| Democracia, pasillo y música columbo ecuatoriana Oye: bajo las ruinas de mis pasiones
Y en el fondo de esta alma que ya no alegras
Entre polvo de ensueños e ilusiones
Crecen entumecidas mis flores negras
Ellas son tus desdenes y tus reproches
Ocultos en esta alma que ya no alegra
Son por eso tan negras como las noches
De los gélidos polos, mis flores negras
Toma pues este triste débil manojo
Que te ofrezco de aquellas flores sombrías
Cógelas, nada temas, son los despojos
Del jardín de mis hondas melancolías.
Flores negras, Julio Flórez, colombiano
Eliseo Floril, ecuatoriano
La canción popular que precede estas líneas es uno de los lugares en donde se franquea, con delicia, la línea divisoria entre lo ecuatoriano y lo colombiano. Al igual que la democracia, esta incursión, entre otras cosas, hace un ejercicio de límites (de recortar lo que existe en exceso y a la vez de explorar territorios ajenos), esta manera de pensar los márgenes como el lugar donde el significado emerge (y reaparece, de distinta manera) nos lleva directamente a pensar la democracia como frontera. El Ecuador es en sí, todo frontera, una línea imaginaria que representa el margen, el límite, el centro, la mitad.
La democracia, entonces es el sitio liminar (columbo-ecuatoriano) que de pronto aparece, como un crimen. A manera de una “antigua” serie televisa de los años setenta y ochenta (los años de consolidación del poder de la guerrilla, los años del boom petrolero, al un lado y al otro), el detective es una de sus figuras. Columbo, interpretado por Peter Falk, teniente policial ciclópeo (con ojo de vidrio) nos puede servir de guía en este misterio de las telecomunicaciones que se atreve a preguntar lo obvio:
¿Democracia?
Tenemos que proceder de esa misma manera incauta y comedida a la vez, (el estilo de Frank Columbo) de tal forma que no revelemos demasiado, de tal forma que revelemos sólo lo suficiente para mantenernos en vilo. Esta es otra figura de la frontera: el vilo, el lugar intermedio entre la complacencia y la atención, entre la vigilia y el sueño. Una democracia en vilo está pendiente y expectante, atenta a la llegada del futuro, vigilante de la capacidad desastrosa del presente, alerta ante la labor legitimante del pasado.
¿En qué consiste entonces el crimen democrático en donde emerge Flores Negras? Podemos imaginar a Peter Falk en su llegada al Ecuador en el año 1988, para filmar la película (Vibraciones), esta vez su dramatis personae corresponde a la de un buscatesoros que se interna en el nudo de Cajas en pos de iluminación y de fortuna. Podemos verlo sitiar la locación con su mirada uniorbital y su mueca característica que se resiste a mirar arriba, que alude el contacto de la mirada como en búsqueda de otro sitio, aquel en que se evade y se esconde, el significado de la democracia. En la cinta, Columbo se ve retratado en un segmento cerca de un paraje en donde aparecen Lisianthius nigrescens una especie nativa del lugar que tiene, específicamente la siguiente característica: son flores negras.
Y qué tienen que ver las flores negras de Vibraciones con aquellas, macilentas y temerarias del pasillo precisamente, de Florez y Floril?
La convención literaria empleada acude a un viejo linaje: la asociación simbólica del resplandor aurífero del mundo vegetal con su negación en la muerte. Las flores negras son así a la vez el anhelo del final y el final de un anhelo: de nuevo la frontera; en las llanuras desoladas del más allá el suspiro del más acá; en los pastos floridos de la pasión humana el espectro oscuro de la indiferencia. Tal vez esta sea una figura democrática: la concurrencia al mundo, por igual, de impulsos y fugas sorpresivas.
El texto del pasillo contínuamente apela a imágenes de decadencia: ruina, ilusiones, deshechos, despojos, noche, plenamente ubicado dentro del contexto modernista y parnasiano de principio de siglo (al que concurren dos figuras territorializadas adicionales: Medardo Angel Silva, del costado ecuatoriano, poeta y vagamundo literario de principios del s XX, José Asunción Silva, colombiano, una de las más sólidas figuras modernistas del continente). Flores negras se ubica así como texto fundador de un nuevo género poético: la silva columbo-ecuatoriana. Una silva es un canto de alabanza, tal vez la más célebre en la región, iniciadora de una temática subcontinental, sea la Silva a la agricultura americana del venezolano-chileno Andrés Bello, del siglo XIX. Bello, además de poeta fue jurista y es nombrado con justicia como la figura clave para la introducción en América Latina del código napoleónico, común ancestro de la mayor parte de la jurisprudencia latinoamericana, incluida la columbo-ecuatoriana. Una pariente de Bonaparte, por otro lado se desplaza a Haití cuando la media-isla era una colonia francesa, en viaje de distracciones, ahí se registra su predilección por costumbres africanas (esto se lee en El reino de este mundo, del Franco-cubano Alejo Carpentier) , como efecto sincrético entonces, posiblemente gustará de rodearse de flores negras.
Pero regresemos a la silva columbo-ecuatoriana, ¿en qué consiste?
En una formación florídica literaria fundamentalmente, compuesta de un escenario fronterizo (la alcoba, por ejemplo, el cementerio) y una melancolía democratizante. El sentimiento de pérdida es un factor fundamental, pero específicamente se trata de la pérdida de algo que nunca fue. Como las flores negras, que ocurren en la naturaleza muy raramente. Como la democracia, excepcional y distante nuestra.
Tras décadas y casi siglos de experimentos con la democracia tendemos a experimentar su presencia como una variante de lo improbable. Aunque la buscamos mayormente en su forma pura. ¿Qué significaría pensar en una Democracia fronteriza?
El florón está en mis manos
Gaitán y Velasco Ibarra, Aguinaga y Maturana, las monjitas carmelitas, se fueron a Popayán ( que ha sido tierra fronteriza, históricamente, perteneciendo ya a Colombia, ya al Ecuador) en el famoso juego columbo ecuatoriano, El florón. Que con toda seguridad el poeta julio flórez tenía en mente (allá lejos donde solemos ubicar a la democracia) cuando pensó en poner letras a un sentimiento fronterizo, el de flores negras.
El ecuacolumbolei es otro juego columbo ecuatoriano, ecua-columbo-volei. El juego se basa en una diversión primitiva jugada en una cancha dividida por una red, entre dos equipos de seis personas cada uno. En esa versión, los jugadores rebotaban la pelota de sus extremidades en golpes secos (tres por bando) con el objeto de provocar una falta de respuesta de su adversario. En el ecuacolumbolei, más económico, los equipos se reducen a tres por lado, y además acumulan epítetos, utilizan la red como aliado, es un juego de límites, de motes: el volador, el ponedor, el servidor. Atrás , en la pizarra donde se lleva la anotación, en la frontera entre Tulcán e Ipiales (donde vivió buena parte de su vida Juan Montalvo, otro escritor columbo-ecuatoriano, orfebre del más fronterizo de todos los tropos literarios: la invectiva) se juegan animadas partidas entre tonadas musicales diversas, entre las que figura, de contrabando, el pasillo.
De mis manos ya pasó.
Pero la tierra fronteriza más pura, sin dudas, es Pasto, otro territorio poli(geo)grafo. Pasto pasó del Ecuador a Colombia, pero siempre regresa en forma de bromas. Más que una región telúrica, Pasto es un sitio turístico columbo-ecuatoriano, visitado sinnúmeras veces en la imaginación y por la lengua. En él se mezclan la arepa y el llapingacho, el paisa y el longo, el norte y el sur, tumaco y borbón, derecha e izquierda, vida y muerte. Pasto se relaciona con la democracia de dos maneras:
a) al recluir en su vasto reservorio a la ingenuidad de la que nos pensamos inmunes nos libera del infortunio de sabernos insuficientes para el desafío que nos presenta el Otro y,
b) al señalar los límites internos de la representación, alude indirectamente a nuestra propia condición pastuza, se empastuza a la democracia por así decirlo, que es otra manera de decir que la democracia desde la pastucidad se convierte a la vez en sujeto y objeto. Objeto de nuestro resentimiento y temor, sujeto columbo ecuatoriano.
¿Y si la democracia fuera el resultado de una colaboración columbo ecuatoriana?
El mundo árabe designaba con el nombre de bereberes a las tribus nómadas y rebeldes que resistían su poder. La palabra significa hablar de forma bulliciosa y confusa. Más tarde, Roma adaptará la designación para nombrar a todos quienes no fueran ciudadanos. Para el siglo XVI la denominación se abre paso en Europa con la forma bárbaro. Para los griegos la palabra retiene su asociación lingüística y significa aquel que no habla griego. Para entender su uso en Roma tenemos adicionalmente que pensar en la palabra nación que se deriva de una raíz latina que significa nacer, aparecer a la vida. Una nación es así un agregado de seres humanos asociados por una común ascendencia, lenguaje e historia , que forman un pueblo y que generalmente se organizan en una unidad política y ocupan un territorio. A medida que la historia se desovilla, la palabra bárbaro se asocia casi exclusivamente con las naciones bárbaras del norte que eventualmente derrocarían el imperio (la palabra aparece en boca de los geógrafos árabes también para designar a los grupos indómitos del norte de Africa, ¿por qué esta asociación histórica del norte con la barbarie podría preguntarse?) romano. Así, una nación se convierte en lo que aún es hoy en día: un estado organizado que excluye al foráneo; más que eso, el extranjero representa la mayor amenaza para la nación, sin un extranjero peligroso, no puede haber nación.
Esta es la frontera de lo fronterizo: el pensamiento absolutista y excluyente, el discurso monolítico del poder y de la oficialidad. Una nación que se define exclusivamente en relación con el extranjero depende del extraño para su existencia misma. A medida que declina la nación, la importancia del extranjero crece hasta eclipsar a la nación misma. Una democracia, un gobierno de ciudadanos, voluntariamente se convierte en una barbarocracia, un gobierno de bárbaros.
El poeta griego Konstantine P Kavafis, escribiendo en 1863, sobre la caída de roma enuncia lo siguiente:
Por qué el repentino desconcierto, la confusión?
(qué adustas de pronto las caras de la gente)
Por qué se vacían con tanta velocidad las calles y las plazas,
Todos rumbo a casa, perdidos en ensueños?
Porque la noche ya ha caido y los bárbaros no llegan
Y algunos de nuestros hombres recién llegados de la frontera dicen
Que ya no existen bárbaros
Y concluye:
Qué nos sucederá ahora, sin bárbaros?
Esa gente era una suerte de solución
Pasillo (dónde está la democracia?)
La frontera columbo ecuatoriana no tiene letreros y prohibiciones, ingresan ahí hombres y mujeres como a una casa de comida, para probar, para sentarse, para respirar la espera previa a la llegada del plato principal. Para conversar sin atenuar los bien marcados acentos, los mordiscos al aire de colombia andina, el rastrillo del paladar de los andes ecuatorianos. La frontera es un lugar en donde la barbarie es una condición interior de los individuos, una característica profunda que no es motivo de vergüenza, sino de reflexión. En la frontera columbo ecuatoriana, el pasillo es una forma musical de gran interés, nacido del fado portugués y replanteado en este espacio ambiguo como materia, su vocación es el no espacio, no en vano su nombre evoca una heterotopia en la vivienda, la diversidad y eccentricidad del no-lugar que es el corredor, el pasillo. Tal vez ahí esté la democracia, en ese no lugar que es la frontera, en esa indeci(di)ble extrañeza y cercanía donde florecen las flores negras.
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