
Credito: Cortesía de Maybritt Rasmussen
Vol 1, No. 2. (Sept/Dic
2005)
Todavía no: repensando el lugar de los forajidos
Alvaro Alemán
Para María Paula
“Tomás Moro designó a la Utopía como un lugar, una isla en los distantes Mares del Sur. Esta designación sufrió varias transformaciones subsecuentes de manera que dejó el espacio e ingresó en el tiempo. De hecho, los utopistas, especialmente aquellos de los siglos dieciocho y diecinueve, traspusieron la tierra del deseo hacia el futuro. En otras palabras, hay una transformación del topos de lugar a temporalidad. Con Tomás Moro, la tierra del deseo aún estaba dispuesta, en una tierra lejana, pero yo no estoy ahí . Por otro lado, al trasponerse hacia el futuro, no sólo que yo no estoy ahí sino que la Utopía no coincide consigo misma. Esta isla ni siquiera existe. Pero no es algo como el sinsentido o la ilusión absoluta; más bien se trata de un todavía no en el sentido de posibilidad; en tanto estaría ahí si sólo pudiésemos hacer algo al respecto. No sólo si viajamos ahí sino en tanto lo hacemos, la isla utópica emerge del mar de lo posible—utopía-- pero con nuevos continentes.”
Ernst Bloch, “Algo hace Falta” (Traducción mía)
En lugar de interpretar cosas
Interpretemos las interpretaciones
Montaigne, Ensayos
I
La insurgencia ciudadana que brota en Quito, del 13 al 20 de Abril del 2005 ha producido un fenómeno editorial inusitado en una ciudad y un país que ha mostrado una relativa estabilidad y una modestísima conducta al momento de imprimir textos [1] . En los días y meses posteriores al fenómeno “forajido”, han aparecido por lo menos 10 libros, dos revistas dedicadas al tema, dos exposiciones importantes en galerías y museos de la ciudad e incontables reseñas, artículos de opinión, editoriales, entrevistas a involucrados, programas y revistas televisivas y radiales, blogs o bitácoras de opinión en internet, páginas web abanderadas del tema, todos ellos interesados en “ordeñar” el fenómeno de distintas formas y de mantenerlo vivo en el discurso público. El ejercicio de LiberArte añade a esa cuenta y se suma a la larga lista de interesados que intentan conjurar el significado, alcance y atractivo de un evento que experimenta hoy por hoy, una segunda vida.
El fenómeno se asienta en una textualidad distinta a la convencional práctica editorial que opera en su mayor parte a través de circuitos profesionales y formales; es decir, a través de consejos editoriales, pedidos públicos de textos, encomiendas a escritores conocidos y se aloja en circuitos irregulares: textos auto editados, editoriales “fantasmas”, textos y sitios electrónicos y multimedia, estudios y reportajes hechos por encargo, publicaciones oportunistas, incluida la táctica extrema de publicar en los muros de la ciudad. La heterogeneidad de estas prácticas replica el desdén que el fenómeno forajido reserva para los actores tradicionales de la democracia formal ecuatoriana y alude a la necesidad de establecer líneas de comunicación y de expresión que desborden y desafíen la textualidad vigente. De esta manera encontramos manuales, crónicas, estudios, cronologías, sátiras, historias, poemarios, mapas y documentos que proponen distintas vías de ingreso a un fenómeno aún fundamentalmente misterioso.
En lo que sigue me propongo examinar algunos de estos textos en aras de entender sus principales mecanismos narrativos, sus principales tropos y recursos expresivos. La mayor parte de los textos a manejar narran la historia de la insurgencia y al hacerlo, asumen responsabilidad por contar la historia ( la Historia ) nacional. Me interesa en primer lugar indagar sobre posibles transformaciones operadas a nivel formal, en el dispositivo de narrar en los distintos casos. ¿Existe conciencia de la necesidad de transformar no sólo los contenidos de la democracia formal sino también sus formas?
¿En qué medida la estructura argumentativa de las propuestas ciudadanas extiende o transforma sus propias tesis?
Una segunda pregunta que se desprende de esta primera tiene que ver con la etnografía de la insurgencia, ¿de qué manera los escritores/as que narran la experiencia histórica de abril manejan su propia condición de partícipes-observador@s? ¿Hasta qué punto existe conciencia por parte de quienes escriben, de los riesgos y las ventajas de su doble posicionamiento a la vez como protagonistas y objetos de la Historia ?
Aunque las distinciones no se marcan con claridad y de hecho la gama discursiva resulte omnívora, en general las lecturas del proceso de abril pueden agruparse de la siguiente manera:
Textos analíticos, textos descriptivos y textos oportunistas
Los primeros intentan dar cuenta del fenómeno de abril en términos conceptuales, los segundos narrar los sucesos y armar cronologías, los últimos aprovechar el interés aun latente que la temática despierta.
Analíticos . La casi totalidad de textos campean su interés por dilucidar el fenómeno de las marchas en algún punto, aunque algunas de las publicaciones apuntan directamente a aquello. Los textos de Iconos , el órgano oficial de FLACSO pertenecen a este rubro, al igual que el libro de Franklin Ramírez La insurrección de abril no fue solo una fiesta ( y que ha sido extractado para el número de FLACSO) y el de Mario Ramos, La rebelión forajida . Entre estos documentos se observan diferencias que van desde la etnografía de la audiencia “Lo que pasó en CIESPAL” de Edison Hurtado Arroba, pasando por el estudio de caso “El regreso de Abdalá” de Carlos de la Torre y el balance de la coyuntura “La crisis del sistema político ecuatoriano” de Julio Paltán y “La frágil legitimidad del príncipe democrático” de Catalina Pazmiño. Los textos más comprometidos con una lectura interpretativa del fenómeno sin duda son los de Ramírez ya citados y de Teodoro Bustamante “El fervor democrático quiteño: ¿mito, sueño o algo sustancial?”
Ensayemos una síntesis de las distintas lecturas de lo ocurrido en abril:
Augusto Barrera G identifica 3 grandes posturas:
1) Un conflicto inter-oligárquico que buscaba la restitución de los privilegios perdidos
2) Una ampliación democrática que resiste las formas patrimoniales autoritarias en el ejercicio del poder
3) Una expresión de la crisis de representación del sistema político ejemplificada en el rechazo a la política “profesional”
Franklin Ramírez G habla de tres “alucinaciones interpretativas” o lecturas erróneas del fenómeno, a saber:
1) La alucinación del liberalismo político optimista que para Ramírez consiste en la adhesión de las clases medias quiteñas a la agenda social demócrata y a su defensa del régimen de derecho. Esta posición se lee con claridad, por ejemplo, desde las páginas de La Tendencia —revista de análisis político , y sobremanera el número 3 de esta publicación, que aparece tan temprano como Junio del 2005.
2) La alucinación de una izquierda desplazada que ve en las movilizaciones la reacción conservadora (racista, regionalista y clasista) de las capas medias y altas en contra de su percepción remecida de “lo propio” y lo apropiado en la política nacional
3) La alucinación de la burguesía oligárquica reaccionaria que consistiría en felicitar la acción de las masas en contra de un peligroso caudillismo latinoamericano en construcción ( pace Chávez)
Más allá de aquello aparece la hipótesis adicional de las marchas y movilizaciones, sobre todo hacia el final, como simple defensa del territorio capitalino.
II
Declaro a grito intenso y a todo momento
no tengo huevos ni escroto ni pene
con la garganta bien abierta y los labios bien mojados
Advierto:
Tengo una vagina para qu é más
Así que no me vendan huevos
Que tengo todo lo que necesito
Para luchar
(Andrea Moreno Wray, “así que no me vendan huevos”
Poesía en tiempos forajidos )
Entre las múltiples interpretaciones de la “negatividad” de abril aparecen dos posturas críticas muy marcadas. La primera insiste en el aprovechamiento de las marchas para el despliegue de un sesgo de clase. Desde esta óptica, buena parte del rechazo a Gutiérrez proviene de una postura de superioridad de las capas medias, desafiadas en su comodidad y privilegio relativo por el advenimiento de sectores sociales ascendentes a pulso de su vinculación al botín estatal. Esta lectura se desliza en la segunda tendencia interpretativa que “racializa” las protestas incluyendo en sus discursos la retórica de descalificación racial. Clase, raza y región se funden en este proceso para generar un entramado de razones y ganas que termina por reproducir lenguajes y prácticas marcadamente conservadores y autoritarios.
Es aquí donde la fachada participativa y democratizante de las protestas corre el riesgo de encausarse en mecanismos represivos e intolerantes que no hacen otra cosa que expresar sus propias contradicciones; a saber, movimientos pluralistas e incluyentes, pero que actúan con prepotencia y uniformidad, coaliciones ciudadanas no alineadas con el poder, pero que reproducen los mismos vicios que denuncian. En todo esto, la estética cumple un papel crucial, al diferenciar entre gustos y preferencias y al descalificar por la vía de la representación a quienes han asumido el poder pero que carecen de refinamiento [2] .
Desafinamientos
Los textos interesados en pensar abril exploran con asiduidad y rigor los recovecos de un fenómeno complejo y muchos de ellos se resisten a la simplificación del mismo. El gesto crítico y la denuncia de los “excesos” de abril se ve acompañado por “saludables”
menciones a la triple amenaza que pende sobre sus credenciales progresistas: el clasismo, el racismo y el regionalismo. Resulta curioso, por lo menos, entonces, constatar la inexistencia (en mis lecturas por lo menos) de una crítica preparada a denunciar el machismo profundo que escoltó el proceso. Posiblemente este sea el punto ciego más notorio de las lecturas ensayadas sobre abril. El machismo es tanto más notable en tanto buena parte de los textos, tanto descriptivos como analíticos coinciden en señalar el papel protagónico asumido por miles de mujeres, de todas las edades [3] , que compartieron un liderazgo disperso, que bautizaron las movilizaciones (existe consenso absoluto en atribuir a una mujer anónima que se comunica a radio La Luna , el empleo altivo y el giro semántico al término “forajido”, “entonces yo soy una forajida” es la frase que inicia la asunción de una identidad en proceso) y que pusieron uno de los dos cadáveres (el silente) que creó el proceso.
Más allá de que la cobertura ya representa una desproporción representacional grotesca en los medios masivos de información [4] y de que, adicionalmente, la división sexual del trabajo analítico/intelectual en esos mismos medios separa para los varones la tarea hermenéutica y para las mujeres la “tarea” decorativa. Más allá de que esa misma división se extiende al torrente crítico e interpretativo del cual este mismo escrito forma parte y que apenas registra dos lecturas de mujeres entre 40 hechas por hombres está el sexismo de las proclamas de las marchas, la representación de la “defensa de Quito” contra las “hordas” ,“turbas”, “matones” y otros calificativos similares que planteaba la lucha callejera como la provincia del cruce de testosterona en donde el elemento masculino de la capital se aprestaba a defender el honor simbólico de una ciudad “feminizada” y vuelta inerme. Todo esto a espaldas de la realidad evidente de que buena parte, sino la mayoría de las “huestes” gutierristas, al igual que de la población dispuesta a la defensa, consistía de mujeres sin voz ni opinión al momento de la lectura de los hechos.
Esta tendencia a regionalizar, racializar y tornar el conflicto en un juego de intereses de clase por parte de sus (re) constructore/as posiblemente marque otro de los límites de abril: su incapacidad para procesar el grado de represión de géneros excluidos no sólo del proceso de participación democrática sino de la representación social misma [5] .
E(s)tica
Las interpretaciones emplean distintos metalenguajes y en apariencia ocupan lugares de enunciación distantes entre sí ; pese a ello, el lenguaje común que atraviesa a todas es el de la ética. La pregunta por la autenticidad o la duplicidad del discurso de las marchas—deliberadamente orientado hacia la recuperación de una institucionalidad venida a menos muestra la línea demarcatoria entre distintas versiones de los hechos. En el caso de que exista autenticidad o sinceridad en la búsqueda de mayor representatividad y democracia la historia de las manifestaciones deviene una gesta heroica que narra la epopeya de la dignidad ciudadana pisoteada y luego recuperada del abismo del colapso institucional. Si por otro lado, desconfiamos de aquella historia (y tenemos razones para hacerlo) debemos pensar en la falsedad de un discurso oficialista camuflado de lucha por la consecución de verdaderos derechos civiles y más bien interesado en la retención y la extensión de sus privilegios. Desde esta óptica, la moral se convierte en un ejercicio retórico de legitimación /deslegitimación y en el terreno mismo de la lucha por el significado.
La moral entonces, o simplemente ¿la moral burguesa? El discurso de lo ético ciertamente que presenta un poderoso mecanismo retórico para señalar líneas de batalla; desde la moral se defiende la misma institucionalidad que el ejercicio del poder ha privado de sentido (y este recurso de hecho es el mismo que adopta el gobierno de Gutiérrez al acusar a facciones oligárquicas de distorsionar sus éticas demandas [6] ) al mismo tiempo que se descalifica al rival de turno. La moral entonces deviene o el grito de batalla de una nueva cruzada de pronto infundida por valores universales o el gemido lastimero de segmentos desplazados del poder que ven su última esperanza en la distinción que les otorga el idealismo. En cualquier caso, el gesto representa un regreso a una estrategia discursiva anterior: allí donde en manifestaciones sociales previas los reclamos apelaban a reivindicaciones culturales —como la identidad—y situaban el enfrentamiento como una lucha entre culturas, abril revive el retorno a la ética como imaginario nacional (y aquí el discurso neoconservador presenta curiosos ecos) [7] .
Vista a nivel global, la postura plantea el reconocimiento, por parte de la clase media local, de la inevitable imposición del proyecto neoliberal para la región a la vez que la aceptación formal de sus medidas draconianas. Esta aquiescencia, sin embargo, se ve temperada por el reconocimiento de que el margen de maniobra que el momento histórico abre, radica en la adopción de micropolíticas locales y que el discurso elegido para vehicular esas demandas sólo puede ser el de la moral pública. Nos abrimos así a una lectura literalista de la política, que pretende tomarse en serio, ya no el espíritu sino la letra del sistema de representación democrático. Se abandona así el campo de la discusión de macroesquemas para asumir la implementación de esos esquemas en un sistema ahora enormemente preocupado por las formas. Abril es entonces ágil en postular su táctica puesto que este juego interesante de inversión de prioridades potencialmente alberga un dispositivo mucho más radical: tomarse en serio la democracia. Si este fuera el camino entonces podríamos decir que, en teoría, la subordinación histórica del sistema político al orden económico podría desafiarse y de hecho, entre otras cosas, abril sugiere, insinúa, lo contrario. Es este el sentido más profundo de la famosa autoconvocatoria ponderada por los medios: lo sorprendente no es que las personas se agrupen solas sino que hayan visto en su soledad (política, como sujetos de la democracia; económica, como sujetos de consumo) el vector principal para imaginar el cambio, la autoconvocatoria forma el cambio y cambia la forma.
Las diversas lecturas existentes se dividen así en celebratorias, condenatorias e indecisas. Las dos primeras opciones parten de una concepción voluntarista y a la vez racional de la historia mientras que la tercera da cabida a pensar en la inmanejable heterogeneidad de los procesos históricos y sus significados. Es esto lo que lleva a F. Ramírez a conjurar el fenómeno de abril tanto como un acto colectivo de control institucional “la forma insurrección” como una manifestación espontánea de rebeldía sistémica “la insurrección de abril no fue sólo una fiesta”; es decir, una carnavalización, una puesta de cabeza, del orden instituido. Es esto también lo que impulsa a T. Bustamante a hablar de abril como el lugar en donde “una vez que surgió la posibilidad de enunciar el tema de la democracia surge la necesidad de volver a expulsarla del espacio público”.
III
A mi manera de ver, tanto Gallegos como Bustamante aluden a la posibilidad de pensar abril ya no como síntoma de un proceso sino como significado en sí. Me refiero con esto a la transformación topológica de abril en utopía.
La costumbre de estos años ha insistido en la descalificación de la utopía. Este gesto toma distintas formas, entre otras se asocia el utopismo con anhelos que persiguen lo imposible, junto a versiones que, a nombre del “realismo” establecen los límites de lo alcanzable; alternativamente, el utopismo se desestima también a nombre de la trivialidad, como algo que simplemente no merece ser atendido.
Quisiera en lo que sigue dirigir algunos comentarios a la rehabilitación del concepto de utopía apoyándome principalmente en el pensamiento de Ernst Bloch. Bloch, ciudadano y filósofo alemán asociado a veces con la Escuela de Frankfort, con la cual comparte una visión crítica del sistema cultural del capitalismo, es considerado como el “filósofo político de la esperanza” ; su importancia para América Latina se siente en particular en la influencia importante que ejerció (directa e indirectamente a través de la teología política) para pensadores como Paulo Freire y Gustavo Gutiérrez [8] .
Para Bloch, la utopía implica una masa enorme de prácticas y actos, unificados por ser portadores de “sueños de un mundo mejor”. Estos materiales, que se distancian de la realidad presente, se dirigen hacia un futuro en transformación. La utopía engloba el acto de desear y lo que se desea. La importancia de los deseos utópicos radica en la naturaleza inacabada de un mundo en estado de transformación constante. El futuro consiste en un “todavía no” y el en el reino de lo posible.
Sin embargo, para Bloch es necesario diferenciar entre dos distintos modos de imaginación utópica, entre la utopía abstracta y la utopía concreta . La utopía abstracta es compensatoria, consiste en soñar despierto; aquí, el deseo no se ve acompañado por la voluntad de transformación. El sueño diurno contempla no un futuro transformado sino un futuro en el que el mundo permanece esencialmente igual, salvo que el lugar que ocupa el soñador ha cambiado (por ejemplo mediante el ganar la lotería). Dice Bloch: “La mayoría de la gente en la calle da la apariencia de estar pensando en otra cosa. Esta otra cosa es fundamentalmente el dinero, pero también aquello en lo cual puede transformarse el dinero” ( Levitas 67). Otra versión de esto sería un futuro distinto, pero inalcanzable. La utopía concreta, por otro lado es anticipatorio, se extiende hacia un verdadero futuro posible e implica no sólo un pensamiento del deseo sino de la voluntad. De nuevo Bloch “No hay nada suave relativo a la esperanza consciente y conocida, sino una voluntad interna que insiste: así debe ser, debe convertirse en ello” (67). Para Bloch la utopía concreta encarna la verdadera función utópica: la anticipación y la creación del futuro. De esto se extrae que no todo sueño de una vida mejor es equivalente; mientras que la utopía abstracta expresa el deseo, sólo la utopía concreta contiene esperanza.
La distinción evoca elementos de la diferenciación que hacen Marx y Engels entre versiones científicas y utópicas del socialismo en las que castigan al utopismo. Pese a ello, existe una reivindicación del utopismo como mecanismo crítico en contra del pensamiento burgués. Un ejemplo del Manifiesto :
Esos cuadros fantásticos de la sociedad futura, pintados en una época en la que el proletariado aun ocupa un lugar subdesarrollado y no tiene sino una concepción fantástica de su propia posición, corresponde a los primeros deseos distintivos de esa clase para una reconstrucción general de la sociedad. Pero estas publicaciones socialistas y comunistas también contienen un elemento crítico. Atacan cada principio instituido de la sociedad existente. Por lo tanto, están llenos de los materiales más valiosos para la ilustración de la clase obrera.
Tal vez sirva una clarificación comparativa en este punto, en particular con el pensamiento de Karl Mannheim. Mannheim consideraba tanto a la utopía como la ideología como categorías incongruentes con la realidad; sin embargo, una diferencia entre ambas consiste en que las utopías se orientan hacia el futuro y consiste en aquellas ideas que transforman a la realidad en su propia imagen a diferencia de las ideologías, orientadas hacia el pasado y que sirven para legitimar el status quo . Para Mannheim entonces, los sueños diurnos (entre los que hallamos no sólo los productos de la fantasía individual sino los productos de la imaginación colectiva, incluidos los medios masivos) consistirían en anhelos compensatorios y por lo tanto, ideológicos. Ambos autores insisten en que sus distinciones son analíticas y que por lo tanto sus categorías consisten en tipos ideales, en la realidad la utopía concreta incluye elementos abstractos, la ideología puede incluir elementos utópicos y la utopía elementos ideológicos. La diferencia significativa radica aquí en que, a diferencia de Mannheim, que condena buena parte del pensamiento antiutilitario al basurero de la historia, Bloch propone recuperar lo medular de la utopía concreta de la heterogeneidad de elementos con los que se ve comprometida.
Esta digresión posiblemente facilite el intento de ver en la rebeldía de abril, en conjunción con quienes resisten la simplificación del evento, algo más que un síntoma o una marca definitiva dispuesta a confirmar lo que el sistema hermenéutico ya estaba predispuesto a observar: que las marchas ratifican o la capacidad de resistencia de una comunidad abatida por décadas de entrampamiento político-institucional o la proteica capacidad de las oligarquías por mantener su dominación y privilegio. Abril es así (y continúa siéndolo) un significado ; es decir, un lugar de contestación de sentido que se resiste a desaparecer en su dimensión concreta. Una analogía posible consistiría en el viejo y enigmático pronunciamiento de Marshall McLuhan: “el medio es el mensaje”, el postulado aquí consiste en aprender a habitar el sitio, la imagen, en que se construye la significación, sin correr desaforados tras el siempre elusivo, tautológico y previsible resultado de la investigación planteada.
El corolario de esta ocupación espacial de abril (que se convierte, al igual que la historia social de la utopía y como queda registrado en el epígrafe de este ensayo, de un lugar en un tiempo, el futuro) sería entonces la ocupación temporal de la ciudad de Quito. Digo ocupación temporal con un ojo puesto sobre la idea de la protesta nocturna. Este gesto de descubrimiento de la capacidad ciudadana de caminar en la ciudad implica una apertura importante hacia el inicio de una recuperación del tiempo comunitario. La transformación vertiginosa de la ciudad en metrópoli, el arrebato del espacio público en manos de impersonales circuitos de transportación ha sido mayoritariamente aceptado con resignación por una ciudadanía en permanente retroceso ante la virtual destrucción y privatización de la esfera pública. Las autoridades municipales han abanderado todo un proceso de modernización y de industrialización tardía de las calles que, a nombre del pragmatismo y la eficiencia ha re-organizado en pocos años la casi totalidad de los mapas cognitivos urbanos que persistían en la memoria de ciudadanos anterior a la trolevía . En términos concretos esto reporta en una conversión de facto de la calle para caminar en calle para manejar. Las dimensiones de este gigantesco proceso aun no dejan sentirse y es posible que abril haya registrado los primeros y tentativos pasos de una colectividad dispuesta a cuestionar los nuevos trazos espaciales del poder. Esto también explicaría el rechazo generalizado de buena parte de la comunidad de abril ante los intentos de los dirigentes locales (alcalde, prefecto provincial) por liderar el movimiento contestatario. Muchas demandas se desplegaron en esas fechas y no menos importante entre ellas estaría aquella del cuerpo urbano ávido de la memoria de caminar en la ciudad [9] . Aquí podríamos también incluir a otro gran pensador de la utopía, Louis Marin, con su aserto de que “una utopía no es una meta sino una orientación” (131).
Pero toda utopía propiamente explicitada merece o requiere una narración acompañante, permítaseme en este punto ofrecer el primer acto de
La rebelión como literatura detectivesca
Acudo nuevamente aquí a E. Bloch en un corto artículo titulado “Una visión filosófica de la literatura detectivesca”. En este texto Bloch, plantea el problema histórico de la aparición del género detectivesco junto con sus principales características formales. Según Bloch, se trata de antemano de entender de qué manera la literatura detectivesca adopta su propia especificidad relativa a narrativas previas que tematizan la criminalidad. Desde Caín y Abel, pasando por Edipo y Antígona hasta MacBeth y en adelante el acto criminal se manifiesta como un aspecto formal significativo en distintos géneros, se necesita identificar entonces, una razón histórica para marcar el rumbo de nuevos procedimientos narrativos agrupados en torno a la moderna novela detectivesca. Bloch cree hallar este dispositivo en la aparición del juicio moderno de evidencias que ofrece las características necesarias, tanto en forma como en contenido, para justificar la aparición de este nuevo género. Los argumentos entonces se fraguan a partir de la búsqueda sistemática de pruebas y de su aparición programática a lo largo de una obra.
En cuanto a las características formales de la literatura detectivesca Bloch menciona dos, la centralidad de la develación y el desenmascaramiento junto a la característica de una narración cuyo suceso central “no es narrado”; esta última seña es lo que encierra para Bloch la especificidad del género.
En la novela detectivesca los detalles más pequeños pueden resultar indispensables; el protagonista/detective se involucra en un proceso de descubrimiento y apreciación de materiales, sucesos, percepciones y características que pasan desapercibidos por la sociedad más amplia y sus representantes, la policía. Fuera de los canales normales de la rutina policíaca y al margen de las prácticas culturales vigentes, el detective se constituye en una suerte de figura bohemia, fuera del pragmatismo de la sociedad típicamente burguesa y cercano a la actividad artística. El Dupin de Poe escribe poesía y Sherlock Holmes toca el violín. A esto se añade que la detección misma aparece como una forma artística detenida y rudimentaria. Así, la metodología de la develación aparece con toda su fuerza como una actividad paralela a la de los grandes desenmascaradores del siglo XIX: Marx, Freud, Nietzsche, Ibsen.
Pero es para el último criterio narrativo de la novela detectivesca que Bloch reserva su mayor entusiasmo. Se trata de la característica “más decisiva”; a saber, la centralidad de un factor no narrado y su reconstrucción. Aquí la referencia es concreta, se trata de la narración clásica de la literatura detectivesca en la que se parte de un crimen que se convierte en el suceso central de la historia pero que tiene lugar antes del inicio de la narración. Esto se diferencia de otros esquemas argumentativos en los que se parte in media res pero en los cuales se restituyen las ausencias en el transcurso del relato; para Bloch, la narrativa detectivesca está marcada por una “oscuridad antes del principio” o, para decirlo de otra manera, en el plano de la interpretación, a una resistencia a la aclaración.
Las coincidencias con abril son importantes. Para empezar, el significado de las protestas se narra, en los textos “descriptivos” como una reacción colectiva, casi catártica (no en el sentido Gramsciano sino Aristotélico) ante un “crimen”. Algunos textos (los analíticos que no los descriptivos) simplemente omiten la lista de agravios (prominente en otros tipos de textos) y hablan de “rupturas”, “traiciones”, “corrupción” y “exceso”. Se intuye cuando no se expresa de forma directa que se ha cometido el equivalente a un delito/un crimen (pese al hecho de que aún hoy, en noviembre, para cuando esto sale, la culpabilidad de los miembros del régimen gutierrista apenas soporta el encarcelamiento del expresidente y de su hermano). En otras palabras: la estructura narrativa de abril cumple con los requisitos formales de una relación detectivesca, en la que aparece un sujeto/detective colectivo y en la que el indiciado es el sistema político en su conjunto. Todos los recuentos revisados coinciden en señalar a la coyuntura de la sustitución presidencial de abril como una extensión de la crisis institucional que afecta al Ecuador desde hace décadas. El escenario entonces es el del origen opaco de la crisis, su causa ausente. De la misma manera, a lo que se asiste a nivel textual (y en el discurso público vigente) es a una indagación pública del crimen “asesinato institucional” al que concurren testigos y testimonios diversos. La pregunta podría articularse en la forma detectivesca de ¿quién mató al sistema de Derecho? O alternativamente, como lo ha hecho la Ruptura de los 25, como ¿Quién jodió al país? La lista de sospechosos es amplia e incluye a los principales dirigentes políticos del país. Nuevamente nos encontramos ante un escenario en el que la forma de la pregunta anticipa la respuesta preparada de antemano, en el que el/los responsable/s ahuyentan el interés que pueda tener en sí, la demanda. Una muestra de este falta de correspondencia entre el lugar de enunciación (abril) con el origen (la crisis) radica en el paralelismo estructural desapercibido entre el tan mentado apoliticismo (su desentendimiento de las ideologías) del régimen gutierrista y la igualmente “despolitizada” sociedad civil [10] . Esta consonancia apunta a un nuevo grado de inconsistencia sobre las lecturas de abril en donde el discurso de la “ética” y de la “ciudadanía” se develan como auténticas coartadas en el emplazamiento a los múltiples narradores de abril de decir la verdad.
El problema con las lecturas de abril es que no son lecturas de abril sino intentos de narrar aquello que es, esencialmente (y aquí estamos hablando ya de la Historia ) inenarrable , en el sentido específico de que la totalización de la compleja realidad social ecuatoriana inevitablemente contribuye a la desaparición de su complejidad. No es que no sea esta una tarea, en determinadas condiciones, meritoria, sino que su abordaje desde las tácticas narrativas convencionales (las de las ciencias sociales, del reporterismo, desde la voluntad de transcribir los hechos) al igual que la forma convencional de los partidos tradicionales en el Ecuador, simplemente no alcanza. Para ponerlo de otra manera: falta una dimensión expresiva capaz de narrar abril que coincida con el experimentalismo y la heterogeneidad viva de esas jornadas. Y no es que se trate aquí sencillamente de hallar una presentación que “venda”más (aunque ciertamente que esa no es una consideración despreciable) sino que se buscaría con esta nueva escritura (insinuada en los carteles, graffitis y proclamas de las marchas) detener el apuro de las interpretaciones fenomenológicas en aras de aprehender el “afuera” de lo forajido.
Deja vu, presque vu , re-conocimiento
Una vez aceptada la resistencia interna del acontecimiento histórico hacia la representación (salvo por mecanismos indirectos), podríamos postular que parte de la dificultad de asignar culpables/listar causas para el “delito” detonante de abril, radica en el peso de la “mismidad”. Quiero decir con esto que resulta difícil hallar antecedentes y palabras para explicar la coyuntura presente porque, de alguna manera, ésta ya ocurrió antes.
Esta apreciación algo abstracta encuentra su corolario en la sensación (más que la experiencia) de haber vivido abril con anterioridad; y no sólo en el sentido de rememorar las caídas de Bucaram y Mahuad sino de haber experimentado fuerzas históricas idénticas, con iguales resultados.
La categoría “histórica” del deja vu (lo ya visto) emerge entonces en una circunstancia que requiere clarificación. ¿Qué significa haber estado en abril antes? Desde la perspectiva de la recolección en Platón, el deja vu no tiene mayor sentido epistemológico, toda la realidad se convierte en un gigantesco recuerdo. Si, por otro lado, pensamos en el re-conocimiento del momento pasado—en su infusión por un novum –podemos desligar a abril de la compulsión repetitiva. Re-conocer abril significa activar retazos de memoria de un pasado que no encuentra una correspondencia simple con el presente. La tensión resultante ayuda así a la producción de lo nuevo. Se trata de un acto de asombro creativo que, adicionalmente, como señala Bloch en otra parte, constituye una “recuperación de la intención”. Lo impactante no es lo que se ha vivido/visto, sino la recuperación de una intención interrrumpida. El deja vu/presque vu (lo ya visto, lo casi visto) manifiesta así una curiosa estructura. El asombro marca el impacto/reconocimiento de lo no realizado aun, de una intención y auto orientación que ha sido activamente reemplazada o desplazada. El temor o exceso afectivo en un presente siniestro no apunta hacia una repetición incesante del pasado—sino que es un recuerdo de lo que intentábamos lograr antes, para el futuro.
La posibilidad de narrar el pasado es así conmensurable con la necesidad de transformar continuamente el pensamiento histórico, de contagiarlo de fusiones de lo genuinamente distinto [11] . Un pasado revisitado continuamente con una misma malla interpretativa se priva de su especificidad, la recitación cansada de sus mismos vicios y potencialidades (de los mismos actores y circunstancias)—como un cedazo—logran un efecto similar. La producción de un futuro diferente yace—en esta línea –en la emisión de un pasado distinto* --narrado con un ojo puesto sobre la necesidad de padecer la incertidumbre y el riesgo de una historia que nunca será suficiente para/pero. . .
Más allá de estos esfuerzos por reivindicar la función utópica de abril habría que intentar referir este excursus hacia Bloch para comprender que de lo que se trata aquí, en definitiva, es de rehabilitar en sí la noción de la esperanza. Toda la retórica previa intenta señalar, junto con este fecundo pensador, que la esperanza no es sólo una proyección racional, una “creación mental” del pensamiento humano sino una expresión de lo que es realmente posible . Al concepto de utopía le pertenece no solamente el predecir nuevas posibilidades nunca antes imaginadas sino descubrir aquellas posibilidades ya contenidas en el presente. Al mantenerlas vivas, las personas transforman la realidad que les corresponde vivir, este es el “principio de la esperanza”. La esperanza debe extraerse de lo objetivamente existente al mismo tiempo que debe producir una actitud activa para alcanzarla. Abril entonces, es un lugar, pero también un tiempo: el crimen cometido en contra de la nación requiere la recolección de nuevas pistas en el futuro.
Mi interés ha sido buscar una base textual para la esperanza política—apoyado en Ernst Bloch y en alguna medida también sobre Benjamin y Marcuse.
Existe una marcada impaciencia ante la producción de mediaciones textuales de esta naturaleza; casi una hostilidad hacia el esfuerzo de pensar en otros marcos interpretativos. Esto se puede expresar como un deseo regresivo a favor de la inmediatez, como si las instituciones políticas pudieran responder a nuestro mismo sentido de urgencia.
El planteamiento de la subsistencia con frecuencia ahuyenta la discusión de principios, lo inmediato desconfía de las narrativas maestras y prefiere asentarse en un modo discursivo atravesado por la solemnidad. En contradistinción a este contexto, Bloch escribió una vez, “El hombre no vive sólo de pan, sobretodo cuando no lo tiene”.
Con todo, creo, junto con David Kaufman, que todo tipo de esperanza tiene lugar y que hay que buscar lugares para la esperanza. La esperanza histórica, la esperanza basada en la historia “sólo puede ocurrir en aquellos sitios donde la historia se reconstruye, enseña y debate. El problema no radica en la existencia de instituciones sino en su ausencia y en la ausencia de flexibilidad siempre inherente a la institucionalización” (47).
Bibliografía
Ernst Bloch. The Principle of Hope . Cambridge, Mass: MIT Press, 1986.
--------------. “A Philosophical View of the Detective Novel” en The Utopian Function of Art and Literature. Jack Zipes y Frank McKlenburg, traductores. Cambridge, Mass: MIT Press, 1988.
Dávalos, Pablo. “Moral y Poder. El discurso de la lucha anticorrupción como un recurso del poder”. Quito, S/F.
Cruzatti, Iván. Manual del Forajido . Quito: Editeka, 2005.
Espín Mosquera, Al fonso. La rebelión de los forajidos : Crónica Breve. Quito: Tecnosuministros, 2005.
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Marx, Engels. El manifiesto comunista (1848) . Digitalizado para el Marx-Engels Internet Archive por José F. Polanco en 1998.
Ramírez G, Franklin. La insurrección de abril no fue solo una fiesta . Quito: Taller el Colectivo, 2005.
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Rodríguez, Cristóbal G. La Revolución de Los Forajidos. Tomo I: Crisis de Liderazgo Político en el Ecuador . Quito: Sol del Valle, 2005.
Saad Herrería, Pedro. La caída de Lucio: Corajudos, jóvenes y forajidos . Quito: Editorial El Conejo, 2005.
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[1] En el Ecuador, en promedio se publican 450 títulos al año; de estos, aproximadamente 250 son textos “literarios”, el restante se distribuye en un amplio espectro editorial que recorre desde lo educativo hasta el análisis de la política.
[2] Ver por ejemplo el artículo de Omar Espina García del 5 de enero del 2005, “¡Hay Clase Media!” en donde el autor pone de manifiesto una visión política atravesada por el recurso al “sentido común”. “Porque los dos mencionados fueron motivados más por la ética, por la estética y por la higiene que por la política”
[3] Ver por ejemplo en Hoyxxxxxxxxxxxx y en Distancias xxxxxxxxx y en XXXxxxxxxxx
[4] Ver sobremanera el texto de Roberto Aguilar “La televisión no está en nada” que circuló en internet al no ser publicado por El Universo en el mes de abril y reproducido íntegramente en Cristóbal Rodríguez G. La Revolución de los Forajidos: 13-20 de Abril del 2005. Quito: Sol del Valle, mayo del 2005.
[5] Ver al respecto, en este mismo número de LiberArte, Manuela Picq “XXXXX”
[6] Ver sobretodo el accionar propagandístico y de choque del grupo “Cero Corrupción”, brazo oficial del gutierrismo que intentó enarbolar el discurso de la defensa de la moral pública mientras obraba en sentido contrario.
[7] Aunque, propiamente, debemos diferenciar entre ética , como discurso interesado en pensar el bien y el mal a nivel conceptual y moral , como la dimensión cuasi religiosa y normativa de ese mismo discurso.
[8] Para una introducción a la trayectoria intelectual de Bloch ver “Traces of Hope: The Non-Synchronicity of Ernst Bloch”, para un recuento más extenso sobre su influencia en la Teología de la Liberación ver “Paulo Freire, Postmodernism, and the Utopian Imagination: A Blochian Reading”, ambos en Not Yet: Reconsidering Ernst Bloch , editado por Jaime Owen y Tom Molían. Verso: Londres, 1997.
[9] Ver al respecto la obra de Henri Lefebvre junto con el indispensable “Walking in the city”, de Michel de Certau en Simon During, The Cultural Studies Reader . Londres: Routledge, 1993
[10] Un “forajidismo” sin planteamientos sino con arrestos para la liquidación de los peores vicios del sistema vigente.
[11] Aquí resulta particularmente apropiado reflexionar sobre los luminosos epígrafes seleccionados por Pedro Saad Herrería para su libro sobre el gutierrato, el primero, valga decirlo, que salió a la venta de los muchos que siguieron. El uso de los Cantares del Pueblo Ecuatoriano , recogidos por Juan León Mera en el último tercio del siglo XIX, es realmente magistral. El poder del pasado reside en su complicada relación de similitud/disimilitud con el presente y Saad Herrería saca pleno provecho del efecto de reconocimiento/desconocimiento del presente que esos textos detonan. Transcribo apenas, por razones de espacio, el primero y el último de los epígrafes citados por Saad, todos, sin embargo, merecen ser rememorados:
Cincuenta revoluciones
En cincuenta años tenemos;
Como no han sido bien hechas,
Hasta acertar las haremos
Y para finalizar:
De tantas revoluciones
El pueblo nada aprovecha;
Él sólo siembra su sangre
Y otros hacen la cosecha