Las aventuras literarias de Martín Thomsen, ecuatoriano

Alvaro Alemán

Portada del tercer libro de Moritz Thomsen, The Saddest Pleasure


Quien quiera darse un baño de dolor, espiritual y moral, total y definitivo, un dolor que no se olvidará nunca en la vida; quien quiera que le duela hasta la misma ecuatorianidad, hasta sentir vergüenza de su propia condición de ser humano, que vaya a visitar el manicomio de San Lázaro, en la carrera Ambato, entre las calles Bahía y García Moreno. . . (Más allá de la simple receta. Franklin Tello Mercado, 1973)


Moritz Thomsen es una figura literaria relevante para entender la repartición mundial de reputaciones, los límites de la historia del arte contemporáneo y las dificultades de la identidad en la era de la globalización. El presente texto se propone contribuir a un gesto de divulgación y ponderación de la obra de uno de los escritores más interesantes y originales de la segunda parte del siglo XX. El presente interés sobre la obra de Thomsen coincide con una creciente conciencia planetaria sobre la importancia del medioambiente (una de las fortalezas en la literatura “ecologista” de este autor), la crisis del nacionalismo y el regreso de un discurso ético y social centrado sobre la pobreza. Moritz Thomsen llega al Ecuador en 1964 y trabaja con poblaciones que funcionan lejos del alcance del Estado, establece una bien ganada credibilidad con la población local (tanto nativa como extranjera, dentro de poco se convertirá en una de figuras míticas del Cuerpo de Paz) y pasa el resto de su vida pensando y escribiendo sobre los temas que lo apasionan: la pobreza, la diferencia cultural y racial, la identidad personal y colectiva, el arte y la naturaleza.

La obra de Thomsen (docenas de artículos de prensa, cuatro libros impresos, otro más que permanece inédito) ha tenido una poderosa influencia entre sus numerosos lectores. Thomsen fue premiado en vida con varios galardones literarios y ha recibido un reconocimiento póstumo que lo ha convertido en figura de culto. Entretanto, su vida y obra son prácticamente desconocidas en el Ecuador, salvo por un puñado de extranjeros que fueron sus seguidores, colaboradores, amigos y lectores.

En lo que sigue intentaré ofrecer algunas pistas sobre aquello que puede interesar a un público que se acerca por primera vez a esta enigmática figura: el esqueleto del itinerario de su vida,  su acercamiento a lo afro ecuatoriano , su aporte al pensamiento contemporáneo de la globalidad y de la nación, su inserción difícil al panorama de las letras del Ecuador, la especificidad de su producción literaria, la conveniencia de “naturalizar” a este autor para lograr un pensamiento más dinámico sobre la literatura, la cultura y la identidad y finalmente, la utilidad de asociar a Moritz Thomsen a la inmensamente productiva noción de la vergüenza.

La figura del extranjero

El advenimiento eléctrico del nacionalismo durante el siglo XIX reconfiguró el panorama del saber humano con una virulencia desconcertante. La reverberación de ese impacto en la visión del mundo de los incipientes sujetos occidentales escoltó la etapa formativa de los estudios literarios modernos. La literatura aparece así en la historia (como disciplina académica) firmemente de la mano de la nación. Para estudiosos como Terry Eagleton y Benedict Anderson, por ejemplo, el discurso literario cumple un papel poderoso en la consolidación y la defensa de la frágil construcción imaginaria que llamamos nación. Desde esta visión, una visión ratificada constantemente por la historia literaria como subproducto académico de esta “nacionalización del pasado”, la función prioritaria de la creación artística literaria obedece a una lógica interminable de “fundación” de la república.

Así, el criterio evaluativo fundamental para determinar el mérito de una obra se limita
1) a aprobar su contribución a las letras como resultado del cumplimiento de una agenda nacionalista y
2) a leer la obra como una suerte de “alegoría” forzosa de la nación

No debemos sorprendernos entonces a las múltiples formas de oposición, que a veces toman la forma de indiferencia, tanto de la historia como de la crítica literaria, cuando estos discursos se enfrentan con una escritura, y un pensamiento, esencialmente ajeno o distante de las metas afirmativas de un pensamiento nacional. Históricamente, estas expresiones han sido clasificadas como anomalías, excepciones o curiosidades paraliterarias, recogidas en colecciones con nombres incómodos o excepcionales como “recuentos de extranjeros” o “relatos de viajeros”. Esta producción ha permanecido, en el caso del Ecuador, como uno de los “otros” de la literatura ecuatoriana.

El caso de Moritz Martin Thomsen II (1915-1991) es ilustrativo. Thomsen viajó al Ecuador como uno de los primeros voluntarios del Cuerpo de Paz en 1964, se involucró inicialmente en la vida de una pequeña comunidad costanera en la provincia de Esmeraldas (Río Verde) y vivió el resto de su vida en el Ecuador. Publicó tres títulos durante su vida, Living Poor: A Peace Corps Chronicle (Viviendo en la pobreza: una crónica del Cuerpo de Paz) 1969, The Farm on the River of Emeralds (La finca en el río de esmeraldas) 1978 y The Saddest Pleasure: a Journey on Two Rivers (El placer más triste: un viaje por dos ríos) 1990. Un cuarto libro, My Two Wars (Mis dos guerras) apareció póstumamente en 1996 mientras que un último texto Bad News from a Black Coast (Malas noticias desde una costa negra) permanece inédito.

Con la excepción de uno de sus libros (My Two Wars, aunque inclusive en este tomo, su experiencia ecuatoriana reaparece continuamente), toda su obra está firmemente situada en el escenario físico, espiritual y cultural del Ecuador y particularmente sintonizada con el problema de la pobreza.

La obra de Thomsen ha sido ponderada por escritores tan diversos e influyentes como Wallace Stegner, Paul Theroux, Martha Gellhorn, Tom Miller y Larry McMurtry entre otros y varias opiniones se han mostrado favorables al criterio de que Thomsen es uno de los más importantes y valiosos escritores en lengua inglesa de la segunda parte del siglo XX. Su condición como figura de “culto” ha sido ratificada en los últimos años con la reedición de todos sus libros en ambos lados del atlántico, con el interés mostrado en varios frentes por llevar sus experiencias a la pantalla y por la traducción de sus obras al francés y al alemán. Thomsen, en resumen, es hoy por hoy, un escritor con una sólida reputación internacional, un literato de renombre y sin temor de equivocarme, un desconocido absoluto en el Ecuador.

En parte, este descuido responde a varios factores: el escribir en inglés, la expresión casi inexistente en nuestro medio del género híbrido en el que situó toda su obra (memoria/anecdotario/diario/historia de vida), su legendaria marginalidad e inaccesibilidad, aunque, a mi parecer el mayor obstáculo a ser considerado por nuestras letras responde finalmente, a su condición de extranjero.

Quiero decir que la extranjería de Moritz Thomsen presenta un problema irresoluble al sistema actual de las letras ecuatorianas, posiblemente al sistema literario dominante en su conjunto, y quiero establecer las bases para esa afirmación.

La extranjería, entre otras cosas, plantea siempre el problema de la identidad como el problema de la presencia del Otro, de la alteridad. La identidad como el polo opuesto de aquella figura funesta, despreciable, negativa, de la cual nos diferenciamos positivamente, halagadoramente. El otro, el extranjero, se convierte en el adversario, el enemigo, el monstruo. En el caso concreto de la identidad nacional ecuatoriana, el otro, desde el inicio, ha sido construido como el extranjero, que para consolidar nuestra forma identitaria debe ser excluido, repudiado, desnaturalizado.

Pero el Otro no necesariamente se sitúa fuera de la circunscripción territorial, también aparece en su interior, el Otro para la identidad nacional ecuatoriana, como lo han establecido ya varias formulaciones de cientistas sociales, ha sido en distintos momentos y formas de representación el indio, el negro, el pobre, el campesino, la mujer, el homosexual. En el caso de la obra de Moritz Thomsen se reúnen dos fuerzas antiterritoriales poderosas, el extranjero y el marginal. Thomsen representa así una doble presencia exógena dentro del sistema cultural ecuatoriano; en primer lugar, la irrupción de una conciencia crítica (inmensamente elocuente) que se enfrenta a las deficiencias consuetudinarias del nacionalismo criollo y su defensa irracional de prácticas discriminatorias e injustas;en segundo lugar, la visibilización de una marginalidad lacerante dentro de nuestras fronteras que se expresa en la forma de una meditación intensa sobre el fenómeno de la pobreza vivida a nivel personal. El único otro texto que puede compararse con la obra de Thomsen en el Ecuador posiblemente sea el de Leonardo Chiriboga Sucedió en la Frontera, una obra notable sobre la experiencia fronteriza de las tropas ecuatorianas comisionadas a patrullar los límites territoriales.

Esta última circunstancia (la intensidad de la experiencia vivida) separa a la obra de Thomsen de incursiones similares, operadas por escritores ecuatorianos, famosamente en la década de los treinta, en el ámbito de la representación de la marginalidad.

Decía José Carlos Mariátegui, sobre el indigenismo, comentando sus límites, en una sentencia citada innumerables veces desde su aparición, que si bien era una expresión legítima de reivindicación de los derechos del indigenado era una forma en transición hacia una literatura plenamente indígena. Esta idea, de obviar la mediación para llegar a una representación “pura” de la alteridad, de dar voz al subalterno, eventualmente desplaza hacia el futuro la realización de una literatura latinoamericana “auténtica”; por lo menos, en el caso del Ecuador, diremos, que logra doblar la mirada hacia los centros urbanos y hacia la experiencia “real” de la burguesía citadina. Este “renunciar” de la experiencia verdadera de lo rural, que domina la literatura ecuatoriana en los 60 y 70 del siglo pasado, es precisamente lo contrario de la obra de Moritz Thomsen.

 


Río verde, Esmeraldas ilustración original de Moritz Thomsen

Nación

La noción de una sociedad multicultural es evidente para MT desde el inicio de su primera estadía en el Ecuador, su percepción aguda, junto con su propia incómoda conciencia de recién llegado lo llevan a señalar que “El Ecuador, cortado y fragmentado por una doble cadena de picos andinos, fracturado por acantilados y ríos, separado pueblo a pueblo por montañas y selva, es en realidad diez mil distintos países. Cada poblado es un mundo entero, Río Verde, en su aislamiento Pacífico fue uno de esos mundos—en ningún sentido típico y en ningún sentido atípico” (Living Poor IX)

En respuesta a un cuestionario que le dirige el comité presentador del premio Paul Cowan por su libro The Saddest Pleasure, Thomsen ofrece esta extraordinaria respuesta a la pregunta de su fascinación por el Ecuador:

Aunque la pregunta me recuerda un koan Zen (si es que esa es la palabra), aquellas adivinanzas que enunciaban los maestros y que dirigían a sus aprendices. Dice así: “Tienes un ganso en una botella; ¿cómo lo sacas sin romper el vidrio?”. La respuesta es lo suficientemente bella para hacerte llorar, si es que la belleza te reduce a lágrimas: te yergues frente al maestro, aplaudes con el gesto ampuloso de un mago y dices “está adentro”. Entonces repites el aplauso mágico y dices “está afuera”.
Ayer noche, cuando empecé a escribir esta anécdota, me pareció apropiada; esta mañana, al preguntarme por qué, me veo impulsado a concluir la historia simplemente porque no se puede terminar un cuento a medio camino, inclusive cuando todos gritan, “sí, sí, ya escuchamos ese”. Creo que el objetivo era, y no bien logrado, que meter el ganso en la botella es más interesante que sacarlo; especialmente este ganso en particular que seguiría anidando en su pila de plumas viejas y otros productos desagradables aún si la botella se rompiera. Aún persiste, después de 25 años, una novedad, una bella extrañeza, en la botella ecuatoriana.

Este tratamiento al enigma de la atracción, esta enmarcación de la búsqueda de respuestas en términos cercanos a una iluminación siempre inapropiada y distante encapsula la actitud idiosincrática de Moritz Thomsen ante la realidad (del destierro, de la extratierra, de la trastierra) que le correspondía vivir.

La literatura de MT es una literatura marginal al nacionalismo, parte precisamente de un lugar distinto al habitual y confirma, paradójicamente, que el mejor patriotismo es aquel que sale de la nada, aquel que—imposible—prescinde de la nación. Tom Miller llama la atención sobre la conexión imprescindible en la obra de MT, entre su escritura y la ausencia de una postura nacional/patriótica:

Moritz Thomsen (1915-1991) fue uno de los mayores escritores expátridas estadounidenses del siglo veinte. Punto. Un viejo de buen corazón, un hombre de una integridad casi insufrible, un pésimo agricultor y un estupendo escritor, sus libros hace tiempo han sido asfixiados por la avalancha de las megaeditoriales (aunque, sorprendentemente, tres de sus libros aún están impresos). Aunque toda su obra podría considerarse memorias de viaje imbuidas con un sentido de lugar, su tercer libro, El placer más triste, encarna varios de los mejores elementos del género: dudas constantes, una naturaleza de metiche e indiferencia por el nacionalismo. . .Thomsen, que permaneció en el Ecuador después de la finalización de su contrato con el Cuerpo de Paz, prometió ser fiel a nada más que a su condición de expatriado. Y como expatriado tuvo la libertad para juzgarnos a todos, una tarea que emprendió con observaciones agudas, auto crítica y un marco referencial que se extendía desde Tchaikovsky hasta los colchones ortopédicos Sealy. (el subrayado es mío)


































Río verde, Esmeraldas ilustración original de Moritz Thomsen

Pobreza

La obra narrativa de MT tiene el innegable mérito de trizar la unidad imaginaria de lo nacional presentándonos viñetas de diversa factura que invariablemente recuperan lo regional, lo local, junto con sus texturas, mostrándonos así, tal vez sin quererlo, la cercanía claustrofóbica de lo nuestro junto con la alteridad sorprendente, la heterogeneidad imposible del conjunto. Todo aquello hecho además desde un “método” si así podemos llamarlo, empirista, que levanta inventarios a partir de evidencias y que, menos comprometido con la obra constructora, confisca a la nación, indirectamente a la literatura que la procrea, y, que, casi siempre, la encuentra en ruinas.

La figura de la ruina es particularmente adecuada para la obra narrativa de Moritz Thomsen, uno de los escritores, a mi criterio, más interesantes y significativos del Ecuador (quiero decir, que escribe el Ecuador, irrespectivo de su lugar de nacimiento).. En su escritura, parte memoria, autobiografía, reportaje, novela, crónica y ensayo, inclasificable a decir verdad, Thomsen recrea con una prosa pulida y madura, el punto de engarce y la creación de una poética interpersonal entre el mundo moderno industrializado y la periferia desolada del capitalismo. Todo su sistema examina descarnadamente el imposible pero ineludible encuentro de esa volátil mezcla de visiones. Leyendo a Thomsen se siente la traición continua y la sospecha con que ambas partes (la modernidad y la pobreza extrema) debaten internamente los límites y los alcances de este nuevo tipo de socialidad, la angustia intolerable de no poder saber al Otro de no poder resolver, sintetizar ni diluir la diferencia radical, que sin embargo, no va a abandonarnos nunca. El dilema de Thomsen, a medida que lo narra, es hoy en día un dilema planetario, ecuatoriano en todo sentido, más urgente e importante que cualquier otro, el dilema de la pobreza. En un mundo en donde, como señalan Negri y Hardt en su Imperio, el futuro histórico de las masas proletarias desapareció dejando a su retirada la denominación espesa de lo pobre, ¿cómo pensar esta categoría? ¿Cómo construir imágenes de ella? ¿Cómo encontrar su potencial sin buscar una destrucción conceptual que no atina a despejar un lugar para el Otro? Estas preguntas, que aparecen en Thomsen en forma prístina y desembozada, el producto de su elaboración tras décadas de reflexión y procesamiento, hoy resuenan con singular atractivo. Me permito traducir y citar al escritor:

Mis sentimientos sobre la vida eran agrios, cínicos, llenos de desesperanza. No creía más en la bondad esencial del ser humano o que este fuera capaz de crear un mundo decente. Lo que el hombre podía crear con exquisita eficiencia era el infierno; el hombre, con sus Hitlers, sus Stalins, sus bombas atómicas. Durante veinte años, sintiendo al principio que la pobreza era simplemente una manifestación de nuestra incapacidad de forjar un sistema económico humanitario, había intentado escribir sobre los pobres como las víctimas de la avaricia de los demás. En cierto grado, aun creo que esto es verdad, pero cada año comprendía menos y menos sobre por qué un cuarto de la gente en el mundo va a la cama con estómagos vacíos. Ahora se me ocurría que era la maldad del hombre lo que me interesaba más que su pobreza. Después de que uno vive con gente pobre por tantos años la pobreza finalmente se convierte en algo tan inútil, inescrutable, tan aburrido como tener que escuchar los alaridos, mes tras mes, de un vecino mientras muere lentamente de cáncer. La pobreza era una cosa, una condición permanente; el mal era como el chancro, el síntoma de una enfermedad social. Viviendo en las alturas de Quito donde hallaba cada vez mayor dificultad en respirar, moviéndome entre expatriados en la complaciente y cómica colonia extranjera me sentía medio muerto, como una vieja camioneta Ford con 150 mil millas puestas que traquetea por idénticas calles en una ruta boba e inútil. No sabemos cuándo vamos a morir, pero al fin del camino me parecía que divisaba una silla de ruedas, una enfermera y un frasco etiquetado Sobredosis. Regresar a la Costa abriría mi vida a la posibilidad, por lo menos, de un final inesperado. La maldad del hombre, esa maldad que me podía tocar, que podía, aunque probablemente no lo haría, ahora se había vuelto fascinante. Quería volver a donde se podía observar el mal en su estado primitivo y estar cerca de la pobreza que lo pare. La pobreza extrema que desnuda al hombre hasta de las ropas que lo cubren también lo priva de sus pretensiones sociales, sus hipocresías, sus disfraces, sus gracias. Reducido a nada más que necesidades y deseos, hambres, impotente, enfrentado a diario con la posibilidad de que no comerá o de que sus hijos se enfermen con males que no podrá sanar, siempre medio enfermo de malnutrición, parásitos intestinales o malaria crónica, debe encontrar soluciones al problema de la existencia en formas que no excluyen el robo o la violencia. Y porque con toda probabilidad ha perdido parte de su inteligencia durante esos primeros años de malnutrición infantil, sus soluciones son a veces tan puras, directas, crudas y dolorosas como el tajo de un machetazo.

Impacta al leer este trozo la intransigencia del enfrentamiento entre Thomsen y un estado de cosas llamado pobreza; la negación de una negación que no logra volverse afirmativa, al contrario, que nos arrastra hacia la constatación de una realidad que nos busca pleito. Thomsen abre así caminos, senderos para recorrer tanto la literatura de la pobreza como la pobreza de la literatura.



Río verde, Esmeraldas ilustración original de Moritz Thomsen

Afro Ecuador/vergüenza

La obra de Moritz Thomsen, si se aloja en el tejido poroso de la literatura nacional, desciende hacia el músculo de la tradición afro ecuatoriana. En esto muestra nuevamente sus credenciales para nacionales puesto que la literatura afro del Ecuador (la obra de Nelson Estupiñan Bass, de Adalberto Ortiz, de Antonio Preciado y de Argentina Chiriboga) ha sido reivindicada desde sus inicios para su integración en la tradición panafricanista y continental de la negritud. La crítica estadounidense en particular, en la que se destacan Richard Jackson y la publicación Afro Hispanic Review, ha insistido desde hace décadas en la representatividad y la importancia relativa de la producción afroecuatoriana en la literatura afro descendiente del Continente en su totalidad. Thomsen narra la experiencia concreta de la marginalidad de la costa del Pacífico en Esmeraldas, hace una literatura esmeraldeña con propiedad, sus personajes son esmeraldeños, sus escenarios son esmeraldeños, sus preocupaciones y esperanzas se asientan con firmeza en esa tierra. Thomsen es tal vez el único escritor en el Ecuador que, sin ser esmeraldeño,  ha tratado el problema racial y la otredad del negro ecuatoriano desde la literatura, lo hace con la misma insistencia, rigor y dureza con los que aborda todo proyecto narrativo que emprende.

La literatura esmeraldeña refuerza este desfase sentido entre teoría y práctica, la teoría de una nación incluyente, la realidad de prácticas culturales afincadas en la exclusión. Un ejemplo en este sentido, que posiblemente Moritz Thomsen no conoció en vida, consiste en la brillante publicación de las memorias de Franklin Tello Mercado, médico, esmeraldeño, ministro de Bienestar Social y de Salud en distintas administraciones y propietario de uno de los libros más interesantes y peculiares de la literatura ecuatoriana: Más allá de la simple receta (1980). Al igual que MT, Tello es un prosador inspirado, al igual que Thomsen, hace literatura de su vida y de la vida de otros. La coincidencia mayor entre estos autores, a mi criterio, tiene que ver con la manera en que conjuran su ira y decepción ante las inequidades e injusticias que presencian y contra las que batallan y la manera en que convierten estos materiales en combustible para la vergüenza de la nación.

En el tramo que se transcribe a continuación, Moritz Thomsen ha sido testigo de un arrollamiento, uno de los trabajadores de su finca ha sido atropellado:

“Malditos sambos”, dijo Ramón lleno de furia, como si se hubiera contagiado de mi rabia, reaccionaba de forma idéntica a mi. “Víctor, perdóname, pero eso fue una imbecilidad, ese hermano tuyo se suicidó”

“Hijo de puta”, dijo Víctor por décima ocasión, moviendo la cabeza como si hubiese sido golpeado.

“El verdadero hijo de puta es ese hijo de puta que lo mató y se escapó”, dije. “Jesús, Ramón, como odio tu país, como odio tu país”

“Sí” dijo Ramón con sarcasmo, “todo es diferente en tu país no? Ahí la gente no huye, no?” Ahora escúchame muy bien porque te lo voy a repetir. Si alguna vez tienes la mala suerte de atropellar y matar a alguien espero que tengas el sentido común de huir y esconderte como hizo ese hombre”

“Así no sea mi culpa?”

“No hay tal cosa en el Ecuador” dijo Ramón, “Cuando alguien muere siempre es la culpa de alguien. Alguien tiene que pagar. Sobre todo si creen que tienes dinero”.

“Don Ramón, ayúdeme” dijo Víctor. “Haga que nos paguen a nosotros y no a los rurales”

“No te preocupes” dijo Ramón, “Yo te ayudo, estoy cansado de ver cuerpos negros en el carretero y sangre negra en el pasto. Es un insulto a mi raza”

“Qué cuesta un ecuatoriano muerto estos días?” Pregunté con sarcasmo.

“Unos quince mil sucres, me imagino”, dijo Ramón.

“No fue eso lo que pagó tu amigo El Chino? Aunque creo que los negros cuestan la mitad de eso, y uno bien bruto como Segundo, uno bien negro como Segundo, pues, quién sabe? Tal vez los bien negros no cuestan nada de nada”

“Pidamos nueve mil sucres”, dijo Víctor, “Con nueve mil sucres puedo comprarme una tiendita en Esmeraldas y hasta abastecerla”. Nueve mil sucres para entonces eran unos trescientos sesenta dólares (La finca en el río de esmeraldas 276-277)


En ambos casos, pese a todas las diferencias que se pueden constatar, es la mediación esmeraldeña, de una conciencia esmeraldeña, la que desemboca en el sentido de solidaridad con las víctimas, de sufrimiento por su condición de prisioneros y de vergüenza personal/colectiva por su complicidad al ser testigo de estas escenas censuradas de la historia. La nación se perfuma del color verbal de la vergüenza.

La importancia de la vergüenza para la literatura se relaciona con la asociación histórica entre lo nacional y el orgullo. Todo el esfuerzo constructivo de la nación, toda su recompensa espiritual, anida en la generación de orgullo. La vergüenza representa su anverso: no un sentido de pertenencia, de adecuación y reconocimiento al coincidir con la imagen socialmente aceptada de lo apropiado y ajustado a una situación determinada; sino la sensación de ruptura, de alienación, de estigma, que acompaña a una conducta censurable e inadecuada.  La literatura de Thomsen es así una literatura que llama a la vergüenza, que acude a la vergüenza en búsqueda de legitimidad. ¿Qué es ser ecuatoriano entonces, en el texto de Thomsen, que existe fuera del circuito del orgullo sino una persona que no se detiene ante un atropellamiento?

Uno de los resultados de este enfrentamiento con la realidad consiste en una nueva capacidad de ver el mundo: vernos negativamente, en la mirada del Otro. Sorpresivamente, fue Charles Darwin, que visitó territorio ecuatoriano en el siglo XIX, quien formuló esta valiosa interpretación en su  libro La expresión de las emociones en  el hombre y los animales (The Expression of Emotion in Men and Animals 1872). Darwin señala que la vergüenza emerge al vernos reflejados negativamente en la perspectiva del Otro. Y la vergüenza es una emoción preeminentemente social, posiblemente la emoción maestra de nuestra civilización. Helen Lewis, por ejemplo, sostiene que los seres humanos somos sociales por herencia biológica, e implica que la vergüenza es un instinto que tiene la función de indicar amenazas al tejido social. De la misma manera en que la emoción instintiva del miedo señala peligro, la vergüenza marca un peligro potencial para la supervivencia, un peligro al lazo social primordial.

La obra de Moritz Thomsen vincula vergüenza y arte literario de una manera extraordinaria. Puesto que la literatura ( o más propiamente, la literaturiedad, como la nombraron los formalistas rusos, la especificidad lingüística de la expresión literaria, su existencia fuera de una institución) consiste en un tratamiento del lenguaje que enfatiza su naturaleza formal y convencional, en un recuento que llama la atención sobre su propia artificialidad, para así lograr que el lector vea el mundo de una manera distinta; podemos señalar que la vergüenza ejerce una operación similar: identifica una amenaza al cuerpo social y nos alerta acerca de nuestra participación en esa herida, el resultado es una mirada sobre el mundo que lo configura como un lugar diferente a aquel del que partimos en un inicio. La vergüenza nos devuelve a una comunidad de la que nos hemos desmarcado, y el camino de regreso es el Otro; más concretamente: su mirada.

La vergüenza es así, o puede serlo, vergüenza de la des-vergüenza , o en otros términos, mortificación, sentida en carne propia, debido a nuestro abandono de la socialidad y de sus  obligaciones. La obra de Thomsen, como la de Tello, nos recuerda que, al igual que observamos una existencia “autónoma” en esta tierra, también vivimos en las mentes de los demás. Una de las fortalezas del género en el que escriben estos dos autores tiene que ver con el poder de sus respectivas personalidades y con nuestra capacidad de utilizar sus conciencias como filtro. Posiblemente esto sea lo que tantos comentaristas tienen en mente cuando se refieren a la obra de Thomsen y la califican como “honesta”; no su relativa sinceridad o candidez, sino más bien el grado mediante el cual la calidad de su escritura nos permite atravesar su conciencia, para contemplarnos descarnadamente a través de su mirada, sentir vergüenza, para regresar a instalarnos nuevamente, ya sin pretextos ni ilusiones, en nuestras propias circunstancias.

De hecho la obra de Thomsen está plagada de vergüenzas, propias y ajenas, imaginadas y lejanas, sobretodo, si seguimos a Goffman, podemos entender el extraordinario grado de sensibilidad  que generamos, en cada circunstancia social en la que estamos expuestos, relativo al asunto de la deferencia que esperamos o dejamos de recibir. No importa que tan trivial sean estos temas, cada ser humano es sensitivo en extremo al grado de reconocimiento que recibe. Lo que hace Thomsen en su literatura es asumir de antemano la condición de culpable y añade a la precariedad de su posición al generar precisamente aquellas maniobras defensivas he debería emplear si realmente fuera culpable. De esta manera Thomsen hace posible para nosotros que nos convirtamos, fugazmente, en la peor persona que podamos imaginar los demás imaginando que somos. Un ejemplo en el que Thomsen cuenta “lo peor que ha hecho”:

"Debía confesar primero y podía decir, sin necesidad de hacer memoria, de una noche de Halloween cuando tenía 10 años de edad. Una mujer pequeñita, de cabello blanco, había llegado a la puerta que yo había timbrado. . .me ubiqué fuera de su línea de visión y le lancé un huevo—lo escuché romperse contra su rostro—y me apuré salvajemente horrorizado y lleno de odio hacia mí mismo (cincuenta y tres años más tarde todavía puedo  oír ese horrible sonido; mi piel todavía se eriza). . .nunca se me ocurrió mencionar en su lugar  una tarde en 1943, cuando lideré grupos de bombarderos hacia un blanco alemán hoy día olvidado y donde se reportaron muertes entre tres y treinta mil personas. . .cuando me pare ante el viejo charlatán, Dios, y me pese en las escalas, y se juzgue que soy carente, y se me lance a los fuegos del infierno, no será por esos miles de personas que maté, será por ese maldito huevo".

Pero aquello que nos mueve hacia la vergüenza no es simplemente un reflejo mecánico de nosotros en otro sitio (otros en nosotros), lo importante es un sentimiento imputado, el efecto imaginado de ese reflejo en la mente del otro. Esto es evidente desde el hecho de que la personalidad y el peso de ese otro, en cuya mente nos vemos, modifica notablemente nuestros afectos. Por eso el conocimiento personal de una figura puede intensificar o devaluar marcadamente la sensación experimentada, el conocimiento de la vida de Thomsen, o de Tello, así realza invariablemente la calidad de nuestra experiencia de lectura  puesto que lo que imaginamos no es simplemente nuestra apariencia en su conciencia sino el juicio que emite sobre esa apariencia, su criterio.



Río verde, Esmeraldas ilustración original de Moritz Thomsen

Y sin embargo. . .

 

Pero no es nuestra intención aquí enaltecer a la vergüenza puesto que, fácilmente, esta se puede poner al servicio del Poder, o de la Norma; es más, el sentimiento de inferioridad, o la vergüenza de lo propio, como vemos con claridad en todos los libros de Thomsen, puede leerse sin mayores dificultades como la interiorización de los valores sociales imperantes bajo la modernidad. Así, el racismo, el clasismo, el machismo, entre otros complejos afectivos, responden al acicate poderoso de la vergüenza, definida en términos individuales, en tanto mecanismo de disciplinamiento colectivo.

Por esto vale la pena distinguir entre vergüenza como método de afianzamiento del tejido social y vergüenza como mecanismo de control de la imaginación individual. Tal vez convenga así hablar del primero de estos conceptos como una variante léxica y más bien referirnos al pundonor, mientras que clarificamos las ramificaciones del segundo con el término “humillación”.

Ante este estado de cosas pues, la literatura de Thomsen sería una literatura que llama al pundonor, mientras que denuesta y realiza la autopsia de la humillación como práctica social generalizada. El descubrimiento de Thomsen durante sus largos años en el Ecuador, a mi criterio, sería que el reconocimiento social del pundonor es el engrudo que cola las relaciones sociales. La verbalización o la materialización de una vergüenza compartida (el rechazo de la sinvergüencería a la vez que nuestra suscripción a un contrato social generador de vergüenza productiva) es el itinerario de la obra de M Thomsen, su aprendizaje de esa vergüenza, o pundonor, su esfuerzo titánico por participar en esa conversación y por trasladar esa experiencia hacia sus lectores.

A la vez, el encuentro devastador de Thomsen con la pobreza y con sus secuelas presagia el anverso de lo previo: el reconocimiento de que la fuerza que hace que las sociedades estallen es, entre otras cosas, la vergüenza reprimida, el ocultamiento de  percepciones imposiblemente sensibles ante los matices, la aceptación incondicional e impositiva de un mandato(ser blanco, varón, ser exitoso económicamente), la negativa de ver (pues no podemos dejar de hacerlo) a través de la mirada del Otro.

Lo que hace a Thomsen un autor tan magnífico es su reconocimiento de la naturaleza intersubjetiva de las causas de la vergüenza. Thomsen llega al Ecuador huyendo de una sociedad que ha perdido, en su mente, el sentido de proporción y por lo tanto, su propia capacidad de avergonzarse, su pundonor:

No fue sino años más tarde que comprendí la calidad amenazante de ese final de la tarde. Tenía a su alrededor un sentido horrible de portento y modorra que vaciaba al aire de vida y continuidad. Era como un gigantesco tartamudeo, un horrible detenimiento del tiempo, un hiato que prometía cambios horroríficos. En un sentido muy real ese día de diciembre de 1941 fue el verdadero inicio del siglo XX. Ese día la depresión se decretó oficialmente terminada, el sentido propietario de los EEUU cambió de manos, los granjeros estadounidenses en bancarrota, últimos símbolos de un Estados Unidos construido sobre los principios de la democracia Jeffersoniana, podrían ahora desertar la tierra a cambio de jornales de cinco dólares al día en las fábricas de guerra. . . El siete de diciembre fue el último día en que el país representó un ideal por el cual uno podría con dignidad, ofrecerse a pelear y morir. Diez años después ya no valía la pena pelear por él. Veinte años después, cuando tres millones de granjeros al año quebraban y el Bank of America era dueño de la mayor parte del suelo agrícola de California y no se podía sembrar tomates sin una máquina de cosecha de $150, 000, no era ya ni siquiera un país para vivir. A menos, claro, que a uno le gustara trabajar en una fábrica.

Y llega al Ecuador, en concreto, a Río Verde, en busca, para parafrasear a Marcel Proust, de una vergüenza perdida, y durante años la busca en vano. Una lectura atenta de sus libros, y en particular su experiencia en Esmeraldas revela una suspicacia profunda hacia todo aquello que desintegre su sentido de las relaciones apropiadas entre los seres humanos. En Río Verde, Moritz recibe más deferencia de la que espera, lo que despierta en él un escozor relativo en su sentido de justicia (eso hace el pundonor, reintegra la justicia), y así nunca se encuentra ni en la comodidad ni en la placidez inarmónica del desvergonzado. Toda su obra intenta restituir al Otro su legitimidad y para eso, Moritz Thomsen no cuenta con otro instrumento que su despiadado pundonor y su carnicera sinvergüencería.

Norbert Elías escribe en 1937 que en las sociedades occidentales, el umbral de la vergüenza ha estado reduciéndose durante cientos de años, pero que, a la par, la capacidad de detección de este afecto ha estado declinando. Como consecuencia, nuestra conciencia sobre y ante la vergüenza hoy en día es tan baja que hace falta un esfuerzo descomunal para reconocer su presencia. Moritz Thomsen contrarrestó esta tendencia, hizo una literatura vergonzante, vergonzosa, pundonorosa, humillante, e intentó adicionalmente ejercer un cierto grado de modestia y de discreción ante esas letras al abstenerse de su publicación en castellano. Podría decirse así que quiso ahorrar a todo aquel interlocutor ecuatoriano que hace una aparición en sus obras (y que no es bilingüe), la profunda vergüenza que reservó para sus lectores angloparlantes, la mirada fulminante de su vergüenza así, lejos de reducir el umbral de la vergüenza, del pundonor, intenta restituirlo, si posible acrecentarlo. A la vez, Thomsen es un verdadero imán de la vergüenza, se sitúa en un entorno preeminentemente rural, como reconociendo, junto con Elías, que es el avance de la modernidad misma lo que logra que la vergüenza pase desapercibida, que opere de manera latente.  Este sepultamiento, que me atrevería a decir va de mano con el progresivo imperio de un orden nacional, es lo que atrae y fascina a Thomsen. El ejercicio de Thomsen guarda profundas semejanzas con la anacronía, con la utopía, el reconocimiento de una vergüenza olvidada es una operación fuera del tiempo de la producción, y fuera del espacio de la nación. La inserción de Moritz Martín Thomsen Titus es una operación peligrosa: corremos el riesgo de hacer estallar el sistema de registro civil de la literatura ecuatoriana (donde se requiere partida de nacimiento). Por otro lado, la no inclusión de Thomsen en ese sistema, su marginación a causa de su lengua, o su extranjería, no dejará de ser para quienes lo conocemos y aspiramos verterlo al castellano, motivo de honda mortificación.



Río verde, Esmeraldas ilustración original de Moritz Thomsen

Ecocrítica

La literatura de Moritz Thomsen se muestra como una literatura ferozmente localista. Asombra el apego y la sensibilidad exquisita que extiende este escritor tan despiadado con la naturaleza humana y tan delicado con el mundo natural. Sorprende también en Thomsen el despliegue de una conciencia tan afinada a la belleza del territorio que a la vez logra sortear la mediación del nacionalismo. Parte de esta sensibilidad consiste en una atención especial puesta sobre el mundo animal, como dice Mary Ellen Fiewegger, una de las voces más atentas a los descubrimientos múltiples de la obra de Thomsen, sus descripciones de vacas, gallinas y de cerdos en particular presentan el fulgor y la elegancia de una cotidianidad recuperada a pulso de la efusión ruidosa de lo trascendente. Una muestra breve, MT escribe, en su último libro sobre una puerca que aparecía en la playa todos los días en marea alta, y que ahí estaba, “en meditación profunda hasta los hombros en el mar mientras las olas caían por encima de su cabeza. Algo hondo y terrible la arriaba hacia el mar; algo hondo y terrible, poético y despuercado la llevaba a diario a contemplar la amplitud y el misterio del Pacífico” (De Bad News from a Black Coast)

Aquí otra descripción de la vida pululante de la selva esmeraldeña:

Ahí estaba, la selva, silenciosa y quieta, pero en su interior, uno se veía inmediatamente disminuido y vuelto consciente, con gran incomodidad, de algún terrible poder generativo.

¿Quieto?  ¿Está quieto el bambú que crece casi medio metro al día? O la piquiua, una liana que en una sola temporada trepa por los troncos de todos los árboles, salvo los más imponentes, y los estrangula en una obscena fecundidad de hojas y ramas tan fuertes como cables de acero?  O el matapalo, el asesino de árboles, una liana que inicia tan trémula y vulnerable como el primer beso de un amante y que termina por trepar al árbol y absorberlo, sencillamente, creciendo alrededor de su tronco y ahorcándolo hasta la muerte-ese primer beso el preludio de treinta años desastrosos de matrimonio con la mujer equivocada. Uno derriba el matapalo sin saber qué tipo de árbol se encontrará encrustado en su corazón.

La tierra había sido abandonada por sólo 15 años , pero ya prácticamente había desaparecido bajo el crecimiento violento de balsa, laurel, cedro, ceibo, ébano, juachapali, colorado, bambú y los árboles de frutas salvajes—naranja , limón, aguacate, caimito, guayaba. Bajo la sombra de esta nueva capa arbórea las plantas de banano se encontraban contrahechas y agonizando por falta de sol, sus hojas desvanecientes amarillentas y rasgadas por la sigatoca. Nos erguimos bajo este cielo doble de sombra a las diez de la mañana en un domingo, bajo la sombra fétida de la noche.

¿Silencioso? Hacia la izquierda una planta de banano, sus raíces debilitadas por las lluvias o por el picudo negro—o tal vez porque su voluntad de lucha había sido destruida, súbitamente por una epifanía de iluminación bananera—se choca, mojada, con el suelo en un sonido de hojas rotas y con la sumisión absoluta de un cuerpo humano al que se ha disparado violentamente por cien veces con balas de rifle. El suelo tiembla. Enfrente nuestro, poco después, el mismo sonido, el sonido de una derrota final, nos llega desde la semioscuridad.

Comencé a imaginar esta selva silenciosa y quieta de la manera en que se vería y sonaría si estuviese conectada para registrar el terror de las plantas y si fuese filmada con esas técnicas que perfeccionó Walt Disney para mostrar la apertura, en pocos segundos, de un capullo de rosa. Y parecía una verdadera probabilidad que los chillidos de las plantas moribundas y los ajetreos serpentinos de millones de lianas--todas en guerra unas con otras mientras se estiran y rasgan hacia el sol—sería simplemente demasiado, demasiado horripilante como para que un hombre observe.

Sin embargo, era bello, en una forma inhumana que reducía al hombre a una perspectiva final de irrelevancia. Confortaba la conciencia el estar atónito y escandalizado por el poder obsceno y desnudo de la selva que habíamos decidido destruir. Tenía la sensación de que cualquier asesinato ecológico que estábamos a punto de perpetrar en el nombre del progreso agrícola no era sino un esfuerzo infantil por dominar—una pulga desquiciada que se arrastra por la pierna de un elefante con el deseo de violarlo en mente. Estaba convencido de que cinco años después de nuestra muerte o nuestro alejamiento de este lugar, la selva nuevamente proclamaría su dominio, curando las heridas del azadón, cortando pequeños arroyuelos de las lluvias pesadas de invierno a través de aquellos maizales abandonados—la tierra desaparecería nuevamente bajo el musgo y el helecho, bajo la saboya, la oreja de elefante, la orquídea, la balsa, el matapalo y y los gigantes philodendrones de más de 30 metros de largo.


Nuevamente nos encontramos aquí ante una veta expresiva que recoge una larga tradición estadounidense de contemplación creativa de nuestra naturaleza, desde Frederic Church y Louis Mignot en el siglo XIX, dos pintores itinerantes del Ecuador agreste y desembocando no sólo en la frescura de las descripciones de Esmeraldas sino en los propios bosquejos ensayados por Thomsen y publicados en su primer libro, Living Poor. En uno de ellos, mi predilecto, vemos a un hombre con machete limpiando un claro en la vegetación agresiva de la selva esmeraldeña, podemos ver en ese gesto, a la vez animado y grotesco, una manifestación física de la obra verbal de MT, un desbrozar contínuo y permanente del lenguaje entumecido, una limpieza inacabable de un entorno hostil, un baile interminable en busca de un sitio donde vivir y hacer las paces con sus propios (y ajenos) demonios.

Exordium

Treinta y nueve años después de la publicación de Living Poor: A Peace Corps Chronicle, existe un consenso casi absoluto de que no existe un documento que capture de manera más justa y adecuada, la complejidad de la experiencia de contacto con una cultura extranjera a nivel de las bases de una sociedad del tercer mundo. El libro ha vendido más de cien mil copias a nivel mundial y ha convertido a Moritz Thomsen en la voz dilecta de varias generaciones de voluntarios, de viajeros, de lectores aventurados. Sus tres obras posteriores han justificado la confianza, la fe, puesta en MT por parte de un grupo de lectores fieles que expanden, en círculos concéntricos, el interés por la obra de este singular escritor medio-ecuatoriano. La imagen del Ecuador que existe por lo tanto, en las mentes de miles de personas en distintos rincones de Norteamérica y Europa es el resultado de la obra de MT, de la pluma de MT, de la sensibilidad siempre sorpresiva de Moritz Martin Thomsen II.

Mientras tanto, en el Ecuador, su obra pasa desapercibida, la población permanece de espaldas ante una fuente enriquecedora de reflexiones y perspectivas capaces de transformar o por lo menos alterar, nuestra habitual visión del mundo, de refrescar nuestra percepción. Ya es hora de aunar esfuerzos para producir una versión en castellano de la obra de Moritz Thomsen, de colaborar en la primera traducción de una obra rutilante, esperanzadora, escalofriante, ecuatoriana.

Obras Citadas

Darwin, Charles. 1872. The Expression of Emotion in Men and Animals. London: John Murray.
Elias, Norbert. 1978, 1982, 1983. The Civilizing Process: V. 1-3. New York: Pantheon.
Goffman, Erving. 1959. Presentation of Self in Everyday Life. New York: Anchor.

Lewis, Helen B. 1971. Shame and Guilt in Neurosis. New York: International Universities Press Tello Mercado, Franklin. Más allá de la simple receta.



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