Nos encontramos con un certificado, que, a su vez, cumple
una segunda función, la de documento de identidad. Certificar es otorgar certeza,
es verificar, es dar prueba de vida, en este caso al Estado/nación, el ecuatoriano.
En el documento constan los nombres propios del portador, se trata, de nada más,
ni menos, que de Moritz Martin, Thomsen Titus. Bajo esa línea, que reclama nombres
y apellidos encontramos otra, que establece nacionalidad, visa, reg no. En equilibrio
sobre ese espacio dice, respectivamente, norteamericano, ingt, o8 426 y otros
números que se pierden tras la esquina de la fotografía tipo carnet de un adulto,
de pelo canoso, de cara adusta. Ingt: inmigrante? Integrante? Ingeniero técnico?
Ingrato? Sobre el renglón que reza actividad autorizada se lee: Agricultor, aunque
la fotografía no delata la prestancia del potentado, ni la traza del campesino.
Y sospechamos que en todo caso, este imnigrante/integrante/ingrato no comulga
con su participación en la escena del documento, que se siente inquieto, inhábil,
inconforme con su papel, que luego se solidifica y se hace ESTE papel, este documento,
esta identidad, este certificado de empadronamiento. Padrón viene de pater, de
padre y también de ladrón, un ladrón de padres, un padre de ladrones; y de patrón,
de jefe. Vemos en la foto que el hombre, de pelo blanco, de nombre extranjero,
resiente al padrón. Y cómo no hacerlo? Su rostro ha sido cruzado, marcado por
el sello de la institución, de la migración, de la jefatura. Todo el lado derecho
de su rostro se oculta por un fragmento de la palabra “migración”, su ojo derecho
está cegado por la letra G. De nuevo, vemos asociado a este hombre las letras
I, G, R. Ignaro, grávido, ingrato. Siempre la gratitud, o la falta de ella. La
gracia y lo grato, lo agrícola, la desgracia y la ingratitud batallan en su rostro,
en su mirada. Moritz Martin Thomsen Titus gruñe ante una inmortalidad identitaria
forzosa y malhabida. Su rostro ha sido estampado por la nación, su mirada invadida
por la tinta de la extranjería, junto a la línea que proclama la legitimidad
de su permanencia en la República que lo somete a esta impavidez dice “validez
visa” y podría referirse oscuramente al valor de su vida, o al de su visión,
ambas razones para Gr, para protestar ante la grotesca usurpación e invasión
de la vida por las letras. Y justo al lado, en el espacio preparado con antelación
para describir la condición de la visa, la vida, el viaje, el valor, leemos:
INDEFINIDA. Sin definición, sin fin, infinita, indefensa, La permanencia entonces,
de Moritz Martin Thomsen Titus en esta circunstancia de visa, de vida, al igual
que este documento, este certificado de empadronamiento, esta marca en su mirada,
en su imagen, será siempre indefinida, será siempre ingrata, descansará siempre
en el firmamento público de una casi ciudadanía, un seudo padrón, una proto nación,
una identificación perdida.