
Credito: Cortesía de Edwin Fuentes
Vol 1, No. 2. (Sept/Dic
2005)
NEOTÉNICOS COMO LOS AJOLOTES
Francisco Bustamante
En uno de sus muchos cuentos magistrales, Julio Cortázar nos presenta a un alucinado sujeto que concurre a diario al zoológico para observar a los ajolotes. Por horas los observa y lo observan, se observan. Al cabo del cuento, el humano se convierte en ajolote o uno de estos se ha metamorfoseado en uno de los nuestros. Los ajolotes (una palabra nahua que significa “muñeca del agua”) son unos anfibios que sólo se encuentran en el Lago Xochimilco en México. Han atraído la atención de los biólogos por la rareza de alcanzar la madurez sexual manteniendo rasgos del estado larval (como la respiración branquial). En experiencias de laboratorio que han forzado su desarrollo maduro se ha comprobado que bajo esas circunstancias, los ajolotes se convierten en otra especie, la más conocida y difundida salamandra. (Si te parece que yo también estoy alucinando, te recomiendo que te dirijas a alguna enciclopedia).
Hace muchos años leí la obra La entrada en la vida. Ensayo sobre la no-terminación del hombre del sociólogo francés Georges Lapassade. Allí, su autor toma el caso de los ajolotes para sostener su analogía con los humanos: éstos “nacen antes de tiempo”, sin alcanzar su madurez como especie (así lo demuestran ciertas características del cerebro y del esqueleto). Los humanos atraviesan un largo período para completar el desarrollo de aquellos atributos que al momento de nacer sólo tienen en potencia. A esta peculiaridad que consiste en la “persistencia en estado adulto de caracteres embrionarios o larvarios” se la llama neotenia.
El recuerdo de esos exóticos bichos mexicanos y lo que mis discretas aptitudes científicas me permitieron entrever sobre la neotenia, me ha estado viniendo a la cabeza en estos días de fin de año lectivo en que contemplo a ciertos estudiantes desesperados.
Tienen sobre sus espaldas una presión enorme, la que sobreviene en el momento de egresar definitivamente de su centro de estudios y comenzar a ejercer su profesión. Exigidos para demostrar la adquisición de las capacidades que testifiquen sus habilidades como educadores. Son estudiantes, pero tal vez, si han madurado o si tienen suerte, en poco tiempo se metamorfosearán en profesionales de la educación media. Ello explica las angustias, los desmayos, las enfermedades, la inasistencia a otras clases que no sean las vinculadas al temido examen en que darán su última clase como “practicantes”.
Me pongo también en los zapatos de quienes deben acreditar que estas muchachas y muchachos están aptos para enseñar a adolescentes y comprendo perfectamente que su responsabilidad es formidable. Deben asegurarse que sueltan al ruedo de la docencia a personas capaces de contribuir a elevar el nivel de la muy alicaída enseñanza uruguaya. Por más que los estudiantes -sus víctimas- los ven como eso, como verdugos, habría que encarecerles a esos maduros profesores que extremen el celo para cumplir su misión. Representan a la sociedad en la función de comprobar que los aprendices de docentes ya están en condiciones de ejercer por su propia cuenta. Y los miembros de la sociedad, que somos todos, queremos tener la tranquilidad de que entregamos nuestros hijos a personas capaces de educarlos. Entre la ambición de egresar de los practicantes y la responsabilidad de certificar sus aptitudes de los profesores, se halla comprometida la enseñanza uruguaya y esta pulseada se debe resolver mediante la exigencia de la mayor capacidad posible.
Sin embargo, quiero agregar mi perspectiva de cuando me hallé en ese mismo trance que describo hace ya más de cinco lustros. Creo que del difícil arte de enseñar aprendí incomparablemente más en los años inmediatamente posteriores a mi egreso del Instituto de Profesores “Artigas”. Ni los cursos que recibí en las disciplinas específicas ni en las pedagógicas, ni menos aún en mis propias experiencias como practicante bajo la vigilante tutela de experimentados profesores, me enseñaron tanto como los primeros cursos que tuve que enfrentar bajo mi entera responsabilidad. Recuerdo las noches pasadas en vela preparando minuciosamente las clases, luego temprano a la mañana, tomaba el ómnibus que daba más vueltas para llegar a mi destino, de modo que podía ir en el viaje ensayando lo planificado. Recuerdo el testimonio de mi maestro –dicho con modestia y admiración- “El Lungo” José de Torres Wilson que contaba que el primer grupo que tuvo en Enseñanza Secundaria fue en el Instituto Batlle y Ordóñez, unas chiquilinas que estudiaban como locas y que lo ponían en mil aprietos, cuando estaba llegando al viejo IBO, se metía en el café que está enfrente y se encerraba en el baño a repasar su clase como desesperado, ¡y resultó un gran profesor de profesores y maestras que hasta cautivaba audiencias radiales por su capacidad de comunicar densos conceptos a personas no especializadas!
Quiero decir con esto que nadie egresa de su casa de estudios profesionales siendo avezado en su oficio, porque nadie salta del aprendizaje a la maestría por arte de magia. Todo el que estudia una profesión egresa con un mínimo de aptitudes básicas que tendrá que desarrollar a lo largo de los años. Por otra parte, no se adquiere la capacidad madura de una vez para siempre, si no que todo profesional tiene un compromiso de formación permanente, de actualización de conocimientos para ponerse al día con las novedades que las vertiginosas transformaciones del mundo imponen y exigen. También es cierto, que muchos profesionales no se actualizan y que decaen en su calidad, interés y dedicación a su labor, y los enseñantes no son los menos representativos de esta tendencia.
Está claro que cualquier profesional recién egresado está apenas equipado para ponerse a ganar la experiencia que lo convertirá en un experto en su profesión. La formación que ha recibido como estudiante lo ha hecho un ejemplo de neotenia educativa. Por ello, pienso que quienes deben certificar los conocimientos que poseen los estudiantes en el momento del egreso deberían recordarse a sí mismos en aquel instante, y tal vez evocar sus traumas de parto y/o de nacimiento y, hecho el debido ajuste de acuerdo a los cambios de los tiempos, mirar a ese balbuciente ser y determinar si posee los conocimientos larvarios que tendrá que hacer madurar de ahora en más. Lo contrario, sería esperar que un bebé pudiera brincar del seno materno y se pusiera a bailar tango con cortes y quebradas.
Pancho Bustamante
Montevideo, 29 de octubre de 2005.-