Enseña a leer... Aprende a escribir... ¿Mande?

Andrea Castelnuovo

Los aportes de Ferreiro y Teberosky sobre la psicogénesis de la escritura están a punto de festejar su cumpleaños número treinta y pese a su madurez, en nuestro país se siguen utilizando métodos de enseñanza tradicionales, que no incorporan en el proceso los conocimientos previos ni las características culturales de los que aprenden, los niños y niñas.

El método alfabético, anacrónico y mecanicista, sobrevive en algunos rincones de la patria y perdura su incapacidad de establecer la relación entre el nombre de la letra, el fonema y especialmente el significado del conjunto de letras que formaban la palabra.

Son muchas las escuelas y centros infantiles que siguen utilizando el método fonético y sus famosos abecedarios ilustrados, aunque suponer que niños y niñas aprenderán a comunicarse por el simple hecho de descubrir y memorizar la relación entre fonema y grafema es risible. El método asegura la adquisición de la técnica de escribir más como una manualidad que como una construcción e intercambio de significados.

Estos métodos fraccionados, sin referencia con el habla de los chicos, sin bases con la cultura en la que se desarrolla la escritura, producen un  gran conflicto entre habla y escritura, debido a las características dialectales de pronunciación presentes en América Latina. Son escasos los grupos que, en nuestro continente, hacen diferencias en la pronunciación de la s, c y z; ó de la v y b, con lo cual cuando los niños aprenden a leer descubren que “hablan mal”. Entonces, para aprender a escribir hay que aprender a hablar correctamente (distinto a cómo lo hace el grupo de referencia) y eso significa más esfuerzo a la vez que aleja la escritura de la realidad cultural y desvaloriza el lenguaje propio.

Aparece en escena el método silábico, como proceso aditivo y dosificado, que enseña primero las cinco vocales y luego, una a una, las consonantes y las sílabas resultantes. Los chicos pueden rápidamente leer y escribir palabras y frases con las sílabas aprendidas y las vocales (Amo a mi mamá), lo que condiciona y limita el uso del lenguaje escrito para la comunicación significativa.

El resultado de la aplicación de estos métodos trajo numerosos inconvenientes, entre ellos: bajos niveles de comprensión lectora y altos niveles de analfabetismo funcional. Surge entonces el método global, en un intento de solventar el exceso de mecanicismo y la falta de significación. Consiste en presentar una palabra o frase y el niño o niña la aprende en su totalidad. Pero nuestra escritura es alfabética, no ideográfica, por lo que se requiere de mucho tiempo y esfuerzo para descubrir las letras y sus posibles combinaciones. Por ello, este método se completó combinándolo con el alfabético, pasando de la palabra a la sílaba, de la sílaba a la letra; dando origen al método de la palabra generadora.

Si bien el desarrollo de los métodos mencionados a lo largo de la historia tuvo un profundo sentido dialéctico, todos y de forma simultánea son utilizados en nuestro medio para enseñar a leer y escribir. Teóricamente conocemos sus fortalezas y debilidades, aunque en la práctica y a nivel nacional no sabemos dónde estamos parados.

La investigación educativa en el Ecuador es escasa, no sostenida y fragmentada. Resulta imposible determinar qué porcentaje de la población escolar aprende con qué método, cuál de ellos ha obtenido mejores resultados, cuál es el más apropiado a la realidad nacional, regional o local.

Ni siquiera es posible identificar en qué método/s son competentes los educadores, ya que depende de la institución donde se hayan formado, puesto que cada profesor es el que define los contenidos a aprender por los futuros educadores.

Estamos navegando sin brújula: el MEC, a través de la Reforma Curricular Consensuada para Educación Básica, establece el Modelo Pedagógico Constructivista, pero no el método para enseñar a leer y escribir. De los explicados anteriormente, ninguno se ajusta al modelo planteado.

Esto no sería tan grave, si tuviéramos una cultura de aprender de nuestra experiencia, de sistematizar nuestra labor docente y compartirla, de investigar nuestro accionar y los resultados obtenidos, de realmente creer y vivir el proceso de enseñanza-aprendizaje. Pero no, lamentablemente no la tenemos. Cada vez que se implementó una nueva Reforma botamos a la basura todo lo realizado, sin evaluar ni rescatar lo rescatable. Cada una de ellas marcó un límite infranqueable donde todo volvía a foja cero, como si hasta ese momento “lo realizado” estuviera mal y exclusivamente “lo por” venir fuera bueno.

Lo mismo ocurrió en cada institución educativa, cuando la Dirección decidió cambiar el modelo o la metodología, pocas veces se incorporaron los saberes generados en la práctica. Somos “esclavos” de las modas y por lo general nos casamos con materiales y no con métodos.
 
Navegar sin brújula resulta complicado, pero no imposible. De hecho, la navegación se desarrolló mucho antes que se inventara la brújula. Volviendo a la educación, estamos navegando sin brújula y además, somos ciegos, sordos y mudos. No podemos ver lo que ocurre en nuestras aulas, no podemos reflexionar sobre lo que hacemos en nuestras aulas, no podemos evaluar lo que logramos en nuestras aulas y peor aún compartir con los demás educadores sobre nuestra experiencia.

No debe sorprendernos que la última evaluación Aprendo que se aplicó en el país a los estudiantes de primaria (2000) determinó que “la mayoría de los alumnos no domina destrezas básicas en Matemática y Lenguaje y Comunicación”; y justamente en Lenguaje y Comunicación nos encontramos antepenúltimos a nivel continental.

Así como las políticas educativas a nivel nacional, provincial e institucional no recogen la experiencia de los docentes, construida durante su labor cotidiana; los métodos para enseñar a leer y escribir también dejan de lado e ignoran los conocimientos previos que tienen los chicos respecto al lenguaje y la escritura.

Emilia Ferreiro y Ana Teberosky, a finales de los años 70`s, publicaron el estudio Los sistemas de escritura en el desarrollo del niño y con él sacudieron el ambiente educativo con el planteo de la Psicogénesis de la escritura.

A muy grandes rasgos, ellas comprueban que los chicos, durante el aprendizaje y utilización del idioma materno, van construyendo distintas hipótesis que les permiten organizar y explicar el uso de la lengua escrita.
Antes de aprender a leer y de concurrir a la escuela, son capaces de  discriminar claramente cuáles dibujos sirven para leer y cuáles no, o sea, diferencian los dibujos icónicos de las letras.  Una vez establecido que dibujo y escritura son sistemas diferentes de representación, los niños comienzan a establecer las condiciones de interpretatibilidad. Para ello, descubren que debe haber una cantidad mínima y variedad de letras para que se pueda leer, que dos palabras distintas deben estar compuestas por diferentes letras, etc.
La utilización y contradicción entre las hipótesis construidas son la vía por la que transitan todos los niños y niñas para el aprendizaje de la escritura. Esto quiere decir, en criollo, que los chicos antes de comenzar a aprender… ya saben un montón!

En este marco, el educador o educadora deberá proveerles de una cierta cantidad y calidad de experiencias alfabetizadoras, que faciliten la construcción de hipótesis y promuevan el aprendizaje de la escritura como una herramienta más de la expresión cultural humana.

La Psicogénesis de la escritura tiene casi tres décadas de desarrollo y se pueden contar con los dedos de las manos los establecimientos educativos que la aplican en nuestro país. Sobran los dedos de una sola de ellas para detallar las universidades que la enseñan o los centros que la investigan y desarrollan didácticas acordes.

Aquí surgen varias preguntas, que más que contestación requieren de una seria reflexión.
¿Será que nuestra preferencia por las metodologías de “moda”, de resultados rápidos, rimbombantes y marketineros nos hace despreciar las bases psicológicas de la construcción de la escritura? ¿Es nuestra dificultad para ver la realidad, estudiarla y confrontarla con una teoría lo que nos impide manejar marcos teóricos más consistentes y científicos? ¿Estamos fallando en la formación de educadores? ¿El manejo de la educación como producto de mercado es lo que nos desvía de los objetivos nacionales?

Criticar al sistema educativo fue siempre extremadamente fácil. Falencias tenemos por montones. El desarrollo integral de los niños y niñas ecuatorianos en las condiciones socioeconómicas actuales resulta cada vez más utópico. Estamos a años luz de acercarnos a los cuatro objetivos del informe Delors.

Así, a nivel macro, somos todos teóricos y estrategas.

Pero mirarnos cada uno en el espacio micro, en nuestro accionar en el aula, resulta demasiado perturbador. El dilema es sencillo, queremos que los chicos aprendan a comunicarse, simbolizar y crear a través del lenguaje o nos vamos a quedar en simples adiestradores de loros?

Asumir una definición docente es solo el comienzo, desde allí se abre un abanico interminable que nos permitirá sistematizar las experiencias, compartirlas, analizarlas, construirlas y mejorarlas; como nuestro primer paso hacia el mejoramiento de la calidad de la educación ecuatoriana.

 


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