esmeraldeño, ha
tratado el problema racial y la otredad del negro ecuatoriano
desde la literatura, lo hace con la misma insistencia, rigor
y dureza con los que aborda todo proyecto narrativo que emprende.
La literatura esmeraldeña refuerza este desfase sentido
entre teoría y práctica, la teoría de una nación incluyente,
la realidad de prácticas culturales afincadas en la exclusión.
Un ejemplo en este sentido, que posiblemente Moritz Thomsen
no conoció en vida, consiste en la brillante publicación
de las memorias de Franklin Tello Mercado, médico, esmeraldeño,
ministro de Bienestar Social y de Salud en distintas administraciones
y propietario de uno de los libros más interesantes y peculiares
de la literatura ecuatoriana: Más allá de la simple receta (1980).
Al igual que MT, Tello es un prosador inspirado, al igual
que Thomsen, hace literatura de su vida y de la vida de otros.
La coincidencia mayor entre estos autores, a mi criterio,
tiene que ver con la manera en que conjuran su ira y decepción
ante las inequidades e injusticias que presencian y contra
las que batallan y la manera en que convierten estos materiales
en combustible para la vergüenza de la nación.
En el tramo que se transcribe a continuación, Moritz Thomsen
ha sido testigo de un arrollamiento, uno de los trabajadores
de su finca ha sido atropellado:
“Malditos sambos”, dijo Ramón lleno
de furia, como si se hubiera contagiado de mi rabia,
reaccionaba de forma idéntica a mi. “Víctor, perdóname,
pero eso fue una imbecilidad, ese hermano tuyo se suicidó”
“Hijo de puta”, dijo Víctor por
décima ocasión, moviendo la cabeza como si hubiese
sido golpeado.
“El verdadero hijo de puta es ese
hijo de puta que lo mató y se escapó”, dije. “Jesús,
Ramón, como odio tu país, como odio tu país”
“Sí” dijo Ramón con sarcasmo, “todo
es diferente en tu país no? Ahí la gente no huye, no?”
Ahora escúchame muy bien porque te lo voy a repetir.
Si alguna vez tienes la mala suerte de atropellar y
matar a alguien espero que tengas el sentido común
de huir y esconderte como hizo ese hombre”
“Así no sea mi culpa?”
“No hay tal cosa en el Ecuador” dijo
Ramón, “Cuando alguien muere siempre es la culpa de
alguien. Alguien tiene que pagar. Sobre todo si creen
que tienes dinero”.
“Don Ramón, ayúdeme” dijo Víctor.
“Haga que nos paguen a nosotros y no a los rurales”
“No te preocupes” dijo Ramón, “Yo
te ayudo, estoy cansado de ver cuerpos negros en el
carretero y sangre negra en el pasto. Es un insulto
a mi raza”
“Qué cuesta un ecuatoriano muerto
estos días?” Pregunté con sarcasmo.
“Unos quince mil sucres, me imagino”,
dijo Ramón.
“No fue eso lo que pagó tu amigo El
Chino? Aunque creo que los negros cuestan la mitad
de eso, y uno bien bruto como Segundo, uno bien negro
como Segundo, pues, quién sabe? Tal vez los bien negros
no cuestan nada de nada”
“Pidamos nueve mil sucres”, dijo Víctor,
“Con nueve mil sucres puedo comprarme una tiendita
en Esmeraldas y hasta abastecerla”. Nueve mil sucres
para entonces eran unos trescientos sesenta dólares
(La finca en el río de esmeraldas 276-277) |
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En ambos casos, pese a todas las diferencias que se pueden
constatar, es la mediación esmeraldeña, de una conciencia
esmeraldeña, la que desemboca en el sentido de solidaridad
con las víctimas, de sufrimiento por su condición de prisioneros
y de vergüenza personal/colectiva por su complicidad al ser
testigo de estas escenas censuradas de la historia. La nación
se perfuma del color verbal de la vergüenza.
La importancia de la vergüenza para la literatura se relaciona
con la asociación histórica entre lo nacional y el orgullo.
Todo el esfuerzo constructivo de la nación, toda su recompensa
espiritual, anida en la generación de orgullo. La vergüenza
representa su anverso: no un sentido de pertenencia, de adecuación
y reconocimiento al coincidir con la imagen socialmente aceptada
de lo apropiado y ajustado a una situación determinada; sino
la sensación de ruptura, de alienación, de estigma, que acompaña
a una conducta censurable e inadecuada. La literatura
de Thomsen es así una literatura que llama a la vergüenza,
que acude a la vergüenza en búsqueda de legitimidad. ¿Qué
es ser ecuatoriano entonces, en el texto de Thomsen, que
existe fuera del circuito del orgullo sino una persona
que no se detiene ante un atropellamiento?
Uno de los resultados de este enfrentamiento con la realidad
consiste en una nueva capacidad de ver el mundo: vernos negativamente,
en la mirada del Otro. Sorpresivamente, fue Charles Darwin,
que visitó territorio ecuatoriano en el siglo XIX, quien
formuló esta valiosa interpretación en su libro La
expresión de las emociones en el hombre y los animales (The
Expression of Emotion in Men and Animals 1872). Darwin
señala que la vergüenza emerge al vernos reflejados negativamente
en la perspectiva del Otro. Y la vergüenza es una emoción
preeminentemente social, posiblemente la emoción maestra
de nuestra civilización. Helen Lewis, por ejemplo, sostiene
que los seres humanos somos sociales por herencia biológica,
e implica que la vergüenza es un instinto que tiene la función
de indicar amenazas al tejido social. De la misma manera
en que la emoción instintiva del miedo señala peligro, la
vergüenza marca un peligro potencial para la supervivencia,
un peligro al lazo social primordial.
La obra de Moritz Thomsen vincula vergüenza y arte literario
de una manera extraordinaria. Puesto que la literatura (
o más propiamente, la literaturiedad, como la nombraron los
formalistas rusos, la especificidad lingüística de la expresión
literaria, su existencia fuera de una institución) consiste
en un tratamiento del lenguaje que enfatiza su naturaleza
formal y convencional, en un recuento que llama la atención
sobre su propia artificialidad, para así lograr que el lector
vea el mundo de una manera distinta; podemos señalar
que la vergüenza ejerce una operación similar: identifica
una amenaza al cuerpo social y nos alerta acerca de nuestra
participación en esa herida, el resultado es una mirada sobre
el mundo que lo configura como un lugar diferente a
aquel del que partimos en un inicio. La vergüenza nos devuelve
a una comunidad de la que nos hemos desmarcado, y el camino
de regreso es el Otro; más concretamente: su mirada.
La vergüenza es así, o puede serlo, vergüenza de la des-vergüenza
, o en otros términos, mortificación, sentida en carne propia,
debido a nuestro abandono de la socialidad y de sus obligaciones.
La obra de Thomsen, como la de Tello, nos recuerda que, al
igual que observamos una existencia “autónoma” en esta tierra,
también vivimos en las mentes de los demás. Una de las fortalezas
del género en el que escriben estos dos autores tiene que
ver con el poder de sus respectivas personalidades y con
nuestra capacidad de utilizar sus conciencias como filtro.
Posiblemente esto sea lo que tantos comentaristas tienen
en mente cuando se refieren a la obra de Thomsen y la califican
como “honesta”; no su relativa sinceridad o candidez, sino
más bien el grado mediante el cual la calidad de su escritura
nos permite atravesar su conciencia, para contemplarnos descarnadamente
a través de su mirada, sentir vergüenza, para regresar a
instalarnos nuevamente, ya sin pretextos ni ilusiones, en
nuestras propias circunstancias.
De hecho la obra de Thomsen está plagada de vergüenzas,
propias y ajenas, imaginadas y lejanas, sobretodo, si seguimos
a Goffman, podemos entender el extraordinario grado de sensibilidad que
generamos, en cada circunstancia social en la que estamos
expuestos, relativo al asunto de la deferencia que esperamos
o dejamos de recibir. No importa que tan trivial sean estos
temas, cada ser humano es sensitivo en extremo al grado de
reconocimiento que recibe. Lo que hace Thomsen en su literatura
es asumir de antemano la condición de culpable y añade a
la precariedad de su posición al generar precisamente aquellas
maniobras defensivas he debería emplear si realmente fuera
culpable. De esta manera Thomsen hace posible para nosotros
que nos convirtamos, fugazmente, en la peor persona que
podamos imaginar los demás imaginando que somos. Un
ejemplo en el que Thomsen cuenta “lo peor que ha hecho”:
"Debía confesar primero y
podía decir, sin necesidad de hacer memoria, de una
noche de Halloween cuando tenía 10 años de edad. Una
mujer pequeñita, de cabello blanco, había llegado a
la puerta que yo había timbrado. . .me ubiqué fuera
de su línea de visión y le lancé un huevo—lo escuché
romperse contra su rostro—y me apuré salvajemente horrorizado
y lleno de odio hacia mí mismo (cincuenta y tres años
más tarde todavía puedo oír ese horrible sonido;
mi piel todavía se eriza). . .nunca se me ocurrió mencionar
en su lugar una tarde en 1943, cuando lideré
grupos de bombarderos hacia un blanco alemán hoy día
olvidado y donde se reportaron muertes entre tres y
treinta mil personas. . .cuando me pare ante el viejo
charlatán, Dios, y me pese en las escalas, y se juzgue
que soy carente, y se me lance a los fuegos del infierno,
no será por esos miles de personas que maté, será por
ese maldito huevo". |
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Pero
aquello que nos mueve hacia la vergüenza no es simplemente
un reflejo mecánico de nosotros en otro sitio (otros en nosotros),
lo importante es un sentimiento imputado, el efecto imaginado
de ese reflejo en la mente del otro. Esto es evidente desde
el hecho de que la personalidad y el peso de ese otro,
en cuya mente nos vemos, modifica notablemente nuestros afectos.
Por eso el conocimiento personal de una figura puede intensificar
o devaluar marcadamente la sensación experimentada, el conocimiento
de la vida de Thomsen, o de Tello, así realza invariablemente
la calidad de nuestra experiencia de lectura puesto
que lo que imaginamos no es simplemente nuestra apariencia
en su conciencia sino el juicio que emite sobre
esa apariencia, su criterio.
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Río verde, Esmeraldas ilustración original
de Moritz Thomsen
Y sin embargo. . .
Pero no es nuestra intención aquí enaltecer a la vergüenza
puesto que, fácilmente, esta se puede poner al servicio del
Poder, o de la Norma; es más, el sentimiento de inferioridad,
o la vergüenza de lo propio, como vemos con claridad en todos
los libros de Thomsen, puede leerse sin mayores dificultades
como la interiorización de los valores sociales imperantes
bajo la modernidad. Así, el racismo, el clasismo, el machismo,
entre otros complejos afectivos, responden al acicate poderoso
de la vergüenza, definida en términos individuales, en tanto
mecanismo de disciplinamiento colectivo.
Por esto vale la pena distinguir entre vergüenza como método
de afianzamiento del tejido social y vergüenza como mecanismo
de control de la imaginación individual. Tal vez convenga
así hablar del primero de estos conceptos como una variante
léxica y más bien referirnos al pundonor, mientras que clarificamos
las ramificaciones del segundo con el término “humillación”.
Ante este estado de cosas pues, la literatura de Thomsen
sería una literatura que llama al pundonor, mientras que
denuesta y realiza la autopsia de la humillación como práctica
social generalizada. El descubrimiento de Thomsen durante
sus largos años en el Ecuador, a mi criterio, sería que el
reconocimiento social del pundonor es el engrudo que cola
las relaciones sociales. La verbalización o la materialización
de una vergüenza compartida (el rechazo de la sinvergüencería
a la vez que nuestra suscripción a un contrato social generador
de vergüenza productiva) es el itinerario de la obra de M
Thomsen, su aprendizaje de esa vergüenza, o pundonor, su
esfuerzo titánico por participar en esa conversación y por
trasladar esa experiencia hacia sus lectores.
A la vez, el encuentro devastador de Thomsen con la pobreza
y con sus secuelas presagia el anverso de lo previo: el reconocimiento
de que la fuerza que hace que las sociedades estallen es,
entre otras cosas, la vergüenza reprimida, el ocultamiento
de percepciones imposiblemente sensibles ante los matices,
la aceptación incondicional e impositiva de un mandato(ser
blanco, varón, ser exitoso económicamente), la negativa de
ver (pues no podemos dejar de hacerlo) a través de la mirada
del Otro.
Lo que hace a Thomsen un autor tan magnífico es su reconocimiento
de la naturaleza intersubjetiva de las causas de la vergüenza.
Thomsen llega al Ecuador huyendo de una sociedad que ha perdido,
en su mente, el sentido de proporción y por lo tanto, su
propia capacidad de avergonzarse, su pundonor:
No fue sino años más tarde que
comprendí la calidad amenazante de ese final de la
tarde. Tenía a su alrededor un sentido horrible de
portento y modorra que vaciaba al aire de vida y continuidad.
Era como un gigantesco tartamudeo, un horrible detenimiento
del tiempo, un hiato que prometía cambios horroríficos.
En un sentido muy real ese día de diciembre de 1941
fue el verdadero inicio del siglo XX. Ese día la depresión
se decretó oficialmente terminada, el sentido propietario
de los EEUU cambió de manos, los granjeros estadounidenses
en bancarrota, últimos símbolos de un Estados Unidos
construido sobre los principios de la democracia Jeffersoniana,
podrían ahora desertar la tierra a cambio de jornales
de cinco dólares al día en las fábricas de guerra.
. . El siete de diciembre fue el último día en que
el país representó un ideal por el cual uno podría
con dignidad, ofrecerse a pelear y morir. Diez años
después ya no valía la pena pelear por él. Veinte años
después, cuando tres millones de granjeros al año quebraban
y el Bank of America era dueño de la mayor
parte del suelo agrícola de California y no se podía
sembrar tomates sin una máquina de cosecha de $150,
000, no era ya ni siquiera un país para vivir. A menos,
claro, que a uno le gustara trabajar en una fábrica. |
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Y llega al Ecuador, en
concreto, a Río Verde, en busca, para parafrasear a Marcel
Proust, de una vergüenza perdida, y durante años la busca
en vano. Una lectura atenta de sus libros, y en particular
su experiencia en Esmeraldas revela una suspicacia profunda
hacia todo aquello que desintegre su sentido de las relaciones
apropiadas entre los seres humanos. En Río Verde, Moritz
recibe más deferencia de la que espera, lo que despierta
en él un escozor relativo en su sentido de justicia (eso
hace el pundonor, reintegra la justicia), y así nunca se
encuentra ni en la comodidad ni en la placidez inarmónica
del desvergonzado. Toda su obra intenta restituir al Otro
su legitimidad y para eso, Moritz Thomsen no cuenta con otro
instrumento que su despiadado pundonor y su carnicera sinvergüencería.
Norbert Elías escribe en 1937 que en las sociedades occidentales,
el umbral de la vergüenza ha estado reduciéndose durante
cientos de años, pero que, a la par, la capacidad de detección
de este afecto ha estado declinando. Como consecuencia, nuestra
conciencia sobre y ante la vergüenza hoy en día es tan baja
que hace falta un esfuerzo descomunal para reconocer su presencia.
Moritz Thomsen contrarrestó esta tendencia, hizo una literatura
vergonzante, vergonzosa, pundonorosa, humillante, e intentó
adicionalmente ejercer un cierto grado de modestia y de discreción
ante esas letras al abstenerse de su publicación en castellano.
Podría decirse así que quiso ahorrar a todo aquel interlocutor
ecuatoriano que hace una aparición en sus obras (y que no
es bilingüe), la profunda vergüenza que reservó para sus
lectores angloparlantes, la mirada fulminante de su vergüenza
así, lejos de reducir el umbral de la vergüenza, del pundonor,
intenta restituirlo, si posible acrecentarlo. A la vez, Thomsen
es un verdadero imán de la vergüenza, se sitúa en un entorno
preeminentemente rural, como reconociendo, junto con Elías,
que es el avance de la modernidad misma lo que logra que
la vergüenza pase desapercibida, que opere de manera latente. Este
sepultamiento, que me atrevería a decir va de mano con el
progresivo imperio de un orden nacional, es lo que atrae
y fascina a Thomsen. El ejercicio de Thomsen guarda profundas
semejanzas con la anacronía, con la utopía, el reconocimiento
de una vergüenza olvidada es una operación fuera del tiempo
de la producción, y fuera del espacio de la nación. La inserción
de Moritz Martín Thomsen Titus es una operación peligrosa:
corremos el riesgo de hacer estallar el sistema de registro
civil de la literatura ecuatoriana (donde se requiere partida
de nacimiento). Por otro lado, la no inclusión de Thomsen
en ese sistema, su marginación a causa de su lengua, o su
extranjería, no dejará de ser para quienes lo conocemos y
aspiramos verterlo al castellano, motivo de honda mortificación.
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Río verde, Esmeraldas ilustración original
de Moritz Thomsen
Ecocrítica
La literatura de Moritz Thomsen se muestra como una literatura
ferozmente localista. Asombra el apego y la sensibilidad
exquisita que extiende este escritor tan despiadado con la
naturaleza humana y tan delicado con el mundo natural. Sorprende
también en Thomsen el despliegue de una conciencia tan afinada
a la belleza del territorio que a la vez logra sortear la
mediación del nacionalismo. Parte de esta sensibilidad consiste
en una atención especial puesta sobre el mundo animal, como
dice Mary Ellen Fiewegger, una de las voces más atentas a
los descubrimientos múltiples de la obra de Thomsen, sus
descripciones de vacas, gallinas y de cerdos en particular
presentan el fulgor y la elegancia de una cotidianidad recuperada
a pulso de la efusión ruidosa de lo trascendente. Una muestra
breve, MT escribe, en su último libro sobre una puerca que
aparecía en la playa todos los días en marea alta, y que
ahí estaba, “en meditación profunda hasta los hombros en
el mar mientras las olas caían por encima de su cabeza. Algo
hondo y terrible la arriaba hacia el mar; algo hondo y terrible,
poético y despuercado la llevaba a diario a contemplar la
amplitud y el misterio del Pacífico” (De Bad News from
a Black Coast)
Aquí otra descripción de la vida pululante de la selva esmeraldeña:
Ahí estaba, la selva,
silenciosa y quieta, pero en su interior, uno se veía
inmediatamente disminuido y vuelto consciente, con
gran incomodidad, de algún terrible poder generativo.
¿Quieto? ¿Está quieto el bambú
que crece casi medio metro al día? O la piquiua,
una liana que en una sola temporada trepa por los
troncos de todos los árboles, salvo los más imponentes,
y los estrangula en una obscena fecundidad de hojas
y ramas tan fuertes como cables de acero? O
el matapalo, el asesino de árboles, una
liana que inicia tan trémula y vulnerable como el
primer beso de un amante y que termina por trepar
al árbol y absorberlo, sencillamente, creciendo alrededor
de su tronco y ahorcándolo hasta la muerte-ese primer
beso el preludio de treinta años desastrosos de matrimonio
con la mujer equivocada. Uno derriba el matapalo
sin saber qué tipo de árbol se encontrará encrustado
en su corazón.
La tierra había sido abandonada por
sólo 15 años , pero ya prácticamente había desaparecido
bajo el crecimiento violento de balsa, laurel, cedro,
ceibo, ébano, juachapali, colorado, bambú
y los árboles de frutas salvajes—naranja , limón, aguacate, caimito,
guayaba. Bajo la sombra de esta nueva capa arbórea
las plantas de banano se encontraban contrahechas y
agonizando por falta de sol, sus hojas desvanecientes
amarillentas y rasgadas por la sigatoca. Nos
erguimos bajo este cielo doble de sombra a las diez
de la mañana en un domingo, bajo la sombra fétida de
la noche.
¿Silencioso? Hacia la izquierda una
planta de banano, sus raíces debilitadas por las lluvias
o por el picudo negro—o tal vez porque su
voluntad de lucha había sido destruida, súbitamente
por una epifanía de iluminación bananera—se choca,
mojada, con el suelo en un sonido de hojas rotas y
con la sumisión absoluta de un cuerpo humano al que
se ha disparado violentamente por cien veces con balas
de rifle. El suelo tiembla. Enfrente nuestro, poco
después, el mismo sonido, el sonido de una derrota
final, nos llega desde la semioscuridad.
Comencé a imaginar esta selva silenciosa
y quieta de la manera en que se vería y sonaría si
estuviese conectada para registrar el terror de las
plantas y si fuese filmada con esas técnicas que perfeccionó
Walt Disney para mostrar la apertura, en pocos segundos,
de un capullo de rosa. Y parecía una verdadera probabilidad
que los chillidos de las plantas moribundas y los ajetreos
serpentinos de millones de lianas--todas en guerra
unas con otras mientras se estiran y rasgan hacia el
sol—sería simplemente demasiado, demasiado horripilante
como para que un hombre observe.
Sin embargo, era bello, en una forma
inhumana que reducía al hombre a una perspectiva final
de irrelevancia. Confortaba la conciencia el estar
atónito y escandalizado por el poder obsceno y desnudo
de la selva que habíamos decidido destruir. Tenía la
sensación de que cualquier asesinato ecológico que
estábamos a punto de perpetrar en el nombre del progreso
agrícola no era sino un esfuerzo infantil por dominar—una
pulga desquiciada que se arrastra por la pierna de
un elefante con el deseo de violarlo en mente. Estaba
convencido de que cinco años después de nuestra muerte
o nuestro alejamiento de este lugar, la selva nuevamente
proclamaría su dominio, curando las heridas del azadón,
cortando pequeños arroyuelos de las lluvias pesadas
de invierno a través de aquellos maizales abandonados—la
tierra desaparecería nuevamente bajo el musgo y el
helecho, bajo la saboya, la oreja de elefante,
la orquídea, la balsa, el matapalo y y los gigantes
philodendrones de más de 30 metros de largo. |
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Nuevamente nos encontramos aquí ante una
veta expresiva que recoge una larga tradición estadounidense
de contemplación creativa de nuestra naturaleza, desde
Frederic Church y Louis Mignot en el siglo XIX, dos pintores
itinerantes del Ecuador agreste y desembocando no sólo
en la frescura de las descripciones de Esmeraldas sino
en los propios bosquejos ensayados por Thomsen y publicados
en su primer libro, Living Poor.
En uno de ellos, mi predilecto, vemos a un hombre con machete
limpiando un claro en la vegetación agresiva de la selva
esmeraldeña, podemos ver en ese gesto, a la vez animado
y grotesco, una manifestación física de la obra verbal
de MT, un desbrozar contínuo y permanente del lenguaje
entumecido, una limpieza inacabable de un entorno hostil,
un baile interminable en busca de un sitio donde vivir
y hacer las paces con sus propios (y ajenos) demonios.
Exordium
Treinta y nueve años después de la publicación de Living
Poor: A Peace Corps Chronicle, existe un consenso
casi absoluto de que no existe un documento que capture
de manera más justa y adecuada, la complejidad de la experiencia
de contacto con una cultura extranjera a nivel de las bases
de una sociedad del tercer mundo. El libro ha vendido más
de cien mil copias a nivel mundial y ha convertido a Moritz
Thomsen en la voz dilecta de varias generaciones de voluntarios,
de viajeros, de lectores aventurados. Sus tres obras posteriores
han justificado la confianza, la fe, puesta en MT por parte
de un grupo de lectores fieles que expanden, en círculos
concéntricos, el interés por la obra de este singular escritor
medio-ecuatoriano. La imagen del Ecuador que existe por
lo tanto, en las mentes de miles de personas en distintos
rincones de Norteamérica y Europa es el resultado de la
obra de MT, de la pluma de MT, de la sensibilidad siempre
sorpresiva de Moritz Martin Thomsen II.
Mientras tanto, en el Ecuador, su obra pasa desapercibida,
la población permanece de espaldas ante una fuente enriquecedora
de reflexiones y perspectivas capaces de transformar o por
lo menos alterar, nuestra habitual visión del mundo, de refrescar
nuestra percepción. Ya es hora de aunar esfuerzos para producir
una versión en castellano de la obra de Moritz Thomsen, de
colaborar en la primera traducción de una obra rutilante,
esperanzadora, escalofriante, ecuatoriana.
Obras Citadas
Darwin, Charles. 1872. The Expression of Emotion in Men
and Animals. London: John Murray.
Elias, Norbert. 1978, 1982, 1983. The Civilizing Process:
V. 1-3. New York: Pantheon.
Goffman, Erving. 1959. Presentation of Self in Everyday
Life. New York: Anchor.
Lewis, Helen B. 1971. Shame and Guilt
in Neurosis.
New York: International Universities Press Tello Mercado,
Franklin. Más allá de la simple receta.
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