¿Por qué nos joroba tanto la
ortografía?
Gerardo López Monge

En abril de 1997, en
el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española
que se celebró en Zacatecas, Gabriel García
Márquez pronunció su emotivo y polémico discurso en el que
mandaba a jubilar la ortografía. Aquel discurso resultó una
piedra en el zapato del escritor colombiano, ya que luego
tuvo que dar explicaciones sobre lo que había dicho. En una
de aquellas explicaciones dijo que las reglas de acentuación
no tenían ninguna lógica y que lo que se lograba con aquellas
marciales leyes era que los estudiantes odiaran el idioma
(García Márquez 173). Ya en el 2002, en Vivir para contarla,
García Márquez hacía pública confesión de una de sus dolencias:
la mala ortografía.
Podría parecer exagerado calificar de dolencia a
la dificultad que muchas personas tienen para usar el código
escrito de nuestra lengua, pero quizá no lo es tanto, si
pensamos que la mayor parte de nuestra ortografía se basa
en la percepción y memoria visual de la grafía de las palabras.
Si a eso le sumamos que la mayoría de los hispanohablantes
(90% aproximadamente) no diferenciamos el sonido de
la c, la z y la s, tenemos como
resultado que al menos 350 millones de hablantes tengamos
que hacer un esfuerzo memorístico visual mucho mayor. Sin
embargo, para quienes no tienen una memoria visual privilegiada
(o suficientemente desarrollada) están las reglas ortográficas.
En el mundo actual, basado en el imperio de la ley, todas
las personas esperan que las reglas sean claras, que no dejen
espacio a la interpretación. Pero aquél no es el caso
de la ortografía. En ella nos encontramos frente a reglas
que, casi siempre, tienen una o algunas excepciones. Ante
reglas tan fluctuantes, la respuesta suele ser el desinterés
y, como resultado, la mala ortografía.
Quisiéramos tener reglas científicas para aplicarlas, sin
ninguna duda, en la ortografía. Ojalá supiéramos con tanta
convicción y precisión por qué huérfano se escribe
con h y orfanato no, como sabemos por qué
la velocidad inicial de un objeto lanzado en tiro parabólico es
igual a su velocidad final. ¿Por qué es tan caótica la ortografía?
¿Por qué sus reglas no tienen la universalidad que sí tienen
las leyes científicas?
Para encontrar una respuesta a esta pregunta volvamos por
un momento a la física. Cuando un objeto, como una piedra
o una pelota, por ejemplo, son lanzados en tiro parabólico
al aire, influyen en él un número exacto de variables, como
por ejemplo la fuerza con la que es lanzado, la fuerza de
la gravedad, y el peso del objeto. Justamente por eso, la
ciencia puede predecir ciertos hechos: si una pelota sale
despedida al aire en tiro parabólico a 50 kilómetros por
hora, caerá en tierra a la misma velocidad. Pensemos ahora
en la caída de las hojas de un árbol. Si quisiéramos hacer
una predicción de cómo caen las hojas de un árbol nos hallaríamos
ante un hecho bastante más difícil de analizar y, por lo
tanto, de predecir. Las hojas de un árbol caerán de
muy distintas maneras, de acuerdo a muy diferentes variables
que se presentan en este hecho: la posición de las hojas
en el árbol, su resistencia al aire, el viento que pudiera
haber, la forma de la hoja, etc. A la ciencia le costaría
más encontrar un patrón que seguir, como sí lo hace en el
tiro parabólico. Pareciera que las hojas de los árboles pueden
caer de cualquier manera, aleatoriamente. La diferencia entre
el tiro parabólico y la caída de las hojas de los árboles
se halla en la cantidad de variables que posee cada una.
Mientras que la pelota lanzada siempre seguirá una trayectoria
previsible, las hojas de los árboles, debido a las múltiples
variables que confluyen, seguirán una trayectoria caprichosa.
Sin embargo, si analizáramos la caída de las hojas de un
árbol durante mucho tiempo, empezaríamos a encontrar algunas
regularidades. De hecho, la misma matemática ha empezado
a encontrar ciertas regularidades y a plantear algunas reglas
para empezar a entender cómo funcionan los sistemas caóticos
(aquellos en los que influyen muchas variables) a diferencia
de los sistemas ordenados.
La ortografía se parece mucho más a nuestro árbol de las
hojas que caen, que al lanzamiento de una piedra en un tiro
parabólico, es decir que nos hallamos ante lo que la matemática
conoce como un sistema caótico. Imaginemos por un momento
que las hojas que caen del árbol son palabras. El tiempo
que toma una hoja en su transcurso desde una rama del árbol
hasta el suelo, podría ser igual al tiempo de existencia
de una palabra. Pero, al igual que sobre las hojas del árbol, sobre
las palabras influyen muchísimas variables.
Cuando el latín se fue transformando en cada una de las lenguas
romances, las palabras que usaba cada colectivo humano también
fueron modificándose y siguieron ciertas leyes evolutivas
propias. En el paso del latín al español hay ciertos patrones
que se repiten como una regla general. Por ejemplo, las letras o acentuadas
del latín se diptongaron en español (lo que no sucedió en
otros idiomas muy cercanos, como el portugués) y por eso,
de palabras latinas como corium o corpus, se
derivan cuero o cuerpo. Pensemos ahora
en la palabra murciélago que flota ante nuestros
ojos como si se tratara de una hoja de nuestro árbol. Regresémosla
a la rama de donde se desprendió. Nuestra palabra se cayó
del árbol del latín y originariamente significó ratón
(mus/muris) ciego (caecum). El camino previsible que
debía tomar la palabra nos llevaba al vocablo mur ciego, que
efectivamente aparece documentado en español, en el año 1250.
Sin embargo, muy poco tiempo después, aparecerá la palabra murciégalo que
se transformó en nuestro muerciélago. ¿Qué es lo
que hizo que esta palabra siguiera un camino diferente al
previsible? La respuesta es el influjo de variables externas
a la palabra. En el caso de murciélago, los estudios que
se han hecho no han logrado dar una explicación única, pero
muchos concuerdan en que probablemente alguna palabra o sufijo
nativo de los pueblos que existían en la península ibérica
antes de la llegada de los romanos, influyó en la evolución
de ésta. A mitad de la caída de la hoja, sopló un viento
que hizo que la palabra se desplazara por un camino distinto
al esperable. Un caso similar ocurre con la palabra apacible.
Ésta se deriva del verbo latino placere, es decir
que está íntimamente emparentada con placer, al
igual que otras, como placentero, complacer, plácido.
¿Qué es lo que hizo que apacible se pareciera tan
poco a las palabras de su familia?: justamente el influjo
de otra palabra. Cuando pensamos en el significado de apacible,
nos podríamos imaginar algo placentero, pero también
algo pacífico. En el siglo XVI, la cercanía de los significados
de aquello que resulta placentero y de aquello que resulta
pacífico hizo que la palabra paz influyera tan fuertemente
en la palabra aplacible, que terminara por cambiarle
la grafía.
Como nos podemos dar cuenta con estos dos ejemplos, la ortografía
es un sistema caótico, y como tal, las reglas que podamos
ponerle nunca serán lo suficientemente precisas, siempre
tendrán excepciones, pues a diferencia de los números, las
palabras no son deducciones de la realidad, sino que son
creaciones humanas que nos sirven para transmitir más
o menos precisamente nuestras emociones, sueños y frustraciones.
La buena ortografía es necesaria. Si el español ha cobrado
la inusitada importancia que tiene en el mundo desde el siglo
XX, es debido a la cantidad de hablantes, pero más aún a
la cohesión lingüística que tiene nuestro idioma. Comunicarnos
con un hispanohablante de la Argentina, de Venezuela o de
España, es bastante fácil. Aquello no ocurre en idiomas como
el árabe o el chino, cuyos hablantes de una región, quizá
ni siquiera lleguen a entenderse con un hablante de su mismo
idioma pero de otra región. Una de las maneras de mantener
esa ventaja que ha hecho que el español sea considerada una
de las lenguas más importantes, estudiadas y habladas de
la actualidad, es la escritura de un código común. Es por
esto que reformas ortográficas simplificadoras y un poco
antojadizas, como las que proponía el gran escritor colombiano,
en las que desaparecían el uso alternado de la b y
la v, o de la g y la j, entre
otras, solo lograrían una desbandada idiomática y la pérdida
de los caminos que nos llevan a los significados primigéneos
de las palabras y , por lo tanto, a las asociaciones que
podemos crear en torno a una palabra.
Pero con los antecedentes analizados nos quedan algunas
interrogantes: cómo podemos lograr una buena ortografía,
cómo podemos asegurarnos de que aquello que escribimos,
va a ser cabalmente comprendido por quien nos lee, cómo podemos
manejar un código común a los 400 millones de hablantes que
tiene el español. Hay que tomar algunas medidas. La primera
necesariamente nos lleva a la palabra. En el mundo actual,
donde hay tanta prisa por producir dinero, las palabras han
sido cada vez más olvidadas, menos reflexionadas. Es necesario
volver al diccionario e incluso volver a disciplinas, como
la etimología, que cada vez se ven más relegadas. Mientras
más a fondo conocemos las palabras de un idioma, no
solo que vamos a poder entendernos y expresarnos mucho
más claramente y que podremos asociar muchas más palabras
entre sí, sino que también tendremos la oportunidad de ser
mucho más efectivos y persuasivos al comunicarnos, así como
seremos menos manipulables al momento de recibir un mensaje
lingüístico. Por ejemplo, cuando volvemos al
significado primigéneo de palabras tan similares como trabajar y laborar,
nos daremos cuenta de algunos fuertes matices de significado que
hay entre ambos vocablos y sus consecuentes implicaciones.
Pero más allá del poder que obtenemos del conocimiento de
las palabras, al volver a ellas, podremos hacer asociaciones
que nos ayuden a dilucidar cómo se escribe una palabra, de
acuerdo a cómo se relaciona ésta con palabras de su misma
familia. Gran parte de la ortografía también se puede explicar
por asociaciones entre varias palabras de una misma
familias. En segundo lugar, es necesario hacer una
revisión completa de nuestro sistema ortográfico, revisión
que debería estar apoyada no solo en las disciplinas referentes
a la historia y evolución del idioma, sino en la matemática,
más específicamente en la teoría del caos y sus repercusiones.
Ésta es una tarea que aún no ha sido empezada y quizá
nos podría dar nuevas luces para entender el funcionamiento
de la lengua, así como para plantear reglas ortográficas
que podrían resultar más sencillamente aplicables. Adicionalmente,
hay que tratar de que la enseñanza de la ortografía, en los
primeros años de la educación, no sea basada solo en el aprendizaje
de las reglas ortográficas, sino que sea un proceso asociativo-deductivo
a partir de las mismas palabras y, en muchos casos, de sus
significados. Por último, tenemos que tener clara conciencia
de que la ortografía, por la naturaleza misma del lenguaje, siempre
nos va resultar un poco imprecisa. Pero esta imprecisión
natural del idioma, que en este caso se plasma en la imprecisión
de la ortografía, es la misma que nos permite que los
seres humanos podamos utilizar el lenguaje, no solo como
una herramienta de comunicación par transmitir la enorme
complejidad que percibimos en el mundo y en nuestro interior,
sino como la más efectiva arma de persuasión. El poder
que tiene la palabra, nunca antes había
sido tan grande […]. La humanidad entrará en el tercer milenio
bajo el imperio de las palabras.
No es cierto que la imagen
esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario,
está potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras
con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa
Babel de la vida actual. Palabras inventadas, maltratadas
o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables,
por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la
radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces
públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle
o susurradas al oído en las penumbras del amor. (García Márquez 173)
Obras citadas
García Márquez, Gabriel. “Botella al mar para el dios de
las palabras”. El País (Madrid) 18 oct-2004:173
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