Historia del Arte: Las Ilusiones de la Modernidad
Descripción del curso
En 1930, el crítico literario alemán Walter Benjamin célebremente bautizó a París como la “capital del siglo XIX”. A simple vista, la metrópolis definitivamente cumplía todos los requisitos. Sus boulevards se habían ensanchado para los elegantes caminantes urbanos, impecablemente vestidos con sus trajes, sombreros de copa y viriles bastones. Las nuevas arcadas estaban destinadas para que bellas parisinas— corsetadas como avispas y diminutas entre olas de seda— devorasen las vitrinas de cristal y sus lujosas mercancías industriales. Los callejones de la legendaria Montmartre se habían ampliado para albergar a deslumbrantes cabarets donde, noche tras noche, la alta burguesía flirteaba con los seductores peligros de la bohemia. Y, sobre los Campos de Marte, en el mismo lugar donde multitudes habían consagrado sus vidas a la sangrienta Revolución, se levantaba la Torre Eiffel, ese faro fulminante de la civilización occidental en una era electrificada.
París también fue el hogar de los famosos Impresionistas, los nuevos artistas rebeldes de la fugaz modernidad, quienes pintaban al aire libre, rápidamente, con sus pigmentos prefabricados de tonos nunca antes vistos, y así convertían a la ciudad en vibrantes explosiones de color. Inconscientemente— o quizás a propósito— los pintores del fin-de-siècle fueron engranajes vitales en la imparable máquina de la modernidad. Pero tras sus novedosas pinceladas se ocultaba una realidad más visceral, menos pintoresca quizás, y que no era solamente francesa.
Este curso busca cuestionar la suposición perpetuada por el discurso tradicional que elogia al arte parisino como el exclusivo eje de la modernidad y del modernismo. Más que eso, busca demostrar cómo otros estilos de arte que frecuentemente habían sido juzgados como anticuados, conservadores, o superficiales por su alto esteticismo, igualmente expresaban las angustias y melancolías de los hombres y mujeres modernos. Ya sea en la Londres humeante de Dickens, o la Viena dorada de Klimt, y sí, en la ya mencionada París de Baudelaire y la Belle Époque, la pintura de finales del siglo XIX supo remover el velo ilusionista que había enmascarado la realidad de la condición humana, precisamente en el momento en el que la nueva vida urbana la cambiaría para siempre.
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