¿Barroco Latinoamericano?
Jorge Luis Gómez R.
Diego Falconí
Bolivar Echeverría nos ofrece en
su obra “LA MODERNIDAD DE LO BARROCO” (Ediciones
Era, 1998 ) una muestra más de ese fuerte desencanto
al que nos tiene ya acostumbrados el posmodernismo como
los análisis sobre Latinoamérica que aún
hoy nos entrega en el Ecuador un ex –presidente de
la República, Osvaldo Hurtado, con su texto “LAS
COSTUMBRES DE LOS ECUATORIANOS” ( Ed. Planeta del Ecuador.
2007).Lo sorprendente en ambos textos es esa magistral renuncia
al presente y a lo más vivo y creativo de él,
en virtud de un anquilosamiento en el pasado con un fuerte
contenido de desilusión y agotamiento teórico.
Bolívar Echeverría piensa lo barroco “como totalización
cultural específicamente moderna” ( pag.11) y cree que la comprensión
de lo barroco es capital para elaborar una crítica a la modernidad, pues
para el autor, el tema de lo barroco representa una reflexión sobre “ la
actualidad del mismo”.
En cierta medida, el barroco representa para Echeverría las ambigüedades
y la descomposición del ethos capitalista y sus aporías, un interregno
improductivo entre lo clásico y lo moderno, una conciencia infeliz e insatisfecha,
como lo afirma Hegel, un momento necesario pero obnubilador de la creatividad
que se necesita para dar el salto a una modernidad plena y satisfecha de sí misma.
El barroco no representa a ninguna de las formas en antagonismo, pues figura
entre ellas como un momento vacío de contenido y de intenciones. No siendo
ni síntesis del antagonismo, ni una manifestación de él,
el barroco se prolonga en el tiempo y se vuelve modernidad, en la medida en que
representa una conciencia insatisfecha que no logra por sí mismo alcanzar
el espíritu de su propia capacidad transformadora, ni menos llega a ser
conciente de su total vacuidad.
A pesar de que la filosofía desde Hegel a Foucault ha puesto al barroco
en el lugar que le corresponde en los inicios de la modernidad, al parecer,
la visión peyorativa del barroco no lo toma Echeverría de la filosofía,
pues en cierta medida sacar al barroco de ella como modelo de permanencia y no
de transición es imposible, sino de la Historia del arte y de la literatura.
Bien pudiéramos decir que el sentido peyorativo del barroco en el arte
y la literatura, se manifiesta a partir de una mala conciencia y culpa que sienten
los especialistas de estos horizontes, no tanto por ver en él un espejo
de sí mismos, sino al enfrentarse a un período que no es ni clásico
ni moderno, ni verdaderamente expresa una síntesis entre ambos. El motivo
de lo negativo e inútil del barroco en la historia del arte es su ampulosidad
y abolengo. Algo así como que tiene o pretende tener más de lo
que se merece. Pero lo interesante aquí es la cuestión que en
nuestro texto se quiere a toda costa hacer salir de la historia del arte al tema
de lo barroco, para depositarlo nada menos que como paradigma cultural de la
modernidad!
Lo que cabría preguntarse aquí es si es lícito semejante
planteamiento, es decir, si bien puede ser lo barroco lo esencial de la modernidad,
por qué no puede lo romántico tener el mismo rango? La única
manera de responder a estas cuestiones es que el autor en cuestión toma
algo común a otros investigadores de lo barroco, una suerte de epidemia
de lo barroco en la primera y segunda mitad del siglo XX, quienes explotan el
período solo como parte de la historia del arte y la literatura, manifestando
con ello una falta de sentido histórico y dialéctico del proceso
cultural de la modernidad.
Pero lo singular de la propuesta de Echeverría es que éste intenta
sacar al tema de lo barroco de las alforjas de la historia del arte y la literatura,
para lanzarlo, sin más, como paradigma conceptual de la modernidad!!.
La pretendida coherencia entre el análisis de lo barroco y la actualidad,
parece ser, la idea central que guía a la investigación y es allí donde
encontraremos lo más débil del texto. Lo importante en este caso
es señalar que la supuesta “coherencia” entre lo barroco y
la actualidad no solo merece muchas dudas, sino una serie de cuestionamientos
que habría que señalar.
Como extrañamiento y alienación de sí misma, el barroco
es para Hegel en la “Fenomenología del Espíritu” el
largo y escabroso período cultural de la época moderna que prepara
la Revolución Francesa. Como momento del extrañamiento de sí,
la conciencia moderna debe necesariamente desilusionarse de sí misma como “miseria
del mundo” para buscar con la fe un más allá, pues el hombre
debe huir del mundo presente para encontrar algo absoluto fuera de él.
A pesar que fe y cultura, piensa Hegel, se oponen, ambos momentos son en el
barroco formas de alienación de la conciencia moderna. La propia vida
en la alienación de sí, lleva al hombre barroco a vivir obligado
en un mundo presente, pero al mismo tiempo, a pensar constantemente en otro
mundo.
En “Las palabras y las cosas” , Michel Foucault piensa lo barroco
como el umbral en el que se detiene lo mágico y las semejanzas del Renacimiento,
para comenzar lentamente a ser reducido a signo y a lenguaje, idea o estructura
técnica del lenguaje que llevará, tarde o temprano, al amanecer
y al ocaso del hombre moderno. Al cesar de confiar en las semejanzas y analogías
del mundo mágico, el barroco no solo es una puerta que se cierra al pasado
sino, el umbral de la época clásica que desencadena el nacimiento
de las ciencias humanas, en su espíritu altamente técnico y capitalista.
Como vemos, tanto en Hegel como en Foucault, el periodo barroco de la modernidad
es visto o bien como un inicio, o bien como una transición llena de penurias
y alienaciones que es vista como algo que impulsa o conlleva una realidad que
se espera en el futuro de la modernidad. En cierta medida, la visión que
la filosofía tiene del período en cuestión no es únicamente
peyorativa como contenido cultural y como fe, sino también representa
el umbral de toda una serie de transformaciones científicas y sociales
de enorme importancia para la modernidad. A pesar del contenido de alineación
y extrañamiento del momento barroco, su presencia en los inicios de la
edad moderna representa la antesala de toda transformación, tanto como
la maduración de una crisis. En pocas palabras, para la filosofía,
el período barroco es precisamente un momento del proceso que inicia la
edad moderna, momento que en sí mismo solo puede concebirse mediante
los resultados que se infieren de él más tarde, momento que solo
tiene significación para una síntesis posterior, pero que en sí mismo
no lo tiene.
Si bien la modernidad desde el punto de vista europeo, con Hegel y Foucault,
considera al barroco precisamente como fenómeno transicional, proceso
que con la Revolución Francesa alcanza su propia madurez y superación,
por el contrario, la modernidad latinoamericana parece excluir de su propio barroco,
tanto la revolución liberal de finales del siglo XIX. como la revolución
cubana en la segunda mitad del siglo XX.
El error de Echeverría, en cierta medida, reside en entresacar un momento
del proceso general de la edad moderna, lo que Foucault llama el umbral de la época
clásica, para declararlo, sin más, el paradigma de la modernidad
latinoamericana. Sin embargo, el autor de “La modernidad de lo barroco” es
conciente de la suspensión que él mismo propone del momento en
cuestión , refugiándose , como ya dijimos, en las ideas de la historia
del arte. Según nuestro autor, la modernidad no llega a la madurez, sino
permanece “encerrado en un círculo del que no encuentra la manera
de salir” ( pág.126 ), debido a que el siglo XVII latinoamericano
es el siglo “ de la transición suspendida” (174).
Esta suerte de modelo de permanencia que no es capaz de resolución ( ni
revolución ) ninguna de sí mismo, resulta para Echeverría
como una imagen ejemplar del comportamiento barroco en cuanto el “proceso
de mestizaje civilizatorio que cumple la sociedad americana del siglo XVII “ (
179) y declara, a renglón seguido, que es este estigma de lo barroco el
seno mismo de toda la ambivalencia de lo hispanoamericano, el más allá del
sometimiento y la rebelión, de su cinismo como de su informalidad. Al
rebasar la antinomia entre sometimiento y rebelión, la mentalidad latinoamericana
del siglo XVII ingresa en una “ legalidad sustitutiva y una institucionalidad
paralela” como en una “economía informal” (182).
Esta verdadera producción híbrida de lo latinoamericano en el siglo
XVII, que disfraza o disimula la rebelión frente al poder imperante, la
vis inertiae del criollo y de todo criollismo: el “se obedece pero no se
cumple” ( ibid, 183 ), constituye, a mi modo de ver, una de las ideas más
fructíferas del texto a pesar que el investigador la consigue mediante
la estrategia de transformar la época barroca en una transición
sin transición o en una transición en suspenso. Craso error!!!
Pero muy a pesar de este verdadero desencuentro conceptual e histórico,
lo que bien merece todas nuestras dudas, lo cierto es que la riqueza del extrañamiento
de sí del ser latinoamericano o la enajenación de la cultura barroca
a la que se refiere Hegel en la Fenomenología del Espíritu ( como
el “espíritu extrañado de sí o la cultura” )
se manifiesta en el texto de Echeverría no como lo propio de la cultura
política barroca, ni del siglo XVII latinoamericano, sino como la forma
cínica de la política latinoamericana contemporánea!!!!
A pesar de que el autor centra sus argumentos en lo que llama relaciones entre
el espíritu barroco y la actualidad y pone estas relaciones como pruebas
argumentales de esta relación, lo cierto es que en el texto aparecen como
coincidencias interesantes, a lo sumo, pero no como argumentos o pruebas argumentales
como quiere a toda costa él mismo.
Al eliminar el aspecto transicional de lo barroco, Echeverría pretende
en su visión de la modernidad latinoamericana, actualizarlo mediante la
reflexión sobre un siglo XVII latinoamericano que hay que cargar como
estigma. Latinoamérica no trasciende, parece querer decir el autor, pues
se quedó estancada en el siglo XVII. Esta idea que alguna vez
fue parte del ideario liberal positivista , representa para Echeverría
el fundamento en el que quiere asentar sus reflexiones sobre la modernidad de
lo barroco. Nada más viejo en Latinoamérica que esta idea de
un colonialismo ( que ahora se llama barroco ¡!) sin transición,
de una hibridación constante, como quiere García Canclini. de la
inconsecuencia y la enajenación.
En este punto, el texto de Echeverría repite lamentablemente la pobre
fenomenología del mestizaje latinoamericano, que viene siendo un lugar
común en la inteligencia latinoamericana desde la segunda mitad del siglo
XX y aún hoy sigue siendo una actualidad verdaderamente “barroca”.
Pero más allá de esta falta de creatividad conceptual y reflexiva,
pues en la medida que un análisis de la modernidad latinoamericana nos
entrega la cruda imagen del desgarramiento y la enajenación de hace 300
años, y nos invita, al mismo tiempo, a saborearla sin compasión
como lo más actual de la actualidad, lo cierto es que en ella también
podemos observar, aunque resulte extraño a primera vista, una suerte de
ecuación personal en el análisis, un pensamiento de género
con el que se suelen identificar los intelectuales latinoamericanos y en especial,
los marxistas y postmarxistas.
No obstante, no solo el postmarxismo contiene este marcado aire de pesimismo
y desilusión con respecto al tema de lo latinoamericano y de lo nacional
en general, sino también hoy en día la cantaleta de la pretendida
permanencia en el pasado de Latinoamérica, hace parte, al menos en el
Ecuador, también de la derecha y centroderecha.
Esta larga serie de expresiones de la desilusión y el desencanto ( esta
suerte de “Fenomenología de la desilusión” como dice
el título de un libro del frankfurtiano Peter Fuhrt ) bien pudiera ser
la obra de un arte mayestático y sublime por su infinita creatividad,
como lo fue mediante los bien barrocos Cervantes ,Schakespeare y Baltazar Gracián,
que por muy barrocos que fueron, no precisamente cargaron con estigma alguno,
sino fueron más críticos mientras más vivieron concientes
de la enajenación de su tiempo y mientras más lucharon, con su
vida y obra por superarlo.
Que quede claro, por lo dicho anteriormente, que no basta con ser conciente de
lo barroco para dejar de ser barroco . Echeverría no observa que en el
seno de la enajenación barroca hay un contenido transformador de sí mismo,
al omitir, como lo hace la historia del arte, el aspecto transicional del mismo.
Desde luego, también lo barroco contiene un tipo de desilusión
y desencanto, que más que caer en una suerte de autocompasión obnubilante,
es capaz de salir fuera de la cloaca por su propio esfuerzo y creatividad, tal
como el Quijote o Hamlet.
Pero lo extraño de esta visión marcadamente pesimista de nuestro
continente, en lo que incluyo a la izquierda y a la derecha política y
sus falsos antagonismos, particularmente hay en ellos ciertos rasgos de optimismo,
lo que no deja de sorprendernos, cuando observan a la Contrarreforma y a la labor
crítica de la Compañía de Jesús al interior del siglo
barroco.
Es sorprendente que en perspectivas aparentemente tan distintas y hasta ajenas,
como el libro de Osvaldo Hurtado y el texto de Echeverría, la labor educativa
y evangelizadora de la Compañía de Jesús constituya una
luz al interior de la oscuridad más tenebrosa . Si bien la sospecha de
una continuidad en relación al rol de la Compañía de Jesús
en la Latinoamérica del siglo XVII entre uno y otro libro salta a la vista
para el lector atento, por cierto, la reivindicación jesuítica
no siempre es propio de los ex militantes del jesuitismo. Baltazar Gracián,
que siempre fue un ex jesuita confeso y sin aspavientos y un barroco con camiseta,
nos prueba con exquisita ironía y con la más profunda alegoría
de sí mismo y de lo humano barroco de su tiempo, tal como lo aplaudió y
lo reconoció Schopenhauer al traducir al alemán “El Criticón” del
autor aragonés, una capacidad crítica que estaría precisamente
en las antípodas de lo barroco.
Como repetimos, lo barroco contiene una capacidad transformadora de sí mismo,
una fuerza transicional, al contrario de lo que piensa Echeverría, que
solo puede ser observada como fenómeno histórico cuando despachemos
definitivamente a la idea de lo barroco de la historia del arte, tanto como cuando
dejemos de entender el siglo XVII bajo la óptica del mundo en suspenso
y presente, sin cambios, hasta la actualidad.
Al parecer, la izquierda y la derecha latinoamericana y ecuatoriana carecen de
creatividad en la medida en que no son capaces de esforzarse por pensar distinto
a su tiempo y en elevarse por sobre su propio mundo, en resolver la vida en
una decisión que considere lo mejor y más digno como la mejor de
las elecciones. En definitiva, pudiese ser un enorme tributo y merecimiento de
las inmensas mayorías latinoamericanas, recibir de parte de los intelectuales
y académicos una conceptualización creativa que esté a la
par de la infinita capacidad de sobrevivencia que expresan a diario los pobres
de siempre, pues verdaderamente para ellos ni siquiera pensar en lo barroco,
ni en el mestizaje ni en una sociedad híbrida, es y será parte
de su difícil y extenuante capacidad de sobrevivencia.
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