Fama (ma non troppo)

Mary Ellen Fieweger

Ilustración original de Moritz Thomsen

Moritz Thomsen adoraba los cerdos. De hecho, inició su carrera de escritor como columnista de una publicación comercial que se ocupaba de los criadores de cerdos. Esto fue antes de que se enrolara en el Cuerpo de Paz a los cuarenta y ocho años de edad, mientras aun vivía en California, donde-él también—criaba cerdos. Creo que la razón por la cual detestaba tan completamente a Francisco Pizarro—además de su papel estelar en el asesinato de miles de indígenas latinoamericanos y del hecho de que le recordara a su propio padre—era porque las leyendas dicen que el Español pasó la primera parte de su vida como porquerizo, y Moritz simplemente no podía tolerar la asociación de este detestable hombre con tan noble animal.

Los cerdos aparecen en todas las obras de Moritz, siempre de manera favorable, muchas veces al interior de una prosa tan elegante y elocuente como esta descripción de una puerca blanca y grande en Bad News from a Black Coast (Malas Noticias en una Costa Negra, su último libro, inédito hasta el presente). La puerca aparece en la playa todos los días en marea alta, escribe Moritz y ahí estaba, “en profunda meditación inmersa hasta sus hombros en el mar mientras las olas se rompían sobre su cabeza. Algo profundo y terrible la arriaba hacia el mar; algo profundo y terrible, poético y no chanchizo la halaba a diario a contemplar la vastedad y el misterio del Pacífico”.

En algún momento, Moritz cae en cuenta de que ha dicho todo lo que tenía que decir sobre el cuidado y la alimentación de los cerdos, la satisfacción de sus necesidades físicas, así que decide explorar la naturaleza superior de este animal, el cuidado y la alimentación del alma de los cerdos. Su primer esfuerzo en este sentido, solía relatar,   fue filosófico y lírico además. Pero sus editores eran hombres temerosos. Se lo devolvieron con un cheque de finiquito y una nota agradeciendo a Moritz por sus servicios.

No sé si esos artículos le ganaron a Moritz una hinchada entre los criadores de puercos de América del Norte, pero los libros que escribió sobre sus años en el Ecuador y sus viajes al Brasil sí lo hicieron, una fanaticada modesta pero leal que creció con el paso de los años. Moritz era igual de leal con sus lectores. Nunca asumió que el autor hace favores a alguien al escribir libros; es el lector el que hace el favor, la persona con quien el autor está en deuda, y a quien se le debe lo mejor de su trabajo.

Moritz fue un escritor meticuloso. A veces lo encontraba apoyado contra la reja fuera de su apartamento en Quito, con pluma y cuaderno en mano, o sentado en la mesa adentro, cambiando y cambiando una y otra vez una palabra o una frase o una oración. Escribía sus primeras versiones a mano y después de mucho trabajo de edición, escribía a máquina una nueva versión en su vieja Royal, hasta que se la robaron, y más tarde, en una serie de máquinas manuales baratas, cada una de las cuales también fue robada. Reescribió My Two Wars (Mis Dos Guerras) cuatro veces y no estaba satisfecho con la obra cuando murió. Y aunque—como señala en un adendum que aparece en la edición Vintage de su libro The Farm on the River of Emeralds (La Finca en el río de Esmeraldas) aun rebuscaba en los cielos las señales de ese “lector perfecto”, alguien que imaginaba sería joven, inocente y romántico, daba la bienvenida hasta al último de ellos, con todas sus imperfecciones, especialmente a aquellos que hallaban el camino hasta su puerta y cuyas cartas terminaban en sus manos.

Cuando Moritz se mudó a Quito, después de que su socio Ramón finalmente lo expulsó de la Finca en el río Esmeraldas, un número sorprendente de lectores de hecho llegaron hasta su apartamento. Algunos eran colegas cuyas obras Moritz admiraba y cuyos elogios lo convencieron, al menos por breves momentos, de que en efecto, sí era un escritor, y además excepcional. Wallace Stegner, Paul Theroux, Tom Miller y Clay Morgan pasaron un tiempo con Moritz, al igual que Eduardo Galeano, el autor uruguayo de Las Venas Abiertas de América Latina y de Memorias del Fuego, obras que Moritz admiraba por su elocuencia e ira sostenida. Alguien tomó una fotografía de ambos y Moritz la pegó en la portada interna de su copia autografiada de Las Venas. Un día, el libro desapareció, Moritz nunca se recuperó de esa pérdida y por un largo tiempo sospechó de mí. Para que quede claro, no lo hice.

Cineastas, en su mayoría aspirantes, que querían hacer una película de The Farm, también encontraban el camino a la puerta de Moritz. Una de ellas fue una mujer que sostenía que tuvo relaciones con Marlon Brando, un enlace de una noche enteramente insatisfactorio, es lo que reportó. Era una mujer formidable, dijo Moritz, y ante las circunstancias es posible que él también haya mostrado ansiedad de ejecución.

Isabel Schaefer, mi abuela, conoció a Moritz. Inmediatamente se convirtió en una admiradora, golpeada por su hermosura antes de haber leído una sola palabra de los libros que le pidió le dedicara. Unos días después, al hojear los primeros capítulos de The Farm y, siendo una Republicana convencida, decidió que las opiniones de Moritz eran sesgadas, algo que él escuchó con alivio.

Los académicos adoraban a Moritz. Algunos lograban que sus libros fuesen de lectura obligatoria en sus cursos. Durante las vacaciones de verano venían a visitarlo en grupos. Un caballero, profesor de inglés de una universidad en el Oeste de EEUU, venía todos los años con su esposa bibliotecaria. Impartía una clase llamada “literatura y Zen” y decía que el libro de Moritz, el último de su lista de lecturas requeridas, era el punto más alto del semestre. Una tarde el profesor de literatura y su esposa se turnaron leyendo los trabajos de estudiantes inspirados en Living Poor. Uno de ellos escribió que después de leer el libro de Moritz nunca más podría observar a sus propios hijos sin agradecer de que sus barrigas no estuvieran hinchadas con gusanos que se retuercen o con parásitos pululantes. La mayoría eran de ese estilo. Aunque la sonrisa nunca dejó los labios de Moritz, una pequeña dosis de ese tipo de adulación alcanzaba para mucho. Después de una hora aproximadamente preguntó si alguien quería café y –de paso—si habían escuchado la última grabación del Concierto para mano izquierda de Debussy o tal vez la Fiesta de Belshazzar de Walton, algo que tenía largos tramos de fortísimo, y ponía un disco en el tocadiscos, el volumen tan alto que hasta los momentos de pianissimo se podían escuchar desde la calle.

Otra visita regular era el profesor de ciencias políticas que pasó un semestre estudiando algo en el Ecuador. Era un hombre pequeño, un metro sesenta tal vez, o sesenta y uno, y un marxista con análisis marxistas detallados sobre todo lo existente bajo el sol. Un día le entregó a Moritz una copia de un artículo que había escrito sobre The Farm. Era muy serio, repleto de palabras como “seminal” y “escasez”. Moritz se mostró satisfecho por el reconocimiento en una publicación académica, aunque no deslumbrado, aparentemente, porque cuando le devolví el artículo y pregunté “¿cómo está fulano de tal, Moritz?” lo pensó por un minuto y respondió, “Más pequeño”.

Y además estaba Bernie, un joven candidato doctoral, en antropología, que apenas empezaba su disertación pero que ya demostraba signos de promesa académica. Estaba haciendo una investigación en Lago Agrio, un pueblo petrolero en el bosque nublado, y estudiaba algo así como “Patrones de interacción simétrica y adquisición recíproca y transferencia. . . .” etcétera. La mayor parte del tiempo exponía sobre sus “hallazgos”, que involucraban a “informantes”, que a su vez “exhibían conductas”. Pero de vez en cuando hablaba de personas (él mismo) y de la vida (la suya) y Moritz se espabilaba. El candidato doctoral era un hombre compulsivamente nítido que se duchaba cuatro veces al día. Y estaba sufriendo indeciblemente en ese pueblo petrolero en la selva: la mugre, el calor, los borrachos y prostitutas cuya sola existencia—sin mencionar su conducta obscena en público—ofendía su sentido de lo que era apropiado, mientras las ratas que correteaban por la noche por el techo de lata de su pensión le producían algo similar al terror, al igual que las enormes cucarachas voladoras de la selva que aterrizaban en su almohada,  junto con las otras especies de cucarachas, igualmente descomunales, que se subían por las piolas que colgaban del techo y a las que había atado su cepillo de dientes y dentífrico. Sus descripciones, serias a morir, de ese sitio olvidado de Dios eran las de un hombre absolutamente convencido de que había aterrizado en el mismo corazón de las tinieblas y de que la supervivencia no estaba de ninguna manera asegurada.



Ilustración original de Moritz Thomsen

El académico predilecto de Moritz era Mickey Perloff, un filósofo con quien conversaba sobre libros, música y aquellos temas sobre los cuales escribió y pensó toda una vida: la vida y la muerte, el bien y el mal. Durante una de sus visitas, Moritz abrió una Biblia y leyó un verso, del Exodo, creo, donde Dios muestra su “trasero” a los israelitas. Eso es lo que decía. Moritz interpretó el texto como el punto de vista del Ser Supremo sobre los seres humanos en general. Pero mientras que disfrutaba al discurrir sobre asuntos  filosóficos con Mickey, Moritz había decidido que al filósofo no debía confiársele asuntos prácticos porque en una carta datada simplemente “Martes?”, escrita ahí por 1990, dice: “si muero, no se lo digas a Mickey hasta que esté enterrado. Seguramente me perdería camino al entierro.”

Poco después, y apenas unos meses antes de su muerte (un evento anticipado por más de quince años y que se convirtió en una broma permanente entre sus amigos: Pregunta: “¿Cómo está Moritz?”, Respuesta: “Sigue muriendo”) Moritz conoció a la antropóloga Lynn Hirschkind, una compañera agricultora, que acababa de escribir un artículo que comparaba The Farm con Black Frontiersmen, de Norman Whitten, El Catedrático de la antropología ecuatoriana. Ambos libros trataban de los habitantes del mismo pueblo de pescadores en la Costa, y  ahí terminan sus similitudes. De acuerdo con Whitten, la comunidad que estudia se aproxima bastante a una versión del cielo sobre la tierra: un mundo de reciprocidad, igualdad y “prestigio diferenciado” (es decir, un lugar donde nadie se interesa por el poder, donde el concepto ni siquiera existe). Moritz, por otro lado, escribió sobre un lugar en que la gente a veces roba y miente, como lo hacen en todo el mundo, y donde la violencia, el hambre, la miseria y la muerte son constantes. Hirschkind concluye que la obra escrita por Whitten es “débil”, “malencaminada”, y “ciega”, mientras que el libro de Moritz presenta destellos convincentes sobre las personas con quienes vivió y trabajó durante catorce años. Mientras que Moritz se mostraba encantado por los numerosos comentarios que su agente literario y editores le enviaban a lo largo de los años, el artículo de Lynn (que apareció en Ethnography, en 1991), que lo elevó al rango de un escritor digno de ser tomado en cuenta, y por nada más ni nada menos que académicos serios, de alguna manera resultó más, mejor.

Las cartas de lectores siempre eran bienvenidas, y se convirtieron en el punto más alto del día de Moritz después de que se mudó de su última finca a Guayaquil, el puerto más grande del Ecuador, donde no tenía amigos, debido a que su enfisema convertía la vida en las alturas de Quito, donde sí tenía amigos, en una tortura. En 1988 o 1989, Moritz empezó a guardar las cartas en un sobre que etiquetó “correo de fans”. Respondía a cada una de ellas. Esto sorprendía a algunos de sus admiradores. Kelly Green escribía que  “de todos los escritores y músicos a los que les he escrito, eres el primero en responder”. Y la maestra parvularia se despedía con “No te puta mueras todavía ok? Dios, me toma tanto encontrar un buen escritor”. Eugene Stech decía lo complacido que se encontraba al recibir una carta de Moritz porque “tenía una pintura mental de sacos y sacos de correo de entusiastas  que te llegaba de todo el mundo”. En realidad no era tan así, aunque sí había un chorrito continuo, una o dos cartas por mes, de promedio. Algunos fans pedían consejos sobre cómo contactar un agente literario o un editor o cómo hallar empleo en Sudamérica. Otros tenían intereses más allá de lo personal. Elsie Hansen quería saber si ahora, “con sus muchos años de experiencia”, Moritz tenía “alguna idea de cómo la gente podría recibir una distribución más justa de las cosas básicas. Soy pobre y vieja pero veo tanto desperdicio y añoro compartir lo que tengo de manera razonable con todos esos seres hambrientos y harapientos. Hasta el Ejército de Salvación deshecha cosas buenas”.

Brad, un escritor joven, elogió The Saddest Pleasure y concluía anunciando que “no puedo esperar convertirme en un viejo escritor malhumorado para poder decir lo que quiera y que suene maravilloso”. Mary Sherry felicitaba a Moritz por su escritura “notoriamente indisciplinada” y Barbara Whirlwind Soldier decía, “Espero conocerte un día y darte la mano. (También quisiera conocer a Jacques Cousteau)”.

Muchos de sus seguidores comparaban la obra de Moritz con la de Wendell Berry, Paul Theroux, Wallace Stegner y otros escritores. Algunos decían que sus libros eran por lo menos tan buenos como los de ellos; otros juraban que eran mejores, y esos lectores tenían un lugar especial en el corazón de Moritz. (A diferencia del reseñador que, después de leer, presumiblemente, The Saddest Pleasure, lo comparaba con los libros de Shirley MacLaine. Cuando le pregunté si favorable o desfavorablemente, Moritz me ladró, “¿Acaso importa?”).

Después estaba la seguidora más fiel de Moritz, (Mrs) Kay Mollet (así es como mecanografiaba su firma). Ella manejaba el trust de su padre, enviándole un pago de intereses bi anual. (El dinero en el trust estaba destinado a la Sociedad Humanitaria después de la muerte de Moritz, para financiar investigaciones de contracepción para gatos). Su primera carta, fechada el 29 de marzo de 1988, es muy bancaria, con descripciones de cosas como “Ventas  con cobertura opcional en apreciación de capital”. Esos cheques modestos y todavía más modestas sumas recibidas como honorarios por sus libros eran las únicas fuentes de ingreso de Moritz después que abandonó la finca, y la mayor parte de ese dinero lo entregaba a los vecinos del poblado pesquero donde vivió como finquero y voluntario del Cuerpo de Paz. Moritz equipó el restaurante de Ester Prado en Quito después de que Ramón, el socio de Moritz en la finca, la dejó por otra mujer; pagó la cirugía de catarata de un joven pescador que estaba casi ciego después de años en el reflejo de la luz del mar; envió a Ramón Jr, el hijo de su socio, a Europa, el gran tour, bromeaba, que terminó siendo uno de los proyectos fracasados de Moritz porque, pocas semanas después de llegar a Francia, Ramón escribió rogando por un poco de dinero para comprar un boleto de regreso y Moritz dijo: “¿por qué no? ¿Cómo puede competir París con Esmeraldas?”. Bajo estas circunstancias, las estrategias de inversión no eran una prioridad. Tal vez la señora Mollet intuía aquello. O tal vez entretanto, había leído los libros de Moritz porque su carta del 26 de febrero de 1990, es considerablemente menos bancaria. “gocé con tu carta del 15 de junio de 1989 y hasta me reí en voz alta al leer tu carta del 10 de febrero. Sé que tendrás dificultad en creerlo puesto que es un hecho bien difundido que los banqueros no poseen sentido del humor”. Ella hace referencia, con relación a esa última carta, al hecho de que por entonces era yo quien manejaba las finanzas de Moritz puesto que rara vez salía de su departamento debido a que su enfisema había empeorado. Cuando el primer cheque del fondo fiduciario que yo endorsé regresó al banco, la señora Millet aparentemente sospechó, que en su senescencia, Moritz había caído en las garras de una caza fortunas, una sospecha que ella expresó con excelso tacto. El intentaba mitigar los temores de ella en una carta un día en que yo lo visitaba y le aseguraba a la señora Mollet que, mientras que “Mary Ellen es linda como un botón, no ha habido cactos impropios entre los dos”. Para entonces yo había pasado el estadio de botón hace mucho tiempo.

Un año antes de su muerte, Moritz y su banquera empezaron a discutir gastos fúnebres y el fondo fiduciario. La señora Millet explicaba que el monto disponible dependía del interés acumulado y por lo tanto, de los tiempos: si se moría justo después de hecho un pago, no habría mucho dinero para la disposición final de sus restos mortales, pero si lo hacía justo antes de la fecha de vencimiento de un pago, entonces podría “planear una espléndida despedida”. Que esto era un punto contencioso es evidente al leer sus observaciones finales “Parecería que Ud. Continuará en desacuerdo con el banco, los abogados y la institucionalidad en general. Adjunto el cheque del fondo de junio para que Ud pueda seguir en la pelea”. Y, en su última carta, la señora Mollet escribió que ella había notado que “Ud se despide firmando Moritz Thomsen II. ¿Quiere esto decir que hay dos de Ud? No creo que podríamos soportarlo”.



Ilustración original de Moritz Thomsen

Lo asombroso es que tantos lectores sin nada en común, aparentemente, ni entre sí ni con Moritz, no sólo que pudieron lidiar sino admirar, hasta querer, al escritor y sus obras. Moritz fue un hombre perpetuamente preocupado—obsesionado, algunos decían—con la pobreza, la miseria, el dolor, la injusticia, y la muerte, siempre la muerte, casi siempre la muerte escandalosa y sin sentido provocada, directa o indirectamente, por una división global de recursos de la que esos lectores se beneficiaban, uno y todos, y cuyo resultado provocaba el sufrimiento de la gente sobre la que escribía. ¿Qué hallaba esa colección extraña de seguidores—banqueros, viudas que vivían de la seguridad social, profesores parvularios, escritores, académicos—en las obras de Moritz que fuera tan poderoso, tan emotivo para llevarlos a escribirle una nota de agradecimiento, para pedirle que escriba más?

Hay una escena cerca del principio de la novela del narrador peruano Alfredo Bryce Echenique, La vida exagerada de Martín Romaña, que siempre me recuerda a Moritz y que explica, parcialmente por lo menos, lo que sus lectores encontraban irresistible en sus obras. El protagonista se ahoga, a plena vista de un yate en que los pasajeros acaban de sentarse a un almuerzo suntuoso en la cubierta. “El yate se elevó en  gigantescas crestas de agua y yo me hundía en abismos oceánicos. . .aparecía y desaparecía. Desaparecía con lágrimas en los ojos, peo siempre preparando una pequeña sonrisa para mi siguiente aparición”

Esa sonrisa, frecuentemente penitente, es una constante en las obras de Moritz. Una y otra vez sus seguidores escribían sobre su propensión a reírse en voz alta al leer sus libros, y algunos mencionan que lloraban. Los lectores se identifican con ese personaje “inofensivo, loco, que yerra perdido, deslumbrado y mudo en un país extraño y distante”, que es la manera en que Moritz se describe a sí mismo en Living Poor. Pero no importa qué tan deslumbrado y perdido esté, siempre está ahí, interpretando los actos que presencia para nosotros en su voz inimitable. Y puesto que la acción inspeccionada es con frecuencia brutal en extremo, también él está ahí para aligerar el impacto del golpe. Aquellas descripciones de la pobreza, el sufrimiento y la muerte se mezclan con un humor, a veces mordaz, a veces negro, pero humor sin embargo. El sentido de los tiempos en Moritz era exquisito.

Pero había algo más, una forma de ser que la mayor parte de nosotros experimenta durante la infancia y de la que nos alejamos demasiado a prisa. En Bad News Moritz explica como, aun antes de aprender a leer, él pasaba horas ante los libros profusamente ilustrados que su tía Inga le compró, estudiando los dibujos e inventando “diálogos salvajes con los personajes”. Una de esas ilustraciones, un grabado de N.S. Wyeth en el Robinson Crusoe de Daniel Defoe  era especialmente memorable y él la estudiaba, “todos los días durante meses, estaba tan cargada con el horror de un hombre y con la premonición de indecibles peligros a la vuelta de la esquina”. Rogaba que alguien le leyera la leyenda. “Pero esto sucedió hace setenta años y ya no recuerdo las palabras. . .salvo una palabra, una palabra tan fuerte, inmediata, feroz y mágica que borró todo lo demás con tal de permanecer solitaria, un símbolo montañoso y solitario del poder de una sola palabra¨: atónito. Estuve atónito”

Esa palabra sintetiza la forma en que Moritz atravesó la vida. El arte y la literatura y, sobretodo, la música, lo dejaba atónito, como se puede apreciar en esta reacción, en The Saddest Pleasure, al escuchar Uirapurú, del compositor brasileño Villa-Lobos: “las cuerdas súbitamente se abrieron, hinchándose, los brazos del hombre se estiraron  mientras las plumas crecían y sus brazos se convertían en grandes alas, el ave surcando lejos por sobre el agua negra de un lago selvático, sobre los grandes árboles de la selva. Dios mío”

Y Moritz estaba perpetuamente atónito ante sus vecinos en la Costa ecuatoriana. Esta es una descripción de Wai, un pescador de Río Verde en Living Poor: “No era exactamente un gigante, pero en este país de gente pequeña y delicada, su metro ochenta y ciento noventa libras le otorgaba todas las cualidades de un monumento. Tenía 34 años de edad y lo sorprendente de su rostro es que no había nada escrito en él, absolutamente nada. Era puro y abierto, tan libre de vicio, pasión, tristeza o terror--  en resumen, de la vida misma—como una máscara tallada en alabastro de un dios egipcio. . . al verlo uno sabía que sus harapos, doblemente conspicuos entre todos los adornos navideños, no eran más que un disfraz. Había llegado a la tierra para poner  la humanidad a prueba”.

Y se mostraba atónito, hasta el mismo fin de su vida, ante seres vivos inhumanos. Está esa puerca sin nombre contemplando los misterios del Pacífico y Ana, la gallina de sentimientos delicados, que anidaba en su falda cuando era tiempo de poner un huevo, y Ramona, la vaca que casi lo aplasta con sus muestras de cariño y, apenas unos años antes de su muerte, un pájaro anónimo que observaba un día y que describió en Bad News, un “valiente genio de la gimnasia. . .un Rachmaninoff rural que hacía música con la física”. Observando al ave, Moritz se da cuenta de que “en la escala de valores, todos tenemos un peso igual. Somos ambos materia cargada por un instante fugaz de tiempo y energía y con sentimientos de alegría y dolor. Somos ambos esenciales para este momento, ninguno más importante que el otro. . .Y pues, ¿no he sabido eso siempre? Sí, pero de forma negativa: No soy más importante que la ola que se rompe en la playa. Pero ahora. . .estoy impelido a replantear mi sentido profundo de unidad: Soy tan importante como esa ave, ese soplo de viento, ese poco de algo que flota y se aleja en el río desbordante y que aquí, mientras lo observo, finalmente se junta al mar”.

Ese “sentido profundo de unidad” que Moritz siente—con el ave, el viento, las olas, los pedazos de ruinas flotantes—es lo que atrae a los lectores a sus libros. Sus textos son un antídoto para un mundo caracterizado por el aislamiento y la fragmentación, la adoración del yo, el fallecimiento de la comunidad. Porque, a diferencia de muchos escritores cuyo tema son ellos mismos, huecos negros que absorben toda luz y materia, Moritz se ofrece modestamente en sus obras, como ventana o lente, y  a través de su interés apasionado en seres y eventos que lo sobrepasan, el lector halla un nuevo mundo, por momentos feo y bello, tonto y sublime. E invariablemente emerge atónito.



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